Jorge González Durán/CAMBIO 22

El martes pasado, es decir, el día 4 de este mayo de 2010, falleció en la ciudad de México el arquitecto Alvaro Mellado Alemán. Con Alvaro se fue una parte alegre de Cancún, de este Cancún que tiene muchos personajes de oropel pero tan pocos que de verdad valgan la pena. Porque los que valen la pena son los que hicieron o hacen algo por esta ciudad, los que ponen su talento y su tiempo al servicio de los demás, de los que aquí vivimos, de los que aquí hemos enraizado nuestro espíritu.

Alvaro Mellado hizo de la música la razón y el camino de su pródiga vida. Músico él mismo, abrazó con pasión el género afro antillano de la que fue uno de los mejores conocedores e investigadores a nivel nacional. Pocos como él sabían el origen de los grupos de este género musical, tanto de México como del Caribe y de América latina en general. Se sabía la genealogía de la música afroantillana porque se dedicó a investigar en archivos de muchos lados. Logró acumular una impresionante cantidad de discos de este género, que ojalá alguna institución cultural pueda conservar para el disfrute de la comunidad. Mucho dinero invirtió Álvaro en investigar y allegarse el material discográfico que nutrían sus amenos y muy escuchados programas.

En 1984, a sugerencia del periodista Oscar Díaz Peniche, el entonces recién electo alcalde de Cancún Joaquín González Castro, lo designó director de Radio Ayuntamiento. Hizo de esta radiodifusora un instrumento de divulgación cultural y la puso al servicio de la sociedad. Allí comenzó a divulgar la música afroantillana con programas que pronto se volvieron punto de referencia nacional. En 1991 fue designado director de Radio Caribe, desde donde también impulsó la vinculación de este medio con la comunidad. Alvaro sabía sumar voluntades. Sabía establecer comunicación con todos los sectores sociales. Era modesto, no presumía de nada. Y cuando la gente alababa su impresionante conocimiento de la música popular del Caribe y de Latinoamérica, a veces se sonrojaba.

Alvaro tenía una valiosa colección de miles de discos y casetes de la música afroantillana. No había un grupo, un autor o un intérprete ajeno a su conocimiento. Pero no sólo era un conocimiento académico, sino que también conocía anécdotas y hechos curiosos que hacían de sus programas realmente entretenidos.

Cuando se celebraron en Cancún los memorables Festivales Internacionales del Caribe, todos los periodistas nacionales e internacionales que acudían al encuentro de música y danza, acudían a Álvaro para documentar sus crónicas y sustentar sus notas. Amigo de músicos de casi todos los países, estaba al día en todo lo concerniente a la música afroantillana. A pesar de su larga enfermedad, nunca perdió su espíritu jocundo, nunca se deprimió. La música lo salvó de muchas crisis de salud. Su alegría era contagiosa. Antonio Callejo y este escribano regresábamos de Mérida, después del concierto de un Joaquín Sabina, cuando nos enteramos de la triste noticia.

El rey del guaguancó, el emperador de la rumba, el mero mero maromero de del son, el príncipe del danzón, el conde del cha cha chá; el guardián de una historia de ritmo y pasión. Sabía todo de Benny Moré, de Celia Cruz, de Tito Puente, de Arsenio Rodríguez, de la Sonora Mancera, de Buena Vista Social Club, de Ruben Blades, en fin, de todos los que valían la pena en el mundo mágico de la música afro antillana para abarcarla en toda su variedad y riqueza.

Su programa Mama Rumba todavía es recordado con nostalgia.

Pero una buena noticia: desde ayer hay música afro antillana en el cielo. Un abrazo a todos los amigos de Alvaro, a don Jesús Soberanis, a Adib Burad, a Ramón Patrón, a Toño Callejo, a Gloria Palma, a todos. Con Alvaro se fue una parte de nosotros mismos. Una parte alegre y vital de la historia de Cancún.

 

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Diario Cambio 22 - Península Libre