Verónica Malo Guzmán/CAMBIO22

Marx Arriaga —sí, Marx— descubrió esta semana la tragedia suprema del revolucionario burocrático: lo pueden remover del cargo. La Secretaría de Educación Pública le notificó que su puesto dejaba de ser de estructura y pasaba a libre designación. Es decir: su firma ya no es imprescindible.

En cualquier oficina del país eso se llama relevo. En su narrativa, persecución política. Porque según él, no se aferra a la silla. Se aferra a los principios.

Principios con prestaciones, seguro médico y chofer institucional.

Los videos lo muestran en avenida Universidad, convertido en performance. Policías pacientes. Funcionarios institucionales. Y él, denunciando “desalojo”, como si el Estado le hubiera escriturado la Dirección General de Materiales Educativos.

Hay que repetirlo despacio: los cargos públicos no son propiedad privada. No se desalojan. Se terminan. El Estado no hereda, da encargos de manera temporal.

Temporal, Marx.

El mismo Marx Arriaga que dirigió los libros de texto del sexenio pasado. Esos que confundieron pedagogía con consigna. Esos que pretendieron que la narrativa ideológica sustituyera a la ciencia. Mientras México retrocedía en comprensión lectora y matemáticas, él producía épica impresa.

Ahora denuncia que la orden no viene firmada por Presidencia. Aquí conviene regalarle una clase básica de administración pública: en el gobierno no despide la presidenta personalmente. Lo hace tu superior jerárquico. No es monarquía. Es burocracia.

Pero la escena revela algo más profundo que un pleito laboral. Marx Arriaga es el retrato del síndrome del presupuesto eterno: esa convicción de que el servicio público no es función transitoria sino identidad vitalicia. Que perder el cargo es perder la causa. Que sin puesto no hay revolución.

Ataca a Amazon, a Coca-Cola, al capitalismo. Pero litiga con fervor por conservar su espacio en la nómina estatal. Antisistema con tarjeta institucional. Revolucionario con plaza. Rábano ideológico: rojo por fuera, blanco administrativo por dentro.

Y aquí entra la lectura política: si realmente fuera pieza indispensable del proyecto educativo, seguiría intocable. Si hoy lo dejan caer, es porque dejó de ser útil. Nadie es mártir cuando todavía rinde políticamente. En el segundo año del nuevo sexenio, algunas herencias pesan más de lo que suman.

Lo suyo no es épica. Es supervivencia presupuestal. Puede seguir diciendo que la SEP traiciona al pueblo. Puede hablar de revolución de conciencias. Puede invocar ideologías que ni siquiera domina con precisión conceptual. Pero el problema no es doctrinario.

El problema es que vivir fuera del presupuesto exige talento propio. Y eso, al parecer, no viene en los libros que él mismo editó.

 

 

 

redaccionqroo@diariocambio22.mx

AFC/RCM

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