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Redacción/ CAMBIO 22

29 de abril-. Hoy, a 173 años de haberse erigido como Villa, Espita sigue latiendo con la fuerza de su historia, su cultura y el trabajo de su gente. Fue en 1852, bajo el gobierno de Miguel Barbachano y Tarraso, que esta tierra maya fue distinguida con el título de Villa y recibió su escudo de armas: un triángulo dividido en tres secciones que representan su identidad productiva y su riqueza natural. En él, se alzan con orgullo íconos del maíz, la caña de azúcar y la madera preciosa —símbolos del alma espiteña.

Esta distinción no fue casual. Espita ya se había ganado un lugar destacado en la economía del Yucatán del siglo XIX. Su aporte era innegable: generaba el 17% del maíz y el 12% de la caña de azúcar consumidos en el estado. Sus selvas eran hogar de maderas preciosas, mientras que sus tierras fértiles daban vida no sólo al maíz, sino también al frijol, yuca, camote, tabaco y cacao.

En sus 37 haciendas, el trabajo no descansaba; eran motores de un desarrollo económico que atrajo la atención del Congreso local y del resto del país.

En 1836, Espita ya destacaba en la Feria del Comercio de Mérida, donde sus productores llevaron variedad de productos además de miel de abeja y cal extraída de los cenotes, mostrando el ingenio y la diversidad de su oferta productiva. Su papel en el desarrollo del estado se volvió estratégico. Incluso durante la Guerra de Castas, Espita fue ocupada por apenas nueve meses, porque su capacidad para alimentar a los bandos enfrentados era vital. La Villa producía y sostenía —por eso fue respetada.

Durante el siglo XVIII, Espita vivió una época de crecimiento notable. No solo por la agricultura, sino por la transformación de sus productos: existían 19 destilerías de alcohol, tanto en las haciendas como en el corazón del pueblo. Algunas de esas huellas aún viven en la memoria colectiva, como aquella antigua destilería ubicada donde hoy se encuentra el Café Floral, que conserva la historia entre sus muros.

La prosperidad también trajo cultura. En 1870, los hacendados fundaron “Progreso y Recreo”, una institución que abrió salas de lectura, escritura y teatro. Fue el nacimiento de una etapa de esplendor intelectual y artístico que dio frutos: hombres ilustres, pensadores y artistas surgieron de esta cuna de sabiduría rural.

Y en 1907, con la llegada del ferrocarril, Espita reafirmó su lugar en el mapa del progreso. Nuestra cabecera Contó con 2 teatros, el Teatro Libertad y Progreso y Recreó, ambos sobre la calle 27. Símbolo del apogeo cultural de una Villa que jamás se resignó a ser solamente campo: también fue arte, también fue pensamiento, La Atenas de Yucatán.

Hoy, al celebrar los 173 años de Espita como Villa, honramos una historia que sigue viva en cada piedra, en cada voz, en cada semilla sembrada. Espita no es solo un lugar: es memoria, es trabajo, es cultura, es resistencia y es futuro.

José Antonio Gutiérrez Triay-Cronista Oficial de Espita.

 

redaccionqroo@diariocambio22.mx

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