La Cuarta Transformación Fue Real… Regresó el Sarampión
7 Feb. 2026
Verónica Malo Guzmán/CAMBIO22
De vuelta a los cubrebocas. No por una pandemia global, no por una mutación inesperada, no por mala suerte. Por política pública. Por la obra más consistente —y quizá la única verdaderamente exitosa— de la autodenominada Cuarta Transformación: devolverle a México enfermedades que ya estaban erradicadas en la historia de la salud pública, junto con la viruela y el pudor institucional.
México hoy encabeza un ranking que nadie presume en la mañanera: es uno de los países con mayor número de casos de sarampión en el continente americano, de acuerdo con reportes recientes de la Organización Panamericana de la Salud. No de América Latina. De toda América. Sí, incluso por encima de Estados Unidos, ese país que lidia con uno de los movimientos antivacunas más ruidosos del planeta… y aun así no logró este retroceso histórico.
La OPS no solo emitió una alerta: encendió las luces de emergencia. El sarampión reapareció con fuerza en zonas donde la cobertura de vacunación cayó, donde los esquemas están incompletos y donde el Estado decidió improvisar en lugar de prevenir. El virus no hizo nada extraordinario. Hizo lo que siempre hace: aprovechar el vacío.
Aquí empieza el tramo incómodo del relato oficial. Durante los mal llamados años “neoliberales”, México tenía coberturas de vacunación cercanas a la excelencia: más del 95% en primera dosis y prácticamente universales en los refuerzos. Tan eficaces fueron esas campañas que el país fue certificado como libre de sarampión. Sí, libre. Oficialmente. Documentado. Antes de que la historia se reescribiera en PowerPoint.
Luego llegó la 4T con su cruzada moral, su guerra contra proveedores, su obsesión por reinventar la logística sanitaria… y la vacunación infantil se desplomó. No por rechazo social, no por conspiraciones extravagantes, sino por desabasto, desorganización y decisiones ideológicas en la compra y distribución de medicamentos.
Se acusó de corrupción a empresas farmacéuticas. No se probó nada. Se presumieron ahorros. Eso sí. Y lo que se “ahorró” fue algo menor: la protección de una generación entera de niños.
Conviene subrayarlo, porque ya se prepara la coartada: no fueron los antivacunas. No fue una ola mundial inevitable ni un brote importado. Fue una decisión política. Abandonar la prevención, romper cadenas de suministro y confiar en que la propaganda sustituye a la política pública.
El propio sector salud ha reconocido que durante la pandemia se dejaron de aplicar vacunas sistemáticas, incluyendo la del sarampión. Hoy, con el brote activo en prácticamente todo el país, el gobierno corre a vacunar de emergencia. No para prevenir, sino para corregir un sexenio entero de abandono.
Y aquí el dato que no se repite en conferencias: dentro del sistema de salud ya se habla —en voz baja— de algo más grave que el brote actual. El verdadero temor no es solo el número de casos hoy, sino el hueco generacional que dejaron años de esquemas incompletos. Una bomba de tiempo epidemiológica que no se resuelve con spots ni con discursos triunfalistas.
Esto ya no es un “foco rojo”. Es un fracaso nacional. El sarampión no es una gripe: es uno de los virus más contagiosos que existen, con complicaciones severas y muertes perfectamente evitables. Cada caso es un recordatorio de que la prevención cuesta menos que la propaganda.
La gran transformación prometió un sistema de salud “como el de Dinamarca”. Entregó algo más cercano al México de los años setenta. Esa es la verdadera herencia: hospitales saturados, campañas tardías y enfermedades que regresan como si nunca se hubieran ido.
La 4T no erradicó la corrupción. Erradicó la prevención.
Y el sarampión, agradecido, volvió.
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