Redacción/CAMBIO 22

HOUSTON — ¿Qué fue? ¿El exilio de Diego Cocca? ¿Las advertencias de La Bomba? ¿El discurso sin adulterar de Jimmy Lozano? ¿Un ataque de dignidad profesional? Nadie lo sabrá. Pero, un México irreconocible, inédito tal vez desde algunos momentos de 2019, salió de sus honduras destrozando a Honduras con la irrefutable sinfonía de un 4-0.

Son los mismos hombres. Los de la miseria en la Liga de las Naciones. Los mismos vejados por Estados Unidos. Los mismos que sin alma vencieron a Panamá por una ecuación más aritmética que futbolística. Los mismos, son los mismos.

Sin embargo, este domingo por la noche, ante Honduras dejaron de ser los perritos falderos, como damas de compañía que auspiciaban su propia masacre ante Estados Unidos. Esta vez fueron mastines de tiempo completo. Y mastines educados, jugando bien al futbol, con la coherencia y el orden que habían extraviado hace mucho tiempo bajo la brújula rota, incluso de Gerardo Martino.

No puede soslayarse a ninguno en esta noche, aún en la comarca tercermundista, como dice FIFA, de la Concacaf.

Acaso quedó a deber Henry Martín, con ocasiones propicias desperdiciadas, pero su labor en otros rubros fue solidaria.

4-0, y a sumar la tempestuosa e intempestiva aparición de Luis Romo con un doblete, secundado por los méritos de Orbelín Pineda y Luis Chávez para redondear el marcador.

La afición tuvo su noche catarsis. Regresó a las tribunas. Se involucró desde la fase de calentamiento y montó su propia kermés con la ola, los gritos, los cantos, y además el silencio, ese silencio que la Concacaf le agradece, el de #ElGrito.

EMBESTIDA…

El silbatazo, ese graznido tosco del árbitro Mario Escobar, fue como la explosión álgida de “Cavalleria rusticana”. Y México se fue encima de Honduras. Literalmente. Una versión irreconocible, especialmente con sus propios parangones de la Liga de las Naciones.

Mordió. Presionó. Recuperó. Asfixió. 55 segundos y con un remate lejano, impecable, Luis Romo hacía el 1-0. No fue si Honduras estaba tieso o aterido, es que era una Selección Mexicana distinta de la que deambulaba con Diego Cocca.

Y el 1-0 no le incomodó. Por el contrario, lo azuzó, lo hizo salivar. Estaba cebado. La expresión de Jaime Lozano en la víspera, se confirmaban: “Están hambrientos de revancha”. Sí, los desnutridos de Cocca descubrían la glotonería de sus propios instintos.

Honduras trata de reaccionar. Pero, sucumbe. Porque México, este México, desconocido e indómito, entendiendo que son las praderas silvestres de la Concacaf, le hurta el espacio y el segundero.

Henry Martín incluso desperdicia dos oportunidades en la boca hambrienta de gol, pero el Tri no perdona al ’22. Cobro de esquina, remate de Gallardo, y aparece de nuevo Romo, ante el portero, para firmar de cabeza. 2-0. De muertos de hambre en la Liga de las Naciones a hambrientos en la Copa Oro.

Sorprende la integridad del Tri. ¿Qué les hacía Cocca a estos jugadores que se le amotinaron de manera tan brutal?

Misterio de vestidor. Lo cierto es que, ante rivales más fuertes físicamente, más atléticos, mejor equipados para el choque, el mismo Uriel Antuna, tan desconocido este domingo como Luis Romo, se da tiempo para la rudeza y el árbitro le advierte que, de seguir apabullando hondureños, le tiene ya preparada la roja, tras mostrarle la amarilla.

Y no era que Honduras no quisiera, que no pudiera o que no supiera, ocurría que la versión bizarra del Tri, se salía de su acartonamiento pusilánime en la Liga de las Naciones. Honduras no tenía una sola parte sana de su anatomía futbolística. Le habían arrebatado la idea, el balón, el control, y le estaban superando hasta en el futbol físico.

Cierto, es apenas el debut en la Copa Oro, y Honduras vive su propia crisis, pero en los primeros 45 minutos, Jaime Lozano ya había encontrado una complicidad en sus jugadores, que nunca pudo negociar Cocca.

LA MISMA DOSIS…

Para el complemento, México elige administrar el desgaste, pero no la agresividad. Se ordena un poco más en el fondo, obliga a Honduras a sentirse más obligado de buscar una anotación. Los catrachos olisquean el anzuelo y lo muerden.

Y en esos espacios, llega el 3-0 al ’52. Orbelín lo teje solo, con un pespunteo solidario de Henry Martín. El Maguito organiza la pared, encara a zagueros hondureños, los desborda con un amague y un cambio de perfil, deja a Luis Vega como estatua de sal, y remata ante el impávido Luis López.

Al ’64, otro clavo para dos ataúdes, el de las reminiscencias de Diego Cocca, y el de las ilusiones del técnico hondureño, el argentino Diego Vázquez. Luis Romo, el irreconocible Luis Romo, gesta involuntariamente el 4-0. Su servicio se estrella en la zaga y queda a los pies de Luis Chávez, quien posición de gol, y sin presiones, no perdona.

Ahora México se prepara para enfrentar a Haití, la selección que sentenció a Qatar con un 2-1 en el primer duelo de la jornada dominical. Este martes estarán viajando a Phoenix. La Concacaf festeja que los boletos se agoten.

 

Fuente ESPN
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RHM