León Krauze/CAMBIO 22

Aunque la izquierda latinoamericana no lo reconocerá jamás, la dictadura cubana ha sido una maldición. Sin excepciones, no hay  político de izquierda en América Latina que tenga la claridad moral para denunciar el régimen totalitario de La Habana. Ahí ni siquiera llega Gabriel Boric, que ha mostrado una valentía inusual al denunciar la dictadura venezolana. Para la izquierda latinoamericana, el embrujo cubano es total.

Lo mismo ha ocurrido, por desgracia, con parte de la izquierda estadounidense. Los socialistas que se agrupan alrededor de Bernie Sanders no solo no se animan a denunciar los abusos del régimen cubano, sino que se dedican afanosamente a defenderlo. Zohran Mamdani ha tropezado al intentar encontrar palabras que condenen con claridad lo que ocurre en la isla. De Sanders, mejor ni hablar. Ahí también llega el embrujo.

Y ahora, en la indigna visita de figuras latinoamericanas y españolas que han llegado a Cuba a lavarle la cara al régimen, han aparecido voces jóvenes de gran popularidad en las redes sociales progresistas estadounidenses, como Hasan Piker. Todos caen en la trampa habitual: al insistir en defender lo que no tiene defensa, le hacen un daño enorme a la izquierda moderada que, en Estados Unidos, es mayoría.

Hay algo profundamente lamentable —y sí, profundamente hipócrita— en el espectáculo que desplegó, sin pudor alguno, el grupo que visitó La Habana para presentar una realidad alternativa en la que el pueblo cubano no sufre el ahogo de sus libertades y solo enfrenta oscuridad económica por medidas externas. Contra lo que venden los propagandistas —con notable cursilería, como bien ha señalado Julio Patán—, eso es una fantasía. En Cuba no falta solo comida o medicinas. Faltan libertades. Y esas no las reparte ningún convoy, ni las restituye ninguna foto, ni las redime ningún aplauso.

Mientras algunos posan, sonríen y bailan, los cubanos no pueden expresarse ni organizarse; no pueden disentir sin pagar un precio altísimo. La frivolidad de los “turistas ideológicos” no es anecdótica. Es reveladora. Es el síntoma más claro de una fractura moral que lleva décadas pudriéndose en silencio: una parte importante de la izquierda latinoamericana parece más dispuesta a defender a sus aliados ideológicos que a reconocer el sufrimiento del pueblo que dice representar.

La impudicia ha sido absoluta. Personajes como el español Pablo Iglesias, que desde la comodidad de un hotel de lujo —y amparado en las libertades de la democracia liberal española— pontifica sobre un país donde ni el lujo ni la libertad existen, terminan validando al poder que las niega. Eso no es solidaridad con el pueblo cubano. Es complicidad con el régimen que lo subyuga.

La verdadera solidaridad con Cuba no pasa por la foto, ni por el aplauso, ni por el silencio selectivo. Pasa por decir la verdad. Una verdad que, al parecer, el embrujo sigue haciendo imposible: en Cuba hay un régimen que reprime a su pueblo, y hay quienes, por convicción o por conveniencia, han decidido no verlo.

O peor aún: verlo y aplaudir de todas formas.

 

 

redaccion@diariocambio22.mx

RHM/RCM

 

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