Bacalar el Municipio que Huele a Miedo; Cuando Vivir Encerrado se Hace Costumbre, Esperando lo Peor
29 Ene. 2026
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El miedo que impone el crimen en comunidades de Bacalar
Redacción / CAMBIO 22
BACALAR, 29 de enero. – Para los habitantes de varias comunidades rurales de Bacalar, la presencia del crimen organizado no es una noticia lejana, sino una realidad que se vive todos los días. En poblados como Payo Obispo, El Gallito y Melchor Ocampo, el miedo se volvió una regla silenciosa cuando, desde el 15 de diciembre y hasta el 9 de enero, las personas recibieron la orden de no salir de sus comunidades. No era una recomendación, era una instrucción impuesta por grupos criminales que vigilan caminos y entradas.


Durante esos días, la vida cotidiana se paralizó. Familias enteras dejaron de visitar a parientes, de acudir a consultas médicas o de salir a trabajar fuera de sus poblados. Nadie se atrevía a desobedecer. Los caminos estaban controlados y la ausencia de autoridades locales reforzaba la sensación de abandono. Solo en contadas ocasiones, y siempre acompañadas por fuerzas federales, se vio presencia oficial en zonas donde el crimen ya había marcado su dominio.
Los testimonios recabados por habitantes revelan una escena aún más compleja y dolorosa. Los mismos grupos criminales se mantuvieron atentos a la entrega de apoyos federales al campo, un programa similar al antiguo Procampo. Según los pobladores, los delincuentes vigilaron que el recurso llegara completo a las personas beneficiarias, sin quitarles dinero, algo que —afirman— no siempre ocurría en gobiernos anteriores.
Este control, lejos de ser visto como un gesto positivo, profundiza la confusión y el temor. Para quienes viven ahí, resulta inquietante que sean los criminales quienes permitan, supervisen o regulen aspectos básicos de la vida comunitaria. La pregunta que surge permanece entre los lugareños es ¿Hasta cuando vivir en un lugar donde la autoridad real no es el gobierno, sino el miedo?

En Bacalar, el crecimiento del crimen organizado ha ido acompañado de un silencio obligado. Las personas aprenden a no preguntar, a no hablar y a no moverse. Mientras el territorio siga en disputa y las comunidades sigan atrapadas entre la violencia y la ausencia del Estado, la vida seguirá marcada por la resignación, la incertidumbre y la esperanza de que algún día puedan volver a vivir sin permiso.
KXL/RCM





















