▶En memoria de dos grandes colegas y amigos Juan José y Víctor Hugo

Redacción/Cambio 22

En julio del 2015, el gran historiador yucateco de nacimiento y cancunense por adopción, Juan José Morales me envió una excelsa colaboración que se publicó en su momento en un periódico regional.

Gocé de su amistad hasta el día de su muerte y compartimos excelentes y productivas charlas, junto con mi entonces jefe de redacción Victor Hugo Guzmán Olague, que también ha dejado de existir, para mal del periodismo y de la cultura quintanarroense.


Ambos fueron mis compañeros y colaboradores en le periódico que dirigí editorialmente por más de dos decenas de años.

Víctor Hugo, al igual que Juan José Morales aportaron miles de granitos de arena para la construcción de espacios culturales periodísticos en este Quintana Roo nuestro.

Ante la polémica surgida por la absurda posibilidad de prohibir las corridas de toros en el país, retomó de mi archivo particular una colaboración del maestro Juan José Morales sobre el tema y que no tiene desperdicio.

La Petatera y la plaza de toros de Tizimín

Juan José Morales

Comentábamos hace unos meses que así como la charrería, la jarana y la trova yucateca fueron declarados patrimonio cultural intangible de Yucatán, debía hacerse lo mismo con las corridas de toros a la usanza regional. Hoy tenemos una propuesta semejante, también relacionada con la lidia de toros: que la plaza temporal que cada año se erige en la ciudad de Tizimín para la feria de Reyes en enero, sea incluida en el Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y declarada Patrimonio Cultural de Yucatán.

Aclaro que la propuesta no es mía, pero la apoyo con entusiasmo. Es de la asociación civil Promotores del Desarrollo y Servicios Turísticos (Prodetur) de Tizimín.

Las fotos muestran las notables similitudes entre la plaza de toros La Petatera, de Villa de Álvarez en Colima, y la de Tizimín en Yucatán.

Ambas tienen la peculiar característica de ser a la vez las más antiguas y las más nuevas de México, pues desde hace siglo y medio, cada año se construyen en el mismo lugar y se desarman después de las fiestas para reutilizar los materiales con otros propósitos. Al año siguiente, se erige una nueva.

Sobre esta singular plaza de toros, el Profesor  Hugo Rodríguez Núñez, secretario de la asociación, señala que es semejante «”aunque con ciertas características propias»” a la plaza La Petatera, que cada año se construye para la fiesta patronal de San Felipe de Jesús, el 5 de febrero, en Villa de Álvarez, Colima.

Este coso temporal fue declarado patrimonio cultural de Colima, monumento artístico nacional por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, y está inscrita como parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de México de Conaculta.

Las dos plazas, como decíamos, son muy similares por su tamaño, aspecto general y capacidad. Ambas son de 60 metros de diámetro y pueden acomodar a cinco mil espectadores. Pero las técnicas y materiales empleados en su construcción son diferentes.

La estructura de La Petatera es principalmente de madera reforzada con ixtle «”una fibra textil obtenida del maguey»”, así como cuerdas y clavos, y está forrada con petates, a lo cual debe su nombre.
En cambio, la de Tizimín se construye con troncos sin labrar de diferentes tipos y tamaños, y tablas aserradas para los tres pisos que la conforman.

No se usan clavos ni tornillos, sino que las diferentes partes se sujetan con lianas o bejucos, que al secarse le dan la firmeza necesaria para durar muchos años, al estilo de las casas mayas. Las paredes y el techo son de hojas de la palma llamada huano o xaan «”Sabal yapa en la clasificación científica»”, verdes y recién cortadas para evitar incendios por los cohetes que se lanzan en cada corrida. A diferencia de La Petatera, no tiene graderío, pero si tres pisos de alto en los que se colocan sillas para los espectadores.

Tanto el coso de Villa de Álvarez como el de Tizimín son obras colectivas.

Su construcción corre a cargo de los llamados «palqueros» concesionarios que aportan los materiales necesarios y su mano de obra.

Se les denomina palqueros porque cada uno construye su propio tablado o palco, y tiene derecho a cobrar por el acceso a él durante las corridas.

En el caso de Tizimín, ser palquero es toda una tradición, pues como señala el Profesor Rodríguez, esa tarea se ha transferido de padres a hijos durante más de 150 años.

Hay, pues, muy buenas razones para que la plaza de toros tizimileña sea declarada parte del patrimonio cultural de Yucatán y de México, y monumento artístico nacional, igual que su similar de Villa de Álvarez.

 

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