Nos Pasamos de Tueste
28 Feb. 2026
Verónica Malo Guzmán / CAMBIO 22
El otro día un conductor de Uber me contó una historia que, si no viniera narrada con absoluta seriedad, parecería sketch de comedia. Recibió una solicitud: pasaje a nombre de Nancy. Llega al punto de recogida y se encuentra con una mujer maquillada con la nariz pintada de negro, además de orejas y ademanes caninos.
Esta se sube al asiento trasero. Cuando él le pide el PIN para iniciar el viaje, ella responde: “guuf, guuf”. Las indicaciones de qué ruta tomar, igual: ladridos. Movimientos de manos como patitas. Una absoluta insistencia por parte de la pasajera en sostener el personaje.

El conductor, desconcertado, se voltea: “Disculpe, no le estoy entendiendo. ¿Le ocurre algo?”.
Respuesta: “guuf, guuf”. “Yo tengo aquí una solicitud de Nancy Hernández. ¿Es usted Nancy?”. “Guuf”. “Si usted no es Nancy, este viaje no es para usted”. “Sí soy… pero soy un perro”.
La escena escala. Él insiste en que no transporta animales. Ella insiste en que es un perro. Se niega a bajar. El conductor apaga el coche, rodea el vehículo, abre la puerta y le dice que se retire. Ante la resistencia, truena los dedos: “Sáquese”, le dice. Tal y como muchas veces le instruimos a los canes. Y finalmente, entre indignación y coherencia selectiva, la pasajera —la persona— se baja.
Cuando me lo contaba, no sabía si reír o preocuparme. Porque el asunto no es la anécdota pintoresca; el asunto es que cada vez son más visibles los llamados therians: personas que no solo se identifican simbólicamente con un animal, sino que afirman serlo en algún sentido esencial. No metáfora. No juego
No performance artístico. Identidad.
Y aquí es donde creo que, como sociedad, nos pasamos de tueste. Voy a decirlo con cuidado: no estoy hablando de identidad de género, ni de orientación sexual, ni de derechos civiles que durante décadas han sido negados injustamente. Eso pertenece a otro debate, con fundamentos biológicos, psicológicos y jurídicos, y con una historia real de discriminación.
Lo que estamos viendo ahora es otra cosa. Es el cruce de una frontera distinta: la negación de la condición humana como punto común mínimo para la convivencia social. Una sociedad funciona porque compartimos ciertos acuerdos básicos.

Hablamos usando algún idioma, por ejempli. Y cuando alguien pide un servicio, se comunica en códigos comprensibles. Porque las reglas de convivencia se aplican a personas, no a identidades performáticas que obligan a los demás a entrar en la ficción.
Y eso es lo delicado: la ficción deja de ser privada y se convierte en exigencia pública. El conductor no fue contratado para participar en una experiencia inmersiva. Fue contratado para trasladar a una persona de un punto A a un punto B. No para aprender ladridos como segunda lengua; no para validar ontologías alternativas.
Y mientras discutimos si debemos adaptar protocolos para reconocer identidades interespecie, el mundo real arde con tragedias que no admiten juego simbólico: mujeres lapidadas en Sudán bajo interpretaciones brutales de la ley religiosa; una invasión atroz que ya suma cuatro años en Ucrania, con ciudades arrasadas y generaciones marcadas por la guerra; niñas obligadas a casarse en Afganistán; hambrunas que no son metáfora sino un “hueso” visible en el Cuerno de África. El contraste es brutal.
¿Qué nos está pasando como sociedades para que, coexistiendo con esas desgracias, proliferen identidades que parecen nacidas del vacío, de otro mundo? ¿Es desconexión? ¿Es hastío? ¿Es una necesidad desesperada de singularidad en un mundo saturado de individuos anónimos?
Quizá estamos viendo el efecto secundario de una era que convirtió la identidad en el proyecto central de la vida. Antes uno buscaba trabajo, comunidad, familia, hijos, sentido. Hoy se nos dice que debemos “construirnos” permanentemente. Diferenciarnos. Destacar. Ser únicos. Y cuando lo humano ya no parece suficiente para distinguirnos entre ocho mil millones de individuos, algunos deciden cruzar la frontera simbólica.
No es maldad. No necesariamente es burla. Puede ser soledad amplificada por redes sociales. Puede ser la necesidad de pertenecer a una tribu, aunque sea virtual. Puede ser el síntoma de generaciones que crecieron con validación inmediata como moneda emocional y que confunden visibilidad con identidad.

Pero, cuidado, entender el fenómeno no obliga a normalizarlo institucionalmente. ¡Por supuesto que no! La tolerancia implica respetar la dignidad de quien piensa distinto. NO implica suspender la realidad compartida. NO significa convertir toda vivencia subjetiva en obligación colectiva.
Si mañana alguien afirma ser un semáforo, ¿el resto debe adaptar su lenguaje y sus responsabilidades legales? Hay un punto en el que la inclusión mal entendida se transforma en distorsión. Y cuando la distorsión se institucionaliza, erosiona la seriedad de las verdaderas luchas por derechos.
ESO ES LO QUE ME PARECE MÁS DELICADO. Lo otro le está restando mérito, espacio y atención a causas verdaderamente dignas y válidas.
¿No se dan cuenta? Cuando todo se convierte en un asunto de identidad, nada lo es. O, dicho de otro modo, todo deja de tenerla. Cuando todo es exigible, nada es sostenible. Cuando toda afirmación subjetiva debe validarse como realidad objetiva, la conversación pública deja de existir.
El conductor no humilló a nadie. Simplemente se negó a participar en una representación que anulaba el marco mínimo del servicio a prestar. Y defender el sentido común, hoy parece casi un acto de ofensa, de delito.
Quizá el problema no sea que existan personas que jueguen a ser animales. Siempre ha habido excentricidades humanas. El problema es que estemos perdiendo la capacidad de distinguir entre lo que alguien siente y lo que los demás están obligados a reconocer como estructura común. La convivencia requiere límites. No para aplastar diferencias, sino para sostener un piso compartido.
Nos pasamos de tueste cuando confundimos respeto con validación automática. Cuando tememos tanto ser señalados de intolerantes que renunciamos a preguntar lo evidente: ¿hasta dónde? Porque una cosa es ampliar derechos, y otra muuuuuy distinta es diluir la noción misma de persona. Y sin esa noción, no hay derechos que proteger ni sociedad que sostener.
KXL/RCM


















