Redacción/CAMBIO22

“Jamás pensé que el tatuaje tuviera un gran auge”, asegura Roberto Candia Salazar, quien es mejor conocido como “Tito el colombiano”.

Con motivo del Día Internacional del Tatuaje, La-Lista platicó con el también llamado “Último tatuador de Lecumberri”, quien a sus 69 años de edad continúa con el oficio que practicó entre las rejas.

Nació en el barrió de El Pozón, en Cartagena de Indias, Colombia, pero una precoz vida de drogas, violencia y armas lo hicieron salir de su país desde los 12 años. Se fue a Estados Unidos (EU), donde comenzó una relación sentimental. El día que vio a los Rolling Stones en Central Park, “la migra” lo deportó a México.

La vida de “Tito” dentro de la delincuencia organizada sólo creció en nuestro país. Se convirtió en una de las figuras más “pesadas” de la zona norte de la Ciudad de México hasta que lo capturaron con cinco kilos de cocaína. Así ingresó al Palacio de Lecumberri.

“Mi primera impresión del Palacio Negro fue caótica. Tenía mucho miedo y apenas iba a cumplir los 18 años”, relata. “La vida adentro de la cárcel es muy difícil, pero me convertí en cabo de fajina (limpieza) y eso me permitía moverme por todo Lecumberri. Entonces escuché por ahí que alguien tatuaba y yo tenía el deseo de hacerme una india sioux“, recuerda Tito el colombiano.

Nació en el barrió de El Pozón, en Cartagena de Indias, Colombia, pero una precoz vida de drogas, violencia y armas lo hicieron salir de su país desde los 12 años. Se fue a Estados Unidos (EU), donde comenzó una relación sentimental. El día que vio a los Rolling Stones en Central Park, “la migra” lo deportó a México.

La vida de “Tito” dentro de la delincuencia organizada sólo creció en nuestro país. Se convirtió en una de las figuras más “pesadas” de la zona norte de la Ciudad de México hasta que lo capturaron con cinco kilos de cocaína. Así ingresó al Palacio de Lecumberri.

“Mi primera impresión del Palacio Negro fue caótica. Tenía mucho miedo y apenas iba a cumplir los 18 años”, relata. “La vida adentro de la cárcel es muy difícil, pero me convertí en cabo de fajina (limpieza) y eso me permitía moverme por todo Lecumberri. Entonces escuché por ahí que alguien tatuaba y yo tenía el deseo de hacerme una india sioux“, recuerda Tito el colombiano.

Sus inicios en el tatuaje

Gracias a la movilidad que le daba su puesto conoció a Miguel, quien entonces era el tatuador más famoso de la prisión. Le pidió que le hiciera su primer tatuaje, una india sioux en recuerdo de Rosario, la mujer con la que vivió en Dakota, EU, y con quien tuvo un hijo, pero no volvió a ver tras ser deportado. Ese trazo es el que abarca casi todo su abdomen y pecho.

“Ese tatuaje me costó 15 pesos de los de antes. Entre la fajina y el rancho (repartición de comida) me ganaba 50 centavos al día, trabajé casi un mes para juntar. El día que Miguel me lo hizo, vi como amarró una aguja en un palito, lo que ahora le llaman handpoke, y cómo quemó unas cosas para hacer la tinta, eso me sorprendió”, confiesa.

'En la celda, mi máquina y yo llorábamos lágrimas de tinta negra': Tito, el último tatuador de Lecumberri - tito_el_colombiano_dia_tatuaje_tatuador_lecumberri_1

Después de un tiempo, Tito no volvió a saber de Miguel, quien le llevaba más de 20 años. Nunca supo si murió o lo liberaron, pero tiene claro que fue un “ángel o un diablo que me heredó el tatuaje, lo mejor que saqué de la cárcel”.

“El señor Miguel merece todo mi respeto y mi honor. Nos volveremos a encontrar, pero será en otro plano. Cuando eso pase sólo me le quedaré viendo, le diré ‘muchísimas gracias por todo, Miguel, maestro’, y le daré la mano”, sentencia.

Tinta y Máquina Caneras

“Cana” es una manera coloquial de referirse a la prisión, lo que da origen al adjetivo “canero”. “Tito el colombiano” se caracteriza por utilizar tintas y máquinas caneras. Y si bien las primeras son tradicionales de las cárceles, las segundas son de su autoría.

“Para la tinta se queman peines o rastrillos, lo que sea de plástico. Todo el hollín que sale de ahí se recolecta, se le aplican unas gotitas de agua, pasta de dientes, shampoo y listo para tatuar”, explica.

Comentó que dentro del Palacio de Lecumberri todo era handpoke, es decir amarrar una aguja con hilo en un palito. Una vez que llegó al Reclusorio Norte, intercambio su chamarra con el custodio de la caseta a cambio de grabadora, según para escuchar música. “Cuando me la trajo, la desarmé y le quité de una el motor”, dice.

“Ya con la pieza me robé una cuchara de metal, la aplané y le hice un ángulo, amarré el motorcito a la cuchara. Luego corté una pluma y ya tenía casi todo, pero me faltaba la aguja. Le compré a un camarada que tocaba la guitarra unos pedazos de cuerda, ahí salió la primera aguja y la primera máquina canadiense (forma de modificar “canero”, para que “no suene tan feo”)”, evoca respecto de sus métodos rudimentarios para la preparación de su nuevo oficio.

Para la continuación de su invento, entró a la biblioteca de la cárcel para estudiar electricidad. Allí vio que un vaso con agua y sal le bastaría para continuar con su idea, por lo que cuando le dieron sal de nitro para prevenir erecciones, la usó para empezar a trabajar.

Su primera máquina le duró 15 años, un tiempo que le dejó varios recuerdos, siendo el imborrable para él que “cuando estábamos en la celda, mi máquina y yo llorábamos lágrimas de tinta negra”.

 “Echa pa’lante” y la Reinserción Social

La infancia de “Tito el colombiano” estuvo marcada por la ausencia de sus padres, pero también porque a su temprana edad le llegó un consejo de su abuelo que se convirtió en su filosofía de vida.

“No tuve madre ni padre. Mi abuelo, que era campesino, fue quién se hizo cargo de mí. Un día me dijo: ‘Mire mijo, aunque su situación sea muy difícil y venga lo que venga, usted eche pa’lante canallón. Y esa frase se me quedó grabada el resto de mi vida”, relata.

Sería un mentiroso si te dijera que toda la vida gané, que siempre rifé y siempre me la pelaron, pero no ha sido así. Estuve en situaciones bien difíciles, he estado preso y he batallado. He perdido muchísimo, pero siempre esas palabras del viejo siempre me han acompañado. Siempre echo pa’lante“, nos dice “El último tatuador de Lecumberri“.

'En la celda, mi máquina y yo llorábamos lágrimas de tinta negra': Tito, el último tatuador de Lecumberri - tito_el_colombiano_dia_tatuaje_tatuador_lecumberri_3

“Tito El Colombiano” insiste en que las personas deben aprender a ganar y perder, pues no siempre se puede lograr lo que se quiere y a pesar de esa situación, hay que seguir adelante.

Como un exreo, el tatuador considera que el “el sistema penitenciario en México y en todas partes del mundo está de la chingada” y que la reinserción social es muy difícil para quienes salen de las cárceles, pero que es algo posible a pesar de los ataques y discriminación al salir.

Para agendar una cita con ‘Tito el colombiano’, puedes contactarlo directamente en su Facebook o su Instagram.

 

Fuente: La Lista

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