• La lógica del votante es peligrosa y no solo se limita a Argentina: ¿para qué conservar la democracia si en estricto sentido no ha servido para nada?

 

Redacción/CAMBIO 22

El votante no es idiota. No lo fue en Argentina favoreciendo a Javier Milei el fin de semana pasado. No lo es con Narendra Modi en la India, en Venezuela con Nicolás Maduro, en Hungría con Viktor Orbán, en Israel con Benjamín Netanyahu o, en su momento, con Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Reino Unido y Bolsonaro en Brasil. Tampoco lo fue con Andrés Manuel López Obrador aquí en México.

Entonces, ¿qué pasa con los ciudadanos que se ven seducidos por líderes populistas alrededor del mundo? No hay respuesta fácil, pero una de las principales hipótesis tiene como eje el desencanto de las sociedades con la democracia, es decir, el problema trasciende y va más allá de la polarización ideológica. No se trata de izquierda o de derecha sino que radica en la fatiga de las personas frente a un sistema que, desde su punto de vista, no les ha traído algún beneficio.

¿Qué caso tiene vivir en un régimen democrático? Desde el punto de vista de millones de personas en el mundo, ninguno. Y aunque en estricto sentido estén equivocados, de manera racional su insatisfacción está llena de lógica, es decir, se trata de una falacia que ha cobrado fuerza y que ha sido alimentada poco a poco con resultados desastrosos en pleno siglo XXI.

Para el académico Yascha Mounk existen varios factores que provocan ese sentimiento de decepción hacia la democracia, entre ellos destacan la nula movilidad social, el ensanchamiento de la brecha de desigualdad, el aspecto generacional –en donde los jóvenes desconocen para qué sirve–, así como un nacionalismo mal entendido.

Es decir, no es falso que los ciudadanos vean pasar generaciones y su circunstancia y calidad de vida no mejore aun cuando tienen un sistema democrático. ¿De qué sirve tener la libertad para votar si mi condición no se modifica? podría ser otro de los cuestionamientos bajo ese tren de pensamiento. ¿Qué pasa cuando los olvidados por el Estado terminan siendo mayoría aplastante versus los beneficiados? Sin duda, el resentimiento encuentra espacio y crece.

Intentar comprender el pernicioso virus del populismo y lo que pasó en Argentina pasa por revisar las condiciones que lo hacen posible. Mientras en Latinoamérica el terreno es fértil por la imparable brecha de desigualdad, en Estados Unidos o Europa el mal entendido nacionalismo puede ser la clave del éxito de liderazgos que usan los puentes democráticos para, una vez llegado, dinamitarlos y buscar prevalecer.

No cabe duda de que el votante busca recuperar el control sobre las decisiones… aun cuando caiga en la trampa de los populistas. Aunado a los factores expuestos por Yascha Mounk en lo que se refiere a lo decepcionante que podría ser para muchos la democracia, habría que sumar también la disrupción digital, una ventana poco explorada en este proceso y en el que la sensación de empoderamiento –en ocasiones falso– pueden generar un cóctel explosivo a partir de la distorsión y manipulación de la conversación pública, como ocurrió en el Brexit.

En ese sentido, lo visto en fin de semana pasado en Argentina en donde Javier Milei se alzó con el triunfo en la contienda Presidencial debe servir a México no como un estudio de caso sobre el agotado debate sobre la ideología de derecha y de izquierda, sino como uno más de los ejemplos en donde el votante, al sentir que no tiene nada más que perder, elige recuperar el control, aunque eso implique un salto al vacío.

 

Fuente: La Lista

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