Más Frágil que un Penalti: El Mundial 2026
4 Mar. 2026
Verónica Malo Guzmán / CAMBIO 22
¡El mundo unido por un balón!
Para quienes vivimos México 86, la frase no era un eslogan publicitario: era una sensación real. La Guerra Fría agonizaba y lo más polémico que enfrentó el planeta fue la “mano de Dios” de Diego Armando Maradona en el encuentro entre las selecciones de Argentina e Inglaterra. Nadie hablaba de terrorismo en estadios. Nadie calculaba riesgos geopolíticos. Mucho menos imaginaba que Estados Unidos pudiera convertirse, décadas después, en el eslabón débil de un Mundial de futbol.
Hoy el riesgo no está solo —como se repite mecánicamente— en México. Ciertamente no en la rechifla a los presidentes ni en la narrativa automática sobre violencia. El factor decisivo para que el Mundial 2026 se lleve a cabo o no, se llama Estados Unidos.
Y no es exageración. La secretaria de Seguridad Nacional estadounidense, Kristi Noem, reconoció que la capacidad para garantizar la seguridad del torneo “está obstaculizada”. Más de 100 mil empleados del Department of Homeland Security han sido obligados a trabajar sin paga por tercera vez en apenas cinco meses. Republicanos contra demócratas. Presupuesto bloqueado. Seguridad debilitada.

No es un asunto administrativo: el DHS coordina inteligencia, prevención de atentados y protección de eventos masivos. Y el país que albergará la mayoría de los partidos —incluida la final en Nueva York (Nueva Jersey)— admite públicamente que su arquitectura de seguridad enfrenta limitaciones. En un contexto de guerra con Irán, la ecuación deja de ser teórica.
Porque el factor geopolítico no es decorativo. Un conflicto activo que involucra directamente a Estados Unidos eleva las alertas de posibles represalias en su propio territorio. Equipos, jugadores y aficionados convertidos en símbolos. El deporte cruzándose con la guerra. Y la historia demuestra que cuando eso ocurre, la normalidad es la primera víctima.
Mientras tanto, la FIFA sonríe. No hay que esperar otra cosa. El Mundial 2026 será el más grande de la historia. Más selecciones, más partidos, más ingresos. En México se proyectan más de 3 mil millones de dólares en derrama económica, millones de visitantes y miles de empleos temporales. El negocio es demasiado atractivo como para detenerlo… voluntariamente.
Pero aquí entra Schmitt: soberano es quien decide el estado de excepción. Y esa decisión no la tomará la FIFA. Si Washington considera que el riesgo es inasumible, el balón no rueda. Así de simple.
Y no nos engañemos: si Donald Trump determina que la seguridad nacional está en juego, no solo cancelará en su territorio; presionará para que el torneo entero se replantee. Porque el Mundial puede ser global, pero la seguridad es soberana.
¿Ha ocurrido antes? Sí. Las ediciones de 1942 y 1946 no se jugaron por la Segunda Guerra Mundial. Es cierto: nunca se ha cancelado un Mundial moderno por amenazas de seguridad en tiempos “ordinarios”. Pero Zweig tenía razón: creemos permanente lo que en realidad es frágil.
México tampoco puede hacerse el sorprendido. La violencia es estructural, no episódica. Fosas clandestinas, desapariciones, ejecuciones que ya no ocupan primeras planas porque se han vuelto paisaje. La narrativa oficial insiste en que todo está bajo control, pero la percepción internacional pesa más que cualquier conferencia mañanera. Para muchas federaciones y cuerpos técnicos, viajar a México no es solo un traslado deportivo: es una evaluación de riesgo.

Ahora bien, una cosa es la violencia criminal —grave, persistente, vergonzosa— y otra distinta es la amenaza de terrorismo internacional en un evento que concentra millones de espectadores y atención global. México carga con su propia crisis de seguridad, sí, pero no está involucrado en una guerra activa con potencial de represalias estratégicas en su territorio. El tipo de riesgo es distinto. Y en 2026, el riesgo que puede detonar una cancelación no es el que ya conocemos, sino el que puede escalar súbitamente.
En cuanto a Donald Trump, nadie duda de que piensa primero en dinero, inversión y espectáculo. El Mundial es negocio, vitrina y narrativa de grandeza. Se traduce en empleos, turismo y ratings. Es la imagen de un país que organiza el evento deportivo más grande del planeta. Todo eso seduce profundamente a un presidente que mide el éxito en cifras.
Pero incluso Trump sabe algo elemental: ningún beneficio económico sobrevive a imágenes de caos o sangre en estadios repletos. Un atentado durante un Mundial en suelo estadounidense no sería solo una tragedia humana; sería una catástrofe política. La seguridad nacional es el único terreno donde el cálculo cambia. Y si el costo potencial amenaza su viabilidad política o su legado, lo pensará dos veces antes de arriesgarse. Porque el dinero importa, sí. Pero cargar con muertos en horario global importa más.
Por eso la pregunta ya no es alarmista, es estratégica: ¿vale la pena sostener el espectáculo si el contexto lo convierte en un riesgo real? ¿Debe prevalecer el negocio sobre la prudencia? Si la guerra con Medio Oriente escala y las alertas se multiplican, cancelar no sería cobardía: sería responsabilidad.
Ojalá el balón ruede. Ojalá el mundo pueda unirse noventa minutos sin mirar al cielo con temor. Pero hoy, a cien días del inicio, el Mundial 2026 es más frágil que un penalti en tiempo extra.
Giro de la Perinola
México debutará ante Sudáfrica en el Azteca el 11 de junio próximo. La ilusión dice cuartos de final. La realidad dice que primero habrá que asegurarse de que el Mundial, simplemente, ocurra.
GPC/RCM


















