mayo 25, 2024 15:04

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Renán Castro Madera, Director General

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  • Vienen apareciendo videos en los que tachan, rasgan o reemplazan el nombre de J.K. Rowling, a quien acusan de transfóbica. ¿Esta práctica se inscribe en la larga tradición de la censura?

 

Redacción/ CAMBIO 22

Aunque podría creerse que la censura es una invención moderna, su origen pareciera estar más bien ligado a los inicios mismos de la sociedad humana. Como práctica de larga data, la censura podría remontarse hasta la invención de la escritura, unida inevitablemente al deseo de los grupos dominantes por controlar el acceso y la difusión del conocimiento.

En el Antiguo Egipto, por ejemplo, el castigo por cometer acciones contra el orden imperante era ser borrado de la Historia: se prohibía el nombre de la persona y, con ello, su mención en cualquier tipo de contexto. En Roma, alrededor del 200 a.C., la censura estaba ya institucionalizada en el Atrium Libertatis, sede en la que los censores, magistrados de la república, vigilaban lo que la sociedad debía leer como un modo de velar por las buenas costumbres. En la Edad Media, por su parte, con el ascenso de la Iglesia Católica se instauró la Inquisición y, con ello, un veto generalizado a toda idea que atentara contra el discurso dominante, cometiera herejía o tratara temas inmorales.

La invención de la imprenta y la difusión del protestantismo dieron un vuelco en el panorama y, al alero de la aparición de un nuevo sistema de producción y circulación del libro, a partir del siglo XV el veto se difundió también a los libros, tanto a través de la censura y expurgo como del control de las imprentas y la publicación de listas de libros prohibidos.

Con el tiempo surgieron más organismos encargados de la vigilancia, los cuales rápidamente se consolidaron hasta transformarse en un mecanismo habitual hasta nuestros días. En épocas contemporáneas, la censura se transformó en una más de las herramientas predilectas de los regímenes autoritarios, cuyas prácticas, asociadas a distintos ejercicios de violencia, perduran aún en la actualidad.

A grandes rasgos, puede entenderse la censura como una práctica prohibitoria y reguladora mediante la cual se busca controlar ideas, discursos o publicaciones. Aunque no es intrínsecamente literaria, una parte importante de las prácticas censoras se ha encargado históricamente del control de la imprenta y los libros en tanto difusores del conocimiento.

El presente trabajo se propone analizar un caso particular de práctica censora sin precedentes hasta ahora: las marcas de censura que distintos lectores de la saga Harry Potter –la más vendida de la historia– han realizado sobre sus ejemplares para borrar de estos el nombre de su autora. Este acto es necesario enmarcarlo en la polémica que en el último tiempo ha rodeado a la escritora a partir de comentarios en Twitter tildados de transfóbicos por los usuarios.

Estas declaraciones no han dejado indiferentes a los fanáticos de la franquicia, de modo que una parte importante de estos se ha levantado para expresar rechazo a estos dichos. Así, por ejemplo, MuggleNet y The Leaky Cauldron (dos de las comunidades de fanes más grandes de internet) se han pronunciado públicamente para expresar que ya no utilizarán la imagen de la autora y que, incluso, dejarán de escribir su nombre completo, reemplazándolo por las iniciales JKR. Este debate se desplazará también hacia otras plataformas y redes sociales y superará los límites de Internet.

En distintos grupos aislados, surge la necesidad de pronunciarse respecto a la polémica a través de manifestaciones públicas que no solo rechacen la ideología de la escritora, sino que además den cuenta de una postura valórica clara en contra de la transfobia. En la red de TikTok, durante el año 2020, dicha necesidad derivó en el surgimiento de videos individuales en los que lectores de Harry Potter muestran distintas intervenciones materiales que realizaron en sus libros con el objetivo de tachar, tapar o borrar el nombre de la autora.

Dado el funcionamiento del algoritmo de la aplicación, en el que a cada usuario se le muestra contenido similar a sus preferencias, estos videos van interactuando entre sí, construyendo una verdadera red de relaciones que conformará una comunidad a partir de temas, hashtags o audios en común. Por ejemplo, la etiqueta #jkrowlingiscancelled (en la que se encuentran varios de estos videos), contaba con 26.1 millones de visualizaciones a mediados de 2021 y el sonido conocido como The JKR is canceled song, utilizado especialmente para exhibir estas marcas lectoras, poseía 262 videos alrededor del mismo periodo.

Con fines metodológicos, hemos agrupado estos videos según el tipo y formato de sus marcas de censura, como un modo de aproximarnos a la función que cumplen para sus lectores y las connotaciones políticas e ideológicas que alcanzan en el marco de la polémica.

Para tales efectos, analizamos más de ochenta intervenciones en libros de la saga, todas disponibles públicamente en la aplicación de TikTok durante el periodo 2020-2021.

Nombre tapado o tachado

Como base de todas estas intervenciones lectoras encontramos la censura del nombre de la autora, en el que este se tapa o se borra a través de distintos métodos. Ya sea con tinta, papel, pintura, cintas de colores u otros, los lectores buscan ocultar el nombre como un modo de negar la autoría de la obra debido a las connotaciones negativas que ha adquirido.

En la mitad de los casos, la finalidad de las marcas es la censura en sí misma, es decir, están orientadas únicamente a eliminar el nombre. En la otra mitad, en cambio, el tachado es un complemento extra, un paso previo para llevar a cabo un gesto de censura aún más importante: el reemplazo del nombre. Así, hallamos ocasiones en las que los lectores han decidido voluntariamente adjudicar la autoría a terceros, como un modo de ensalzar otras figuras cuyos lineamientos ideológicos están en armonía con los del lector y con las expectativas que posee sobre el libro. Ya no basta con censurar, hace falta reescribir.

En tercer lugar, encontramos los reemplazos que no poseen relación aparente con la saga ni la causa trans y/o feminista. Entre ellos se encuentran tanto nombres de personas reales arraigadas en el imaginario de la cultura popular –como Britney Spears y Danny Devito– como personajes ficticios de otras franquicias –como Miku, la famosa cantante virtual de Vocaloid–. Junto con ellos, también es posible encontrar intervenciones lectoras en las que el nombre es tapado con frases o palabras aleatorias. Tanto en este como en el caso anterior, el propósito de los reemplazos no se orienta necesariamente a adjudicar la autoría a una figura relevante al contexto, de modo que, más que tener connotaciones políticas, estos parecieran incorporarse a una dinámica en la que la censura es vista también como un juego abierto a posibilidades lúdicas y creativas.

Si se considera el medio en el que estos videos coexisten y los contextos que los envuelven como productos de la aplicación TikTok, su inclinación hacia lo lúdico no resulta tan extraña. Y es que, pese a que en el último tiempo TikTok ha dado un vuelco para transformarse en una plataforma donde es posible encontrar datos educativos e interesantes o en la que, como en este caso, pueden compartirse posturas políticas o de denuncia, no puede ignorarse que gran parte de su naturaleza se caracteriza por ser un sitio de entretenimiento multimedia, atravesado por una cultura de masa en el que el meme, más que un mero recurso humorístico, se convierte en una nueva forma de comunicación.

El resultado de ello es, precisamente, un ejercicio de denuncia en el que la postura política antiautoría aprovecha los recursos de la cultura de masas para llevar a cabo el acto de censura, entrelazándose con esta a tal punto que resultan inseparables. Censura, denuncia, meme y entretención son ahora partes de un mismo producto. La censura al nombre de la autora se producirá, pero se producirá a partir de las mismas frases, chistes, juegos y recursos que existen ya en el medio donde se desarrollan y promueven (TikTok).

También encontramos un cuarto tipo de sustitución del nombre en el que el reemplazo se orienta a recalcar la falta de autoría de la obra. En estas intervenciones no basta con el simple tachado o tapado del nombre y la reescritura se transforma en un gesto en sí mismo, un modo de señalar una nueva anonimidad escogida por los lectores como consecuencia de la desilusión ante la autora.

Intervenciones artísticas

En algunas ocasiones, en el tapado del nombre se realiza un esfuerzo extra, mediante ejercicios que no buscan solo censurar, sino también decorar y embellecer el libro. Si bien estas intervenciones artísticas pueden ser independientes y constituir actos por sí mismos, suelen ir acompañados de otras marcas que estarán relacionados con la polémica y ahondarán en su dimensión ideológica.

De tal modo, por ejemplo, nos encontraremos con ejemplares en los que las tapas poseen pinturas decorativas para ocultar el nombre de la autora, mientras que en los lomos este se reemplaza por el de Emma Watson. Algo similar ocurre en el libro de @theather.rattt, en el que para borrar el nombre se utilizó una pintura de nubes hecha con los colores de la bandera trans.

Consignas políticas y banderas LGTBQIA+

Algunas marcas de censura se realizan con el objetivo de emitir una posición política e ideológica clara. Aquí el mensaje ideológico pasa a constituir el centro de la marca censora, como un modo de pronunciarse en contra de los comentarios de la autora y a favor de las disidencias de género y sexuales. De este modo, nos encontramos con ejemplares en los que la censura se ha llevado a cabo mediante banderas LGTBQIA+ (principalmente la trans), a las que además se suman los lemas políticos más importantes del último tiempo –como “Black lives maters” y “Trans rights.

El vuelco creativo también está presente en estas intervenciones, especialmente porque permiten aludir a la coyuntura social y política del momento y aquello abre la posibilidad de que se escojan términos o ideas arraigadas en la cultura popular. Es el caso, por ejemplo, del ejemplar de @mattymcd6, donde se ha timbrado la palabra cancelled junto al nombre de la autora. Resulta un guiño cómico que tomará una estampa comúnmente utilizada en otros ámbitos para reinterpretarlo en función del uso reciente de la palabra para referir al acto de rechazar a figuras que han demostrado comportamientos repudiables.

Rasgado

Un caso fuerte de censura corresponde a aquellos ejemplares en los que el nombre de la autora ha sido rasgado de las tapas del libro, en lo que parece ser un intento de eliminar completamente su presencia en este. Aquí, la intervención resulta más agresiva y pasa a afectar a la materialidad del libro de forma permanente. A diferencia de casos como los que veíamos en imágenes anteriores, estas marcas no buscan embellecer el libro ni mantener una estética armónica con este, sino que su objetivo principal es la censura; una censura disruptiva que refleja el nivel profundo de repudio que se siente hacia la escritora).

Este gesto de señalar que un autor está cancelado (o, también, censurado) recuerda a una de las prácticas censoras utilizada por uno de los mayores sistemas de censura occidentales: la Inquisición (referente ineludible del tema), en el que solían utilizarse anotaciones expurgatorias para advertir al lector que un autor estaba condenado y que, por tanto, su obra debía leerse con precaución.

Quema del libro

Un paso más allá lo constituye un único caso en el que un usuario ha optado por la destrucción total de su ejemplar del libro, rasgando sus hojas y posteriormente tirándolas al fuego. Aquí, la agresividad se apodera del acto de censura, mediante un acto con efectos permanentes que se encarga de destruir el libro en su totalidad. Rasgar y después quemar constituye una acción doble, un acto cargado de simbolismo en el que la destrucción en dos pasos demuestra una necesidad de que el libro quede inutilizable por completo y da cuenta de la violencia con que el usuario experimenta el rechazo hacia la autora. A diferencia del resto de los casos, con la quema del libro se termina por consolidar el acto censor.

Mientras que en las otras marcas estudiadas predomina el salvaguarde de la obra por sobre al rechazo de la autora (la obra se conserva pese a la censura y las marcas producidas se inclinan más a ocultar la autoría que a repudiar el libro en sí), la destrucción del libro implica una censura que, aunque nace producto del rechazo a la autora, se convierte también en censura hacia el mismo libro y su contenido.

Con una acción que, aunque violenta, tiene algo de controlado y premeditado (la destrucción se prepara para ser grabada en vídeo, no es un acontecimiento impulsivo), el usuario, sin necesariamente ser consciente de ello, introduce su actuar dentro de una tradición censora de larga data que ha utilizado la quema de libros como un mecanismo ejemplar al momento de establecer la censura como herramienta de control.

Aunque no es institucional ni posee el mismo objetivo, el usuario se servirá de aquel recurso tan utilizado a lo largo de la historia –el fuego– para declarar una postura política dura y estricta, aún más implacable que las vistas con anterioridad. De este modo, la quema del libro será reapropiada para demostrar una censura personal que va en línea con sus propios planteamientos ideológicos.

Lo importante del video compartido no es tanto el resultado y, de hecho, aunque la destrucción del libro es evidentemente el objetivo principal de la quema, este nunca se muestra quemado como tal. El propósito del video es, más bien, retratar la quema en sí, mostrar el proceso y compartir activamente el acto de censura.

Si estos ejercicios censores son o no efectivos en un panorama general es discutible. A lo largo de este trabajo, por ejemplo, hemos intentado no utilizar el nombre de la autora de la saga, exceptuando, quizás, alguna inclusión en la mención de las etiquetas utilizadas en TikTok. No obstante, me atrevería a decir que tal esfuerzo resulta infructífero; cualquier lector de este siglo debería ser capaz de saber a quién nos referimos sin la necesidad de hacer uso de su nombre (tal es la importancia de la obra que ha producido). Lo mismo ocurre con los actos censores encargados de tapar la autoría en los ejemplares de la saga, por lo que, vistos desde afuera, se podría pensar que constituyen un esfuerzo endeble si se lo compara con la fama que el nombre tiene aún en nuestros días.

Sin embargo, no puede olvidarse que las marcas censoras en Harry Potter son, antes que nada, un ejercicio de denuncia individual, pese a que terminarán por colectivizarse al introducirse en la web. Más que borrar de la historia el nombre de la autora, lo que esta censura busca es permitir la apropiación personal de la obra, de modo que se transforma en una herramienta de reapropiación a partir de la cual se defiende la saga pese a la escritora y se reclama simbólicamente la propiedad de esta: ya no es de quien la escribió, ahora pertenece a sus lectores.

Fuente: Infobae

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