mayo 24, 2024 21:58

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Renán Castro Madera, Director General

Renán Castro Madera, Director General

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  • La improvisada puesta en marcha del Tren Maya es la síntesis perfecta de los pecados.

 

Redacción/CAMBIO 22

La improvisada puesta en marcha del Tren Maya es la síntesis perfecta de los pecados de la Cuarta Transformación. El abandono de la ciencia y la técnica, en aras del mito y la improvisación es la muestra palpable de la pereza intelectual de un régimen, que ha renunciado a llevar a cabo proyectos ecológica y técnicamente viables.

Las grandes obras son enemigas de la pasividad, ya que para concretarlas se requieren importantes esfuerzos previos que se plasman en los diferentes estudios de impacto ambiental, costo-beneficio o viabilidad.

El Tren es un émulo de la estrategia gubernamental que comenzó con el malogrado Plan Nacional de Desarrollo, un documento carente de objetivos, indicadores y líneas de acción, redactado contra los criterios previstos en la Ley de Planeación, sin consulta previa e informada y sin el aval de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

El resultado de la publicación de este mal llamado Plan fue la renuncia del titular de Hacienda, ante el hartazgo que le produjo un gabinete pasivo, sometido diariamente a mandatos y designios presidenciales.

El proyecto es el resultado de los más profundos e inconfesables apetitos presidenciales y obedece solamente a la lógica de un ego necesitado todos los días de aprobación; un ego que en cada evento o tragedia se ostenta como victimario, a la vez que de forma indolente y cruel estigmatiza a las víctimas y denosta a los críticos.

El desmedido y ampuloso ego presidencial crece con cada proyecto depredador y con los jugosos negocios que se derivan de obras de infraestructura que han representado una sangría brutal al erario. El Tren ha superado ya los costos estimados: la obra que costaría entre 120 mil y 150 mil millones nos ha costado a todas y todos más de medio billón de pesos.

La prudente y estructurada oposición al Tren ha sido víctima de la desbordada ira presidencial, que desde el púlpito mañanero ha descalificado por igual a ambientalistas y a organizaciones dedicadas al cuidado del patrimonio cultural de la nación. De nada ha valido la evidencia aportada de tala indiscriminada, fauna destruida y cenotes vulnerados.

La promesa inicial de no derribar un solo árbol se ha enfrentado a la cruel realidad de al menos 3.4 millones de árboles cercenados en sus raíces. Más grave aún ha sido el hecho de que este sexenio ha sido igualmente letal para la vida humana: tan solo en esta administración han muerto 58 defensores ambientales.

El Tren ha sido parte de un inmenso apetito de destrucción que ha devastado instituciones y recursos naturales. La obra final es un monumento a la ineficacia tecnológica: frente a trenes de pasajeros rápidos, no contaminantes y eficientes, tenemos un transporte que utiliza energías del pasado, con trayectos soporíferos alimentados por tramos en los que la lentitud es típica, a lo que se suman los elevados costos de operación.

Los delirios palaciegos se alimentan todos los días por grupos de aduladores que festinan al Tren como la más grande hazaña tecnológica de la historia, similar a la llegada del hombre a la Luna. Estas fantasías presidenciales muestran a todas las luces la envidia que hoy siente el presidente en un sexenio que llega a su fin, en medio de fracasos estrepitosos, retrocesos inimaginables y la carencia de grandes obras de infraestructura que pongan a México a la vanguardia en materia de comunicaciones.

Fue la envidia presidencial y no la supuesta corrupción lo que llevó a la cancelación de una gran obra de infraesctructura como lo fue el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. El Aeropuerto, como no era un legado de su sexenio, no valía la pena que pasara a la historia como el aeropuerto de talla mundial, que ahora no tenemos y cuyos costos de cancelación pagarán las próximas generaciones.

El Tren ha sido una obra en la que el gobierno ha asumido, de forma avariciosa y cruel, todos los beneficios de la propaganda y del lucro, transmitiendo a la ciudadanía todos los costos del deterioro ambiental, de la depredación de la selva y del atropello a los derechos de los habitantes. Las personas de las comunidades por donde pasa el Tren han visto cómo los poderosos hacen negocios mientras que ellos son víctimas de engaños, chantajes y atropellos ilimitados.

El Tren, finalmente, es un monumento a la soberbia. Este sexenio se ha caracterizado por sus apetitos desordenados que lo impulsan a creerse el más importante de la historia. Para el presidente, su familia y sus secuaces, estamos ante el más grande estadista de todos los tiempos, una figura sólo comparable, por sus logros, a Cristo.

En perspectiva, todo gobierno recibe, al final de cuentas, el juicio unánime de la historia. Todavía está por escribirse el veredicto de un sexenio que agoniza, pero los resultados de sus grandes obras están a la vista: un aeropuerto tipo terminal de autobuses vacío, una refinería convertida en parque acuático que no refina y un Tren lento que depredó la selva y que no ha logrado seducir a los primeros viajantes, muchos de los cuales prefirieron dormir en su primer e “histórico” trayecto.

 

Fuente: EL HERALDO

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