mayo 18, 2024 04:17

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Renán Castro Madera, Director General

Renán Castro Madera, Director General

mayo 18, 2024 04:17

Redacción/CAMBIO 22 

Francamente, todo fue una especie de anticlímax. Cientos de manifestantes a favor y en contra de Trump se reunieron afuera del tribunal penal de Manhattan, y se esperaba que la multitud enloqueciera cuando el expresidente llegara y fuera puesto bajo custodia.

No obstante, en el acto, pocos supieron que Donald Trump ya había llegado hasta que este ya se encontraba en el edificio y bajo arresto.

La escena fue un poco decepcionante, ya que las dos multitudes enfrentadas –separadas por vallas metálicas– se llenaron de murmullos, más que de coros.

Fragmentos de información circularon de persona a persona en torno a las 13:30 horas. Una mujer simpatizante de Trump informó que el amigo de su jefe, que administra un restaurante en Nueva Jersey, creía que el expresidente ya había llegado y que estaba en el tribunal.

Sin embargo, otra mujer seguía en su teléfono la transmisión en vivo de la cadena CNN, que mostraba que el automóvil de Trump todavía estaba en camino hacia el tribunal. Resultó que la pantalla se había congelado, no obstante, y, finalmente, surgió un consenso general: Trump estaba en el tribunal, y había sido acusado de más de 30 cargos relacionados con el pago de un soborno a una estrella de cine para adultos.

Los manifestantes anti-Trump, muchos de los cuales habían estado bailando, cantando y coreando desde las 9:30 de la mañana, lanzaron un fuerte grito de júbilo. Alguien había repartido silbatos y la multitud los hizo sonar en señal de alegría.

“¡Enciérrenlo!”, un juego de palabras inspirado en el coro que los partidarios de Trump lanzaron contra Hillary Clinton durante las elecciones de 2016.

En el lado a favor de Trump de la barricada, los ánimos eran tranquilos. Nadie se lamentaba, nadie cayó de rodillas, solo había un murmullo bajo, mientras la multitud mascullaba improperios desde debajo de un mar de gorras rojas de MAGA (Make America Great Again).

Durante la mañana estuvieron más animados, aunque la pieza central de la protesta –la aparición de Marjorie Taylor Greene, la conspiradora republicana de extrema derecha y aficionada de QAnon– se convirtió en una farsa casi de inmediato.

Algunas personas anti-Trump se habían infiltrado en el bando partidario de Trump, y emprendieron un intento muy exitoso de silenciar a la diputada de Georgia. Greene, escoltada por agentes de seguridad, iba armada con un megáfono, pero apenas se le podía escuchar por encima del ruido de los silbidos y los gritos.

A unos 9 metros de distancia era posible distinguir las palabras “Alvin Bragg”, el nombre del fiscal del distrito de Manhattan que presentó la demanda contra Trump, pero el resto solo era ruido.

Al cabo de unos tres minutos, Greene se marchó inesperadamente, como una mera cabeza que emergía entre cámaras de televisión, micrófonos y cabezas cubiertas con gorras. Los periodistas –había cientos afuera del tribunal, de todo el mundo– la sacaron y se acabó el espectáculo.

Entre la multitud, Dion Ciri, un simpatizante de Trump, agitaba una gran bandera que decía: “Trump o muerte”. Tuvo que explicar una y otra vez qué significaba el cartel. “No es mi muerte”, señaló. “Quizás sea tu muerte, quizás sea la muerte de la democracia, pero no es mi muerte”.

Pamela Menera y Rosa Carrado estaban paradas en una banca, y se esforzaron, sin éxito, por escuchar a Greene. Cuando llegó el momento de imputar a Trump, no estaban contentas. “Creo que es horrible. Creo que es un tremendo error judicial”, señaló Menera. “Vamos a perder nuestro país. Y lo estamos perdiendo en estos momentos. No tenemos un sistema judicial justo”.

Menera y Carrado comentaron que eran activistas de Pro-life Ministries, una organización cristiana antiaborto. La moral y la fe eran importantes en la política, señaló Menera, aunque no parecía que le preocupara el escándalo sexual que desembocó en la detención de Trump: su entonces intermediario, Michael Cohen, le pagó 130 mil dólares (unos 2 millones de pesos) a Stormy Daniels, una estrella de cine para adultos, para que esta no hiciera públicas las afirmaciones de que durmió con Trump cuando este estaba casado con su actual esposa.

“Mi creencia consiste en que yo no juzgo a otro hombre. No soy la policía moral”, comentó Menera. “Creo que Dios es el juez supremo”.

En la sección anti-Trump, el estado de ánimo era comprensiblemente más exultante. El martes fue uno de los días más calurosos del año hasta el momento, y la gente se paseaba por los alrededores vestida con playeras y lentes de sol. Una mujer sostenía un enorme cartel pintado a mano que indicaba “Los afroamericanos nos salvarán” y “Por fin, Trump detenido”.

Alguien tenía una campana, y no tenía miedo de usarla. Otra persona estaba repartiendo carteles que decían: “Las brujas saben que esto no es una cacería de brujas”, como contraargumento al eterno dicho de Trump. “Este representa un momento de rendición de cuentas que indica que, ya sabes: ‘Todos somos iguales, que no obtienes un pase libre solo porque tienes suficiente dinero para comprar tu pase. O solo porque has creado suficientes aduladores para irrumpir en el Capitolio”, comentó Karen Irwin, que vestía una playera con la frase “Trump es un imbécil”.

“Nunca verá el interior de una celda de la cárcel. Pero al menos hay una pizca de nosotros fingiendo que existe una aplicación igualitaria de la ley”.

Al otro lado de la calle de Collect Pond Park, se estaba llevando a cabo esa aplicación, mientras Trump era acusado de 34 cargos de falsificación de registros empresariales en primer grado, relacionados con el pago del soborno realizado en las elecciones de 2016.

Mientras Trump se encontraba en el tribunal, declarándose inocente de los cargos, sus simpatizantes habían empezado a alejarse de su zona de protesta. Los partidarios más conservadores, es decir, aquellos que se ponen una gorra, pero no se molestan en llevar una bandera, parecían ser los primeros en marcharse, dejando atrás a una variedad de locos y bichos raros que contribuyeron a crear una atmósfera ligeramente surrealista.

Una mujer no dejaba de decir que el edificio de las Naciones Unidas, ubicado a unos cinco kilómetros al norte, era la “Sinagoga de Satán”. Un hombre intentó, en vano, entonar un canto bastante complicado sobre los pronombres de género.

Había un hombre vestido con un traje de plátano y otro con un sombrero de bruja, y también apareció el Naked Cowboy, un conocido personaje habitual de Nueva York que toca la guitarra para los turistas en Times Square vestido solo con calzoncillos. Cantó una canción de apoyo a Trump, cuya letra hablaba sobre la construcción de un muro.

No fue exactamente la escena que Trump había prometido. El expresidente había comentado que tras su detención llegarían “la muerte y la destrucción”, no la diversidad y las trusas. Sin embargo, Trump, como suele decir, no es un político normal. Quizás esta atípica, caótica y torpe muestra de apoyo fue, en última instancia, apropiada.

 

 

Fuente THe Guardian

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