Enrique Krauze/ CAMBIO 22

¿Cómo distinguir a un adulador de un amigo?, se preguntaba el filósofo Plutarco (35-120 d. C.). No es sencillo, escribió. Caracteriza al adulador el sutil doblez, la invariable, aunque calculada, aquiescencia. Si, como apuntaba Platón, “el colmo de la injusticia es parecer justo sin serlo”, el colmo de la enemistad es parecer amigo sin serlo. Hay que precaverse del adulador, verlo como “un trágico actor de la amistad”. Y concluye: la mayor prenda del amigo es la franqueza.

La diferencia es importante en todas las relaciones, pero sobre todo con el poder. “O soy tu adulador o soy tu amigo”, respondió el gran estratega ateniense Foción a Antípatro, sucesor de Alejandro Magno, que le ofrecía prebendas. Sensatamente, prefirió respetarlo y oírlo. Decir al poderoso solo lo que quiere escuchar, lo mismo que callar o suavizar lo que le incomoda, es ser adulador. Hablar con clara franqueza es ser amigo.

¿Qué clase de amigo debería tener la presidenta de México? No un  político ni un intelectual. Pienso en un empresario. De hecho, la presidenta ha entablado relaciones atentas y cordiales con algunos grandes empresarios a quienes no somete -como sí hizo su predecesor- a tratos despreciativos y rifas humillantes. Pero el amigo al que me refiero no debería ser dueño de un gran negocio sino de uno representativo de las más de 5.5 millones de micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs) que emplean (sobre todo las micro) a más de 27 millones de personas. Una voz de esa multitud que aporta el 52 por ciento del PIB nacional, y reclama tener voto.

¿Cómo imagino el diálogo? La presidenta lo invita a Palacio Nacional. No hay cámaras ni micrófonos. Le confía su justificada preocupación por el crecimiento del país y la falta de inversión. Procura darle certezas. El empresario podría adularla, pero prefiere ser su amigo y hablarle con franqueza:

“La palabra ‘crédito’ viene de creer y los empresarios no creemos que México sea ya un país de leyes. Hay una gran desconfianza debido a la destrucción de varias instituciones importantes, en especial el poder judicial. Todo comenzó en 2018 pero su gobierno -me apena decirle- es corresponsable de esa destrucción”.

El empresario piensa que, además de las leyes y la justicia, se han mermado las libertades. Lo lamenta porque sin ellas la incertidumbre natural de cualquier empresa se vuelve una incertidumbre estructural. Eso, sumado a la violencia e inseguridad, se traduce en una angustia paralizante. ¿Cómo explicárselo?

El empresario sugiere -respetuosamente, claro- que quizá la presidenta no tenga idea, en la práctica, de lo que es una empresa. Ella le recuerda que su padre fue un distinguido ingeniero químico, innovador en la industria curtidora. Con mayor razón la invita a visitar su negocio para narrarle allí sus vicisitudes: vender, producir, administrar, financiar, pagar rayas semanales, cubrir toda suerte de obligaciones, competir, resolver trámites, atender inspectores, pagar impuestos a tiempo y hasta derecho de piso. Con esa visita -piensa él- podría entender la vida diaria de millones de compatriotas que no son ni burócratas ni políticos ni empleados ni becarios: personas que orgullosamente trabajan por su cuenta y son el motor de la economía nacional.

La presidenta invoca la rectoría económica del Estado. Aunque el empresario no ignora el evidente fracaso de los proyectos estatales de la llamada 4T ni la turbiedad de sus empresarios express, prefiere decirle, discretamente:

“El Estado es mal empresario. Pero nadie le pide que renuncie a su misión social de dar seguridad, salud pública y educación de calidad. (Por cierto, justamente lo que el gobierno de su predecesor renunció a proveer). Tampoco tiene por qué abandonar al reparto en efectivo (aunque habría que llevarlo a cabo de modo transparente, sin manipulación  política). En conclusión, presidenta, para alentar la economía hay que reconstruir lo destruido, comenzando por las instituciones, las leyes y las libertades”.

Se despiden con un apretón de manos. No hay fotografía. La presidenta no le ha ofrecido nada ni el empresario ha pedido nada. Solo ha intentado explicar con franqueza a la persona más poderosa del país que en sus manos está recobrar la confianza. No ha sido un adulador. Ha sido un amigo.

Hasta aquí la ficción. ¿Lo habría escuchado la presidenta? Por su biografía, formación, trayectoria pública, ataduras  políticas y apegos ideológicos es difícil que entienda el efecto de la destrucción institucional en las empresas. Pero acaso la dejaría pensando.

 

 

 

redaccion@diariocambio22.mx

AFC/RCM

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