• En su libro Narcas, la periodista documenta cómo las mujeres han sido actores constantes en estructuras delictivas, más allá de los estereotipos tradicionales

 

  •  La investigación expone un patrón histórico ignorado por un enfoque masculino que ha minimizado o sexualizado su participación en el narcotráfico

 

Redacción / CAMBIO 22

Ciudad de México, 20 de marzo (SinEmbargo).– Durante años, la narrativa sobre el crimen organizado ha estado dominada por figuras masculinas, mientras que el papel de las mujeres ha sido reducido a estereotipos: víctimas, parejas o trofeos. Con Narcas: el ascenso al poder de las jefas secretas del crimen organizado (Planeta), la periodista Deborah Bonello busca desmontar esa visión y evidenciar una realidad más compleja.

Con dos décadas de experiencia cubriendo la violencia en México, Bonello explica que su interés surgió al notar la escasa visibilidad de las mujeres en el fenómeno criminal. “Sentí que esta idea de que fueran pocas únicas mujeres que se involucraban en el negocio era imposible”, afirma. A partir de esa inquietud, comenzó una investigación que la llevó a documentar casos que muestran cómo las mujeres han sido actores constantes dentro de estas estructuras.

Lejos de tratarse de excepciones, la autora planteó que su participación responde a dinámicas familiares y sociales profundamente arraigadas. En ese sentido, subraya que el rol de la mujer en la familia latinoamericana —lejos de ser siempre pasivo— es central, lo que también se refleja en contextos ilícitos. “Si la familia es de narcotraficantes, me costó creer que la mamá solo está en la cocina sin ser parte de la organización”, sostiene.

El libro traza una línea histórica que demuestra que esta presencia no es reciente ni aislada. Desde figuras como María Estévez, conocida como “La Chata”, hasta liderazgos contemporáneos, Bonello identifica un patrón constante que ha sido invisibilizado por lo que define como un “lente masculino” en la documentación del crimen. A su juicio, este sesgo ha llevado a minimizar o sexualizar el papel de las mujeres, reduciendo su agencia dentro de las organizaciones.

“La forma en que documentamos el crimen está dominada por este punto de vista”, explica. “Se dice que están ahí por ser esposas o por su apariencia, cuando en realidad forman parte activa de estas redes”. Esta omisión, advierte, no solo distorsiona la comprensión del fenómeno, sino que también tiene implicaciones en la manera en que se diseñan políticas de seguridad.

Uno de los retos centrales del libro fue evitar la romantización de sus protagonistas. Bonello reconoce que, al igual que ocurre con figuras masculinas del narcotráfico, existe el riesgo de glorificar sus trayectorias. “No es decir que son buenas personas, pero tampoco presentarlas como villanas aisladas de la sociedad”, señala. En cambio, propone entenderlas como parte de un sistema más amplio, vinculado a dinámicas económicas, sociales y culturales.

En ese sentido, insiste en que el narcotráfico no puede analizarse como un fenómeno ajeno a la sociedad. “Es un producto del capitalismo, de la forma en que vivimos”, afirma, al tiempo que advierte que separar a estos actores del contexto social implica ofrecer una visión incompleta a los lectores.

La invisibilización de las mujeres también tiene consecuencias prácticas. De acuerdo con la periodista, los estereotipos de género permiten que muchas de ellas operen con menor sospecha, aprovechando la percepción de que son menos peligrosas. “Las mujeres en el crimen organizado se benefician de estas creencias para delinquir y engañar”, explica.

Respecto al papel de Estados Unidos, Bonello considera que su influencia radica en la construcción de narrativas simplificadas sobre el narcotráfico. A su juicio, señalar a figuras específicas como responsables absolutos —particularmente en la crisis del fentanilo— reduce la complejidad del problema. “Es una forma sumamente sencilla de ver el mundo y no es verdad”, afirma.

Asimismo, critica que estas narrativas suelen responder a intereses políticos y justifican determinadas acciones gubernamentales. No obstante, advierte que la responsabilidad no recae únicamente en ese país. México, dice, también debe replantear la forma en que concibe la participación de las mujeres en el crimen organizado, más allá de su papel como víctimas.

“El reto es empezar a conceptualizar realmente la capacidad de la mujer para ser arquitecta y protagonista en el crimen organizado”, concluye.

 

 

Fuente: Sin Embargo

redaccion@diariocambio22.mx

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