Redacción/CAMBIO 22 

Juliane Koepcke volaba en un avión con su madre sobre la selva peruana cuando el aparato sufrió un accidente debido a una tormenta. Koepcke, con tan solo 17 años, sobrevivió a la caída y se encontró sola en medio de la jungla.

El 24 de diciembre de 1971, Juliane y su madre Maria se dirigieron al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez en Lima, Perú, y fueron parte de las 92 personas que abordaron un cuatrimotor Lockheed 188 Electra bautizado como Mateo Pumacahua, correspondiente al vuelo 508 de LANSA con destino a la ciudad de Pucallpa, donde su padre, que allí trabajaba, las esperaba para celebrar Navidad.

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Era la víspera del día de Navidad de 1971 y todos queríamos llegar a casa. Estábamos de mal humor porque el avión llevaba siete horas de retraso.

De repente nos adentramos en una nube muy oscura. Diez minutos más tarde era obvio que algo no iba bien.

Hubo una fuerte turbulencia y el avión se movía arriba y abajo. Maletas y paquetes caían de los compartimentos.

Cuando vi rayos alrededor del avión, me dio miedo. Mi madre y yo nos dimos la mano aunque no podíamos hablar. Otros pasajeros empezaron a llorar y a gritar.

Minutos después vi una fuerte llamarada en el motor exterior, a la izquierda del avión. Mi madre dijo con calma: “Esto es el fin, se acabó”. Esas fueron las últimas palabras que le oí decir.

El avión empezó a caer en picado. Todo estaba oscuro y la gente gritaba. En ese momento solo tenía en la cabeza el rugido de los motores.

De repente el ruido paró y me encontré fuera del avión. Estaba en caída libre, atada a mi asiento.

Podía ver cómo me acercaba a la selva. Entonces perdí la conciencia y no recuerdo nada del impacto. Después supe que el avión se partió en varias piezas a unos 3 kilómetros de altitud.

Me desperté al día siguiente. Mi primer pensamiento fue: “He sobrevivido a un accidente de avión”.

Me había roto la clavícula y tenía algunos cortes profundos en las piernas, pero las heridas no eran graves.

Antes del accidente, había pasado un año y medio con mis padres en su estación de investigación en la jungla, a unos 30 kilómetros de distancia. Aprendí mucho sobre la vida en la selva.

Llevaba puesto un vestido corto sin mangas y sandalias blancas.

En el lugar del accidente encontré una bolsa de caramelos. Cuando los acabé no tenía nada más que comer y tenía mucho miedo de morir de hambre.

El cuarto día oí posarse a un buitre. Reconocí el sonido gracias a los días que pasé en la selva con mis padres.

Encontré un asiento con tres pasajeros con la cabeza contra el suelo.

Estaba paralizada por el miedo. Fue la primera vez que vi un cadáver.

El décimo día casi no podía mantenerme en pie, así que me dejé ir a la deriva por la orilla de un río más grande que encontré. Me sentía tan sola.

Pensé que estaba alucinando cuando vi un gran barco. Cuando fui a tocarlo y me di cuenta de que era real fue como si me hubieran dado una inyección de adrenalina.

Pero entonces vi un sendero que conducía a una cabaña con un techo hecho con hojas de palmera. También había un motor de barca y un litro de gasolina.

Tenía una herida en mi brazo derecho que estaba infestada de gusanos de un centímetro de largo. Utilicé la gasolina para curar las heridas.

El dolor era intenso y los gusanos intentaron introducirse aún más. Me saqué unos 30 gusanos y estaba muy orgullosa de mi misma. Decidí pasar la noche allí.

Al día siguiente oí la voz de varios hombres en el exterior de la cabaña. Fue como oir voces de ángeles.

Cuando me vieron se alarmaron y dejaron de hablar. Pensaron que era una especie de diosa del agua, una figura de una leyenda local que es un híbrido entre un delfín y una mujer rubia de piel blanca.

Pero me presenté a ellos en español y les conté lo que había pasado. Me curaron y me dieron algo de comer. Al día siguiente me llevaron de vuelta a la civilización.

El día después de mi rescate vi a mi padre. 

El cuerpo de mi madre fue encontrado el 12 de enero. Supe que también sobrevivió al accidente, pero estaba gravemente herida y no podía andar. Murió varios días después. No me atrevo a pensar cómo fueron sus últimos días.

 

 

Fuente Cosmos

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