• En el país dominado por el mito blanco, el autodenominado anarcocapitalista Javier Milei ganó la presidencia con una mayoría del 55%. La banalidad de la campaña con la que logró la victoria es un espejo con el que es posible cuestionarnos sobre las circunstancias de la política y la democracia en una América Latina dominada por el racismo de Estado.

 

Redacción/CAMBIO 22

En Argentina, desde las elecciones primarias, fue notable el apoyo de las juventudes hacia el candidato Milei, particularmente varones de entre 16 a 25 años, en contraste con otros votantes que continuaban leales al kirchnerismo o al partido de derecha Juntos por el Cambio. ¿Qué atrajo a todos estos jóvenes hacia este candidato?

Para responder, la socióloga Melina Vázquez explica que la pandemia de Covid-19 produjo nuevas formas de militancia de nuevos actores políticos. Si bien, desde hacía bastante, las redes sociales eran un campo de pugna política, las experiencias de soledad amplificaron los afectos y emociones que se vertían en la virtualidad; bajo esta reclusión se produjeron voces y ecos que retroalimentaron los sentimientos de hartazgo e inconformidad de muchos jóvenes.

La difícil, y a veces negligente gestión de la pandemia, ratificó el desencanto por la política. Los lazos comunitarios y los pocos canales de diálogo entre ciudadanía y gobiernos se debilitaron y surgieron nuevas militancias virtuales, como señala Vázquez. Estos desencantos produjeron que, en el caso de argentina, se buscara desesperadamente algo nuevo y radicalmente diferente. En este caso Milei, un político que paradójicamente se presenta a sí mismo como “antipolítico”.

Milei llevó hasta sus últimas consecuencias lo que el filósofo Byung-Chul Han llamó democracia de espectadores, eso fue parte de su victoria. La rabia con la que se dirige hacia los demás políticos argentinos, sus ademanes con la sierra eléctrica o el acto de desechar simbólicamente a los ministerios, como si fueran sacrificios hacia la mano invisible del mercado, son expresiones banales que se fundan solo en el escándalo; en absoluto reflejan el peso de sus decisiones políticas, tampoco abren mecanismos de comunicación entre ciudadanos y gobierno, no es gratuito que antes de ganar ya amenazara tajantemente con mantener el orden de las calles por medio de la represión.

En su retórica “antipolítica”, Milei y su equipo de campaña ganaron votantes al volcar toda esperanza política hacia algo que -según una interpretación maniquea- es ajeno a la política: la economía.

“Todo lo que pueda estar en las manos del sector privado, va a estar en las manos del sector privado” fue una de las primeras declaraciones de Milei tras ganar la presidencia. El ultraderechista convenció votantes apelando al desencanto por la política. Hay que dejar atrás el estado y ponerle todo a la economía, diría Milei, usando a la economía como placebo para cualquier mal.

Aunque habría que cuestionarse la intervención del Estado en crisis de inflación como la Argentina buscar alternativas, las medidas excesivas que propone Milei como la dolarización han tenido poco éxito en otros países como Ecuador y El Salvador, y por lo tanto no son una solución mágica.

La ideología que encarna Milei y su proyecto no es solo un ímpetu ciego por la economía y la privatización, sino que es una carga de presupuestos racistas, clasistas y sexistas; ejemplos de esto hay desde el odio racista con el que su vicepresidenta Victoria Villarruel habla de lxs indígenas mapuches y sus causas, pasando por los discursos simplistas e insensibles que Milei ha enunciado sobre la pobreza, hasta el descredito por las luchas feministas.

La victoria de Milei representa la convergencia de múltiples discursos de opresión que están ganando terreno elusivamente. Es imprescindible que desde nuestras propias trincheras y territorios reconozcamos las nuevas formas en las que la política se desenvuelve, y así evitar que la banalidad de la ultraderecha se siga abriendo camino.

 

Fuente: La Lista

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