Juan Ignacio Zavala/CAMBIO22

El pleito arrecia. Se oyen los golpes, se ven las patadas, se escuchan los gritos, las amenazas, los señalamientos. Como si se hubiera dado un banderazo el oficialismo -entendido como Morena y sus aliados-, no han dejado de pelear en estas semanas. A los manotazos y sombrerazos se le suma el libro de moda Ni venganza ni Perdón, de Julio Scherer y Jorge Fernández que ha desatado una andanada de corte soviético en contra de los autores de unas memorias. Los más irritados con el libro son los chairos radicales -en realidad todos son radicales: lo chairo es radical- que hacen uso de sus palabras preferidas: traidor, vendido, agentes de la CIA, conservadores, desleal, cárcel.

Se sabe: en Morena con tal de incendiar algo son capaces de quemar su propia casa. Y en eso están. El pleito por ser más pejista que cualquiera es un torneo sin fin en el que vemos muestras de humillación personal francamente vergonzosas sin que siquiera el líder adorado se entere de los actos de sacrificio en su honor. No los agradece ni lo hará. Pero en la medida que se concursa en bajezas también se compite por tener un cargo en el futuro próximo y es en ese aspecto en el que el pleito está durísimo pues incluye, obviamente, a los aliados de Morena, concretamente el Partido Verde y el PT.

La bronca por las candidaturas es algo que se veía venir. Solamente se adelantaron os tiempos por la necedad de poner una ley electoral presentada por Pablo Gómez en la que abiertamente se despreciaba a los aliados del movimiento. Eso tronó. Pensar que la alianza con el Verde es hacer acuerdos con un partido pequeño es un error garrafal. El Verde ya tiene gobierno en dos estados (San Luis Potosí y Quintana Roo) y quiere más. Su marca está bien posicionada y no cargará con los alastres que en algunos lados tendrá Morena como resultados delo pésimos gobierno locales. Sentarse a negociar con el Verde es hacerlo con un partido en el poder. Así que no basta con tener atrás a la presidenta, hay que ceder en la mesa. Una demostración de fuerza la dio Manuel Velazco en el Senado esta semana al levantar el brazo de la senador potosina que es consorte del gobernador. Con ella vamos, dejó en claro el líder de los verdes. Las normas anti nepotismo aplíquenlas en su casa no en las ajenas.

Está también el singular caso de los Monreal (sin tocar la b ronca de Ricardo Monreal con su correligionaria Layda Sansores) . En lo que va del presente siglo dos de los hermanos Monreal ha gobernado el estado de Zacatecas. Llega un tercer hermano, que es senador por ese mismo estado, a manifestar no solamente sus ganas y su vocación de servir al pueblo zacatecano como lo ha demostrado su familia de manera contundente, sino que además le asiste la ley y si eso no sirve “la voluntad del pueblo está por encima de cualquier estatuto”. Es la lección que dejó el enfebrecido líder tabasqueño: si la ley estorba, al carajo con la ley. ¿Quién por encima del pueblo? Nadie. Incluso el animoso senador ha declarado ya que espera que “Dios lo ilumine”. Esperemos que así sea. El asunto de los hermanos Monreal es pavoroso, realmente grotesco. Sin embargo, en la coyuntura de todos contra todos que es la norma en estos momentos en el oficialismo, se ve como un pleito más, como algo normal, un verdadero pleito de familia al cual nos debemos acostumbrar porque parece que así lo decide el pueblo bueno. La presidenta insiste en que no le parece que los puestos se hereden, pero eso para gente como los Monreal no existe. Ahí todo queda en familia.

 

 

 

Fuente: la política online

redaccionqroo@diariocambio22.mx

AFC/RCM

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