• En la vorágine de violencia que vive México hay un factor clave que la sociedad está ignorando: la responsabilidad del sistema educativo que expulsa de las aulas a jóvenes y los acerca a cometer delitos.

 

Redacción/CAMBIO 22

Sentados frente a mi hay dos chicos de 18 y 19 años. Compartimos mesa en una cafetería en la colonia Roma, porque quiero saber qué infancia tuvieron que los llevó a robar y matar. El estereotipo dicta que me hablarán de una niñez empobrecida, un padre violento y una madre ausente. El niño sicario de libro de texto. Sin embargo, uno de ellos, el que mató a dos antes de tener credencial de elector, dice que en su casa nunca hubo violencia; el otro, el que asalta por el Metro Candelaria, asegura que en su hogar no había carencias. Algo no cuadra.

“Lo que sí me marcó es que en la escuela nadie me dijo que yo era bueno”, dice uno, de pronto, frente a una malteada de fresa que lo hace ver como si no fuera un matón.

“Sí, lo mismo me pasó”, suelta su amigo, a quien conozco por mi rol como investigador y guionista para el documental Una jauría llamada Ernesto sobre adolescentes reclutados por el crimen y el tráfico de armas. “Todos los maestros me pendejeaban porque no sabía leer en público y agarré un resentimiento muy duro. Me salí acabando la secundaria”.

Días más tarde estoy con más chicas y chicos en la misma situación. R. cuenta que tuvo un profesor que lo pasaba al pizarrón para burlarse de que, en cuarto grado, confundía el uso de la ese y la ce. Mientras que L. narra que una maestra lo ridiculizaba frente a sus amigos por no memorizar las capitales de los estados. Y N. aún siente en el pecho esa sensación de vacío cuando su “miss” le dijo que era tonta y que mejor cediera su pupitre a una niña que sí quisiera estudiar o que, al menos, tuviera cerebro para aprenderse la tabla del 7.

“La neta sí era malo para la escuela, pero corría rápido y ahí me tenías en el recreo corriendo para todos lados para alguien me dijera algo chido, como de ‘¡Ah! Ese chavo va a ser buen deportista’, pero me regañaban y me decían que me veía estúpido dando vueltas a la cancha”, dice O. y puedo ver en sus ojos al niño de ocho años que fue y que sigue dolido por la humillación.

“Jamás tuve un maestro que me dijera que dibujaba bonito o que podía hacer arte”. “Yo crecí creyendo que era tan tonto que la única escuela en la que iba a triunfar era la de la calle”. “Una vez ‘un profe’ me dijo que yo nomás servía para los putazos, como mi papá”. “Me pendejearon tanto que dije ‘ahí se ven’ y decidí ser alguien, un cabrón. Una vez secuestré a un señor y le decía ‘dime licenciado’ nomás para saber qué se siente ese respeto”.

Todos y todas las que entrevisto coinciden en algo: el sistema educativo les falló. No conocieron a un profesor o maestra que les dijera que eran dignos de un futuro mejor, habilidosas, inteligentes, capaces o creativos. En cambio, sí conocieron docentes que les machacaban que eran tontos, estúpidas, flojos o incorregibles antes de tener 10 años por no memorizar los continentes, retener la fecha de nacimiento de Benito Juárez o distinguir sujeto de predicado.

Todos y todas terminaron desertando las aulas y asaltando combis, cobrando piso, raptando por encargo o asesinando por agravios ajenos. Enojados, heridos, inseguras.

¿Cuándo le hacemos un examen a la SEP por su responsabilidad en la violencia que hoy rodea a nuestras infancias?

GRITO.  El documental Una jauría llamada Ernesto está disponible en VIX.

 

Fuente: La Lista

[email protected]

NMT