Redacción/CAMBIO 22

El golpe de Estado protagonizado el miércoles por un grupo de militares de Níger, que mantienen retenido al presidente del país, Mohamed Bazoum, tiene lugar ante el ahondamiento de la crisis económica y de seguridad en el país, que hace frente a un incremento de las operaciones de las ramas de los grupos terroristas Estado Islámico y Al Qaeda.

La asonada arrancó a primera hora del miércoles, cuando un grupo de miembros de la Guardia Presidencial –encabezada por Oumar Tchaini desde 2011– bloquearon los accesos al Palacio Presidencial en la capital, Niamey, e hicieron un llamamiento a los integrantes de las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional a sumarse a su levantamiento contra Bazoum.

Posteriormente, un grupo de militares ha comparecido en la madrugada de este jueves en la televisión nacional para anunciar la destitución del presidente nigerino, una declaración “suscrita” horas después por el Estado Mayor del Ejército, que ha dicho que busca “preservar la integridad del presidente” y “evitar un enfrentamiento mortal (…) que derive en un baño de sangre”.

Las horas que pasaron entre la sublevación y el anuncio oficial han estado marcadas por la incertidumbre, con informaciones contradictorias sobre las intenciones de los militares y sin que hasta ahora haya datos sobre posibles víctimas. Asimismo, decenas de personas se manifestaron en Niamey para protestar contra la asonada y exigir la liberación de Bazoum, si bien la protesta fue inmediatamente disuelta.

Por el momento no están claros los motivos del levantamiento, que ha derivado en el establecimiento de una junta militar –de nombre Consejo Nacional para la Salvaguarda de la Patria (CNSP)–. El portavoz del organismo, Amadou Abdramane, anunció además la disolución de la Constitución, la instauración de un toque de queda y el cierre de las fronteras del país.

Estas acciones han provocado una catarata de condenas por parte de la comunidad internacional –Naciones Unidas, la Unión Africana (UA), la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), la Unión Europea (UE) y países como Estados Unidos, España y Francia–, que han reclamado la liberación de Bazoum y la conservación del orden constitucional.

Niamey es un aliado clave de varios países occidentales, incluidos Estados Unidos y Francia, en la lucha contra el yihadismo y hasta ahora ha logrado evitar la inestabilidad política que ha afectado a otros países de la región por la inseguridad a causa del repunte de los ataques por parte de Al Qaeda, Estado Islámico y Boko Haram.

De hecho, Níger había obtenido una importancia estratégica especialmente relevante después de la retirada de tropas por parte de Francia y sus aliados del territorio de Malí por las tensiones con la junta militar maliense, que ha forzado además la salida de los ‘cascos azules’ de la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de Naciones Unidas en Malí (MINUSMA).

UN PASADO DE GOLPES EN NÍGER

La asonada ha azuzado nuevamente las preocupaciones sobre la inestabilidad política en Níger, un país que se ha visto sacudido por otros cuatro –ahora cinco– golpes de Estado desde que obtuviera en 1960 la independencia de Francia, así como varios intentos frustrados, el último de ellos en 2021, días antes de que Bazoum asumiera el cargo.

El primero de estos golpes tuvo lugar el 15 de abril de 1974, cuando el entonces presidente, Hamani Diori, fue expulsado del poder en una asonada encabezada por Seyni Kountché, quien estuvo al frente del país hasta noviembre de 1987 y quien hizo frente a intentonas en 1975, 1976 y 1983.

Posteriormente, una cumbre regional derivó en la convocatoria de elecciones democráticas en 1993, en las que se impuso Mahamane Ousmane, quien se convirtió así en el primer presidente elegido en las urnas hasta su derrocamiento en 1996 en otro golpe, en esta ocasión liderado por Ibrahim Bharé Mainassara.

Militares de Níger anuncian la destitución del presidente y el cierre de las fronteras del país

El propio Mainassara moriría en 1999 durante otro golpe de Estado militar contra él, tras lo que su sucesor, Daouda Malam Wanké –hasta entonces jefe de la Guardia Presidencial–, lideró Níger hasta la celebración de elecciones en noviembre de ese mismo año.

El país aún fue escenario de otro golpe en febrero de 2010 que implicó el derrocamiento de Mamadou Tandja, vencedor de unas elecciones celebradas en noviembre de 1999 después de que Wanké devolviera el poder a los civiles. Esta última asonada se vio seguida por la celebración de unas elecciones en 2011 en las que se impuso Mahamadou Issoufou, rival de Tandja.

Issoufou encabezaría el país durante dos mandatos y designó a Bazoum –ministro del Interior entre 2016 y 2021– como su ‘delfín’ de cara a los comicios de 2021. Sin embargo, la elección de Bazoum estuvo marcada por las denuncias de Ousmane, quien rechazó los resultados, y un intento de golpe de Estado desarticulado por las autoridades apenas unos días antes de que jurara el cargo.

Así, el Ejecutivo denunció un “acto retrógrado” contra las instituciones y confirmó la detención de varios militares por su implicación en la asonada, tras un tiroteo registrado en los alrededores del Palacio Presidencial. Finalmente, Bazoum juró el cargo, materializando el primer traspaso democrático de poderes desde la independencia.

AUMENTO DE LA INESTABILIDAD

Además, el último golpe ratifica el aumento de la inestabilidad en África occidental y el Sahel durante la última década. Así, desde 2012 se han registrado tres golpes de Estado en Malí –incluidos dos en 2020 y 2021 que han consolidado la junta actualmente liderada por Assimi Goita– y otros dos en Burkina Faso, ambos en 2022, tras dos intentonas en 2015 y 2016–.

Asimismo, Guinea Bissau fue escenario de un golpe en 2012 –seguido de una intentona en febrero de 2022–, mientras que Guinea atravesó un golpe en septiembre de 2021 que derribó a Alpha Condé en medio de denuncias sobre su controvertida victoria para un tercer mandato.

Por su parte, Egipto presenció otra asonada en 2013 que alzó al poder al ahora presidente, Abdelfatá al Sisi, mientras que un golpe incruento en 2017 en Zimbabue puso fin a décadas de mandato de Robert Mugabe y llevó a la Presidencia a Emmerson Mnangagwa, aún en el cargo. Además, el presidente tunecino, Kais Saied, protagonizó un autogolpe en 2021 al disolver el Gobierno y el Parlamento e impulsar una reforma constitucional que refuerza sus competencias.

A ello se suma la situación en Sudán, escenario de un golpe en 2019 que derrocó a Omar Hasán al Bashir tras meses de protestas contra su régimen y de otra asonada encabezada por el jefe del Ejército, Abdelfatá al Burhan, que derribó al entonces primer ministro de unidad, Abdalá Hamdok.

La segunda transición abierta posteriormente se ha visto marcada por el estallido en abril de una guerra entre las Fuerzas Armadas y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) –ahora consideradas un grupo rebelde– por las diferencias en torno a la integración de sus miembros en las filas del Ejército.

En el caso de los países del Sahel, en el epicentro de esta inestabilidad están las tensiones en torno a la lucha antiterrorista y la expansión de las redes yihadistas en la región, reflejo del caos en el que se ha visto sumido Libia desde la captura y ejecución en 2011 del entonces líder libio, Muamar Gadafi, en el marco de un levantamiento al hilo de la ‘Primavera Árabe’.

El flujo de armamento, municiones y combatientes desde Libia aumentó la inseguridad en el norte de Malí –escenario de una revuelta tuareg secuestrada por grupos yihadistas– que ha provocado la caída de piezas de dominó en el Sahel, desencadenando además una gravísima crisis humanitaria y de desplazados que afecta principalmente a la región pero cuyas consecuencias sacuden también el norte de África.

 

Fuente Europa Press
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