Salvador García Soto / CAMBIO22

En lo que representa, sin duda, una nueva ofrenda para tratar de calmar la ira y la desesperación del presidente Donald Trump, justo ayer que cumplió el primer año de gobierno en su segunda presidencia, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum mandó 37 narcos y operadores de los cárteles a los Estados Unidos, los cuales llegaron ayer mismo a diversas ciudades estadounidenses donde son reclamados por diversos delitos.

Es la tercera vez desde que empezó su presidencia, que la doctora recurre al envío de capos y sicarios considerados de alta peligrosidad, con los que busca calmar y atenuar las presiones de la Casa Blanca para que dé “resultados concretos y verificables” en contra de los cárteles mexicanos de la droga; en total el gobierno de México ha mandado un total de 92 narcotraficantes sentenciados y que purgaban condena en cárceles de máxima seguridad: 29 en febrero de 2025, 26 en agosto de ese mismo año y los 37 de ayer; en todos los casos sin que quede claro bajo qué figura legal le son entregados esos reos mexicanos a la justicia estadounidense.

Pareciera que el gobierno de México no tuviera la capacidad de vigilar y garantizar que esos delincuentes sentenciados por un juez purguen sus condenas en el país y prefiriera deshacerse de los reos, en aras de mantener contento a Trump y evitar que siga amenazando con intervenir militarmente en el territorio mexicano, ante la insatisfacción y la molestia de las autoridades estadounidenses ante los magros resultados de la lucha contra los cárteles en el territorio mexicano.

Porque extrañamente, en su propio comunicado oficial, en el que da cuenta del nuevo envío de delincuentes mexicanos, que justifica con la Ley de Seguridad Nacional, el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, confirmó la entrega de reos, que ayer llegaron ya a diversas ciudades de los Estados Unidos donde los reclamaba la justicia de aquel país, con el argumento de que “representaban una amenaza de seguridad real para nuestro país” y que “ya no podrán generar más violencia entre los mexicanos”.

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¿Cómo es que ya estando en prisión, varios de ellos ya con varios años de reclusión y condenas dictadas por jueces, esos operadores de narcos seguían siendo “una amenaza de seguridad” y seguían “generando violencia en el país”? ¿No sirve el sistema penitenciario -sobre todo el de los penales de máxima seguridad como en el que se encontraban los reos recién enviados- para evitar que los narcotraficantes sigan operando en el mundo delincuencial o sigan generando violencia?

La realidad es que, en medio de las presiones crecientes de la Casa Blanca, para que la Presidenta dé mayores resultados en el combate a los cárteles de la droga o para que acepte la ayuda armada del ejército estadounidense en ese combate, lo que está haciendo la doctora es entregar a cuanto narco y sicarios le pidan en Estados Unidos, pero hasta ahora sigue sin entregar a los políticos y funcionarios que protegen la actividad criminal en México y a los que también exigen desde Washington.

Para decirlo claro y simple: si ya están entregando a los narcos que quiere Estados Unidos, al menos a los que ya tenían sentenciados en las cárceles, ¿para cuándo empiezan a entregar a los narcopolíticos, varios de ellos del partido gobernante, que también la Casa Blanca quiere y exige que le entreguen? Porque en algún punto los “sacrificios humanos” que realizan con reos ya condenados, a los que no les dan oportunidad ni de opinar ni defenderse de una extradición que no tiene sustento legal, ya no le serán suficientes al iracundo Donald Trump, y tendrán que empezar a mandar a políticos y funcionarios que protegen, toleran y hasta forman parte de los cárteles de la droga.

Está más que claro que la presencia de aviones militares de Estados Unidos en México, como el Hercules que aterrizó en Toluca, es parte de lo que está cediendo, en privado y sin informar a los mexicanos el gobierno de Sheinbaum, porque claramente ese avión tuvo que llegar tripulado por militares estadounidenses, y el argumento de la Presidenta, de que se trataba de un programa de “capacitación”, claramente no se sostiene porque la Fuerza Aerea Mexicana tiene aviones propios para mandar o regresar del país vecino a militares mexicanos que se hubieran ido a capacitar.

Esa es la realidad de lo que veremos cada vez más en los próximos meses: la Presidenta que se envuelve en la bandera y se jura defensora de la soberanía, terminará aceptando, como ya lo está haciendo, que personal militar de Estados Unidos, debidamente camuflajeado en programas “de cooperación y capacitación” entrará a territorio mexicano para planear, organizar y ejecutar acciones contra los cárteles de la droga en la que irán por delante las fuerzas mexicanas, pero detrás los estadounidenses.

Eso ya ocurrió en el gobierno de Felipe Calderón, con la presencia de agentes de élite de la DEA y de otras agencias que llegaron a participar en capturas como la de Arturo Beltrán Leyva. Y aunque ahora lo nieguen y aparezcan hacia afuera con el doble discurso de que “defienden la soberanía”, está volviendo a ocurrir en el gobierno de la presidenta Sheinbaum, que no tiene otra salida que ceder a las presiones estadounidenses.

NOTAS INDISCRETAS…

Nadie mejor que el primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha explicado el momento actual que vive el mundo y las consecuencias de permanecer pasivos ante los cambios en el orden mundial. Ayer en Davos, el ministro canadiense puso los puntos sobre las íes de lo que están haciendo las superpotencias, especialmente Estados Unidos y su delirante presidente, Donald Trump. “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las últimas dos décadas una serie de crisis en finanzas, salud, energía y geopolítica han puesto al descubierto los riesgos de la extrema integración global. Pero más recientemente las grandes potencias han empezado a usar la integración económica global como un arma. Aranceles como palanca, infraestructura financiera como coerción, y las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No podemos vivir de la mentira de la integración como beneficio mutuo, cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación. Sabíamos que la historia del orden mundial basado en normas era parcialmente falso. Que los más fuertes se eximirían. Las normas comerciales se aplicaban a su conveniencia y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o la víctima. Esa ficción era útil y la hegemonía estadounidense contribuía a aportar bienes públicos, rutas marítimas abiertas. Este acuerdo ya no funciona. Entendemos que esta ruptura necesita más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal y como es. Vamos a quitar el cartel de la ventana. Sabemos que el antiguo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo, la nostalgia no es una estrategia. Pero creemos que a partir de la fractura podemos construir algo mejor, más grande, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias. Los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y que más ganan con una cooperación genuina. Los poderosos tienen su poder, pero nosotros tenemos algo también, la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abiertamente y con confianza y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a seguirlo con nosotros”. ¿Así o más claro el llamado a que el mundo, en este nuevo orden mundial que están impulsando los superpotencias, como Estados Unidos, las potencias medias se unan para enfrentar a los gigantes y evitar que se repartan solos el mundo de acuerdo a sus intereses, como ya lo hicieron en 1945 tras el horror de la Segunda Guerra Mundial?…Los dados repiten Escalera. Subida para el primer ministro canadiense.

 

 

 

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