febrero 29, 2024 16:49

Renán Castro Madera, Director General

Redacción/CAMBIO 22

Un equipo de investigación dirigido por la Universidad de Cambridge acaba de descubrir diarrea en dos letrinas de alta alcurnia del Jerusalén del Antiguo Testamento.

Por la Biblia ya sabíamos que existía, aunque con menos popularidad que la sarna, la lepra o la tuberculosis, pero ahora tenemos restos, en concreto del microorganismo unicelular Giardia duodenalis, causante común de disentería, lo que la convierte en la más antigua de la historia de la humanidad.

“El hecho de que estos parásitos estuvieran presentes en los sedimentos de dos pozos negros de Jerusalén de la Edad del Hierro sugiere que la disentería era endémica en el Reino de Judá”, asegura el autor principal del estudio, el doctor Piers Mitchell, del Departamento de Arqueología de Cambridge, quien acaba de publicar este estudio en la revista Parasitology.

“La disentería se transmite por las heces que contaminan el agua potable o los alimentos, y sospechamos que podría haber sido un gran problema en las primeras ciudades del antiguo Cercano Oriente debido al hacinamiento, el calor y las moscas, y la escasez de agua disponible en el verano”, describe Mitchell

Las muestras fecales de la investigación proceden del sedimento debajo de los inodoros encontrados en dos complejos de edificios excavados al sur de la Ciudad Vieja, que datan del siglo VII a. C. , cuando Jerusalén era la capital de Judá. Durante este tiempo, Judá era un estado vasallo bajo el control del Imperio Asirio, que en su apogeo se extendía desde el Levante hasta el Golfo Pérsico, incorporando gran parte de los actuales Irán e Irak. Jerusalén habría sido un centro político y religioso floreciente que se estima que tenía entre 8.000 y 25.000 residentes.

Ambos inodoros tenían asientos de piedra tallada de diseño casi idéntico: una superficie curva poco profunda para sentarse, con un gran orificio central para defecar y un orificio adyacente en la parte delantera para la micción masculina. “Los inodoros con pozos negros de esta época son relativamente raros y, por lo general, solo se fabricaban para la élite”, apunta Mitchell.

Uno era de una finca lujosamente decorada en Armon ha-Natziv, rodeada por un jardín ornamental. El sitio, excavado en 2019, probablemente data de la época del rey Manasés, un rey cliente de los asirios que gobernó durante cincuenta años a mediados del siglo VI.

El otro baño estaba en la conocida como la Casa de Ahiel, un edificio doméstico compuesto por siete habitaciones, que albergaba a una familia de clase alta alrededor del siglo VIII a. C.

Su destrucción está fechada con seguridad en el 586 a. C., cuando el gobernante babilónico Nabucodonosor II, según la Biblia, saqueó brutalmente Jerusalén por segunda vez después de que sus ciudadanos se negaran a pagar el tributo acordado, lo que puso fin al Reino de Judá.

El equipo investigó las heces descompuestas del período bíblico de dos mil quinientos años de antigüedad mediante la aplicación de una técnica biomolecular llamada “ELISA”, en la que los anticuerpos se unen a las proteínas producidas únicamente por especies particulares de organismos unicelulares.

Un trabajo anterior también ha demostrado que los usuarios de los antiguos baños de Judea estaban infectados por otros parásitos intestinales, como tricocéfalos, tenia y oxiuros.

La disentería fue descrita ya por algunos médicos de la Edad Antigua, como Hipócrates, que vivió entre los siglos IV y V antes de Cristo. Investigaciones anteriores han fechado rastros del parásito Entamoeba, que también causa disentería, en el Neolítico griego hace más de 4.000 años.

Los textos médicos antiguos de Mesopotamia durante el primer y segundo milenio a. C. describen la diarrea que afectaba a las poblaciones de lo que ahora es el Cercano y Medio Oriente. Un ejemplo dice: “Si una persona come pan y bebe cerveza y posteriormente tiene cólicos en el estómago, tiene calambres y flujo intestinal”.

La palabra cuneiforme que se usaba a menudo en estos textos para describir la diarrea era sà si-sá. Algunos textos también incluían encantamientos recomendados para recitar que aumentaba las posibilidades de recuperación.

San Pablo la cura, literalmente, en los Hechos de los Apóstoles: “Tenía fiebre y disentería, y estaba en cama. Pero Pablo fue a verlo y, luego de orar por él, le impuso las manos y lo sanó”.

 

Fuente: El Mundo
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