• Los narcotraficantes están redibujando el mapa de la cocaína en el siglo XXI: los cultivos se expanden al Norte hacia Centroamérica, mientras que los laboratorios para procesar droga han cruzado el Atlántico hacia Europa

 

  • Por Jonny Wrate (OCCRP), David Espino (El Universal), Jody García (Plaza Pública), Angélica Medinilla (Agencia Ocote), Enrique García (Ojoconmipisto), Víctor Méndez (Narcodiario), Arthur Debruyne, Brecht Castel (Knack), Juanita Vélez (CLIP-OCCRP)

 

Narcofile/CAMBIO 22

Primera Parte

En febrero del año pasado, la policía colombiana interceptó la llamada de un individuo sospechoso de traficar droga. Estaba organizando una venta al por mayor de cocaína a un comprador en México. El tipo alardeaba de que tenía una cantidad importante disponible; un producto que podía entregar en Denver, Miami y por todo el Caribe. Apenas una década antes, las drogas venían siempre de Colombia o de las regiones andinas de Perú o Bolivia. Pero los tiempos han cambiado. La coca de la que hablaba el sospechoso había sido cultivada en Guatemala, un país a 2.000 kilómetros al Noroeste de los grandes países productores y que tradicionalmente ha servido de punto de parada para los traficantes.

La coca “dio buen resultado”, le dijo el hombre a una persona que parecía ser su socio en el negocio, indica la transcripción de la llamada interceptada. El hombre aseguró que tenía “un centenar de cajas de zapatos blancos de alta gama” –código que se usa para hablar de kilos de cocaína- así como “cocineros” listos para empezar a trabajar en Guatemala y México. La conversación, identificada en la filtración masiva de correos de la Fiscalía General de la Nación de Colombia, es una prueba más de una tendencia, tan nueva como poco conocida, que está reestructurando el tráfico global de cocaína: la relocalización de la producción más allá de las zonas andinas tradicionales hacia Centroamérica.

Esta evolución ha sido impulsada por varios factores, especialmente por la fragmentación de los grupos que controlaban el tráfico. Tras el acuerdo de paz de 2016, el desarme de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) abrió la producción de cocaína tanto a grupos nuevos como a otros ya establecidos, que experimentaron con nuevas técnicas y cadenas de suministro. Las conversaciones interceptadas a este individuo en Bogotá, por ejemplo, fueron grabadas durante una investigación sobre un grupo disidente de las FARC.

Para una mejor comprensión de la tendencia, OCCRP y sus socios han analizado los documentos filtrados, que han corroborado con documentos judiciales, entrevistas con expertos y reportería sobre el terreno en cinco países.

Datos obtenidos del ministerio del Interior de Guatemala mediante una solicitud de información pública muestran que el cultivo de coca se ha disparado desde que en 2018 se informó sobre la primera plantación detectada en el país. Una expansión similar se está produciendo en países vecinos, como Honduras y México, según muestran datos de esos países, mientras que Belice detectó en diciembre de 2022 la primera plantación de coca en su territorio.

Los periodistas descubrieron que, lejos de salir perdedores con esta nueva tendencia, los criminales colombianos -que históricamente han controlado grandes porciones del tráfico- están exportando su experticia y haciéndose un nicho con los nuevos desarrollos en Centroamérica y más allá.

Esta investigación muestra cómo el procesamiento de la cocaína también está siendo relocalizado. En paralelo al aumento de la demanda en Europa, Asia y África, los laboratorios han empezado a dejar atrás Colombia y a cruzar el Atlántico. Decenas de nuevos laboratorios son localizados cada año en Europa Occidental. Uno de estos, descubierto en Países Bajos y dirigido por un traficante colombiano conocido como ‘el Rey de la heroína de Nueva Jersey’, podía producir hasta 200 kilos de cocaína al día.

La aparición de laboratorios en Europa y en otros lugares se ha visto facilitada por técnicas innovadoras de transporte, entre ellas métodos sofisticados para camuflar cocaína líquida en prendas textiles u otros materiales, lo que hace que esos envíos sean más difíciles de detectar. El tráfico de drogas ha vivido un “momento de innovación” en los últimos años, que va desde “cómo mejorar las redes, el uso de las herramientas y las redes sociales para comprar mayores cantidades”, explicó Leonardo Correa, coordinador del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI) de las Naciones Unidas a OCCRP.

Cuando se produjo el desarme de las FARC, grupos de disidentes mantuvieron sus intereses en el tráfico de drogas, señalan los expertos. Mientras tanto, otras bandas, como los albaneses o los serbios, han incrementado su presencia.

El resultado es que el tráfico de cocaína está ahora “mucho menos centralizado”, explicó Laurent Laniel, analista en el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías. “Más gente está implicada y eso genera más oportunidades de hacer contactos y más ideas sobre rutas y métodos de tráfico”, añadió Laniel.

De la mano de estos nuevos territorios de cultivo, la llegada de la planta de coca amenaza con más oleadas de violencia sobre comunidades que llevan décadas sufriendo a manos de los narcotraficantes o de las autoridades estatales.

La historia de la cocaína

Después de que los europeos comenzaron a extraer el alcaloide de las hojas de coca en el siglo XIX, la popularidad de la droga se disparó, apareciendo en productos comerciales como remedio para el dolor de garganta o la Coca-Cola.

Hace un siglo, los Países Bajos eran el mayor productor mundial de cocaína. Después de que Estados Unidos prohibiera esa droga en la primera mitad del siglo XX, la cocaína era traficada desde laboratorios legales en Europa a través de Colombia y Honduras.

El resto del mundo siguió a Estados Unidos en su veto a la cocaína. Pero la popularidad de la droga le abrió una oportunidad al crimen organizado para responder a la demanda y ganar millones. Desde la prohibición, la producción de cocaína se ha concentrado históricamente en tres países andinos –Colombia, Perú y Bolivia– donde la planta es considerada sagrada por algunas comunidades indígenas.

Perú fue durante un tiempo epicentro de la producción ilegal, hasta que las políticas antidrogas de Estados Unidos llevaron a los traficantes colombianos a recortar el riesgo cultivando la planta en su propio país. El aumento de incautaciones en el marco de la “Guerra contra las Drogas los empujó después a enviar la droga al Norte por tierra a través de México y Centroamérica.

Desde entonces, el tráfico ha animado a poderosos grupos criminales, que en ocasiones son cómplices de las autoridades.

En 2022, por ejemplo, el antiguo presidente de Honduras Juan Orlando Hernández fue extraditado a Estados Unidos, donde las autoridades lo acusan de proteger a un narcotraficante que tenía un laboratorio de cocaína en el país. Su juicio está programado para el próximo año.

Las nuevos confines de la cocaína

Ubicado entre densos bosques y plantaciones de café en la verde región mexicana de la Costa Grande de Guerrero, el pueblo de El Porvenir parece, a primera vista, abandonado. Con apenas una docena de casas, sus escasas calles están desiertas y su cancha de baloncesto languidecía al sol cuando los reporteros lo visitaron la primavera pasada.

Pero este apacible pueblo se asienta en uno de los numerosos nuevos territorios fijados por un narcotráfico en expansión.

Durante décadas, las comunidades locales han plantado cannabis y amapola en esa región, junto con otros cultivos como cocos o mangos. Pero tras el hundimiento de los precios del café en la década de los 90, los cultivos ilegales se convirtieron en una de las pocas opciones rentables. Hoy, con los precios del opio hundiéndose a causa de un cambio de consumo en Estados Unidos hacia el fentanilo, muchos ponen sus esperanzas en la coca. “Es una nueva economía: diversificación de los cultivos ilícitos”, dijo Arturo García Jiménez, un líder comunitario, al diario El Universal, medio aliado de OCCRP.

De las 171 plantaciones de hoja de coca destruidas en México entre 2020 y 2023, solo 13 no se encontraban en la región de Costa Grande, en el estado de Guerrero, según información de los militares mexicanos. La mayoría estaban localizadas en ‘ejidos’, áreas de propiedad comunitaria como El Porvenir.

Entre huertos de café y plátano, hallado un plantío de hoja de coca y narcolaboratorio, en Guerrero | Proceso

Los narcotraficantes en la región imponen la expresión latinoamericana “plata o plomo”. Es decir, o cooperas o mueres. Investigaciones académicas y periodísticas muestran cómo estos grupos suelen amenazar a miembros relevantes de esas comunidades, como médicos o profesores, antes de abandonar cuerpos mutilados en las cunetas, así como asesinar y secuestrar a los que no se someten o pagan su ‘impuesto’.

Para muchos residentes, es mucho más seguro trabajar a las órdenes de las bandas, explicó García. Al ser los únicos compradores de la producción, los grupos criminales pueden ordenar qué cultivos ilegales quieren y cuánto van a pagar por ellos. El líder comunitario explicó a OCCRP que, años atrás, un trío de colombianos llegó a la zona. Cree que trajeron las plantas de coca que ahora han proliferado, y que posteriormente compraban las hojas a los cultivadores. “Ellos son técnicos. No les importaba el rendimiento y la calidad”, explicó García a OCCRP. “Lo que quieren es producir y producir”.

El tráfico de cocaína sigue una senda de asesinatos y desplazamientos forzados conforme los distintos grupos compiten por el control territorial. En marzo, el comisario de Corrales, un ejido a 15 kilómetros al norte de El Porvenir, dijo al periódico mexicano Milenio que la población entera de una de sus comunidades había huido después de que un grupo criminal que no identificó secuestrara e hiciera desaparecer a tres personas. Milenio identificó Corrales como uno de los numerosos ejidos que han caído bajo el control de un grupo criminal conocido como La Familia Michoacana, conocida por sus ejecuciones y decapitaciones. Después de que los vecinos huyeran, el Ejército mexicano destruyó casi una hectárea de coca en el ejido, muestran datos obtenidos por OCCRP.

En El Porvenir, el Ejército irrumpió buscando coca en septiembre del año pasado. Un cultivador local de café recuerda cómo el pueblo “se llenó de soldados” y cómo los drones sobrevolaban sus cabezas durante las redadas. Cuando los militares se fueron, cuenta, los campesinos simplemente trasladaron las plantas montaña arriba. “El cultivo se va a quedar”, indicó García. “La destrucción que está haciendo el Ejército es simbólica en comparación con el territorio cultivado”.

Efecto “globo”

La relocalización realizada por los cultivadores de El Porvenir es un ejemplo a pequeña escala de lo que los expertos denominan el “efecto globo”. Si se presiona la producción de cocaína en un lugar, simplemente se va a mover hacia otra zona, como si fuera el aire en un globo. Si se aplasta a un grupo criminal, otro aparecerá para ocupar su lugar.

Dinámicas similares están en parte detrás del auge de la producción en Centroamérica. Para cuando se produjo el acuerdo de paz con las FARC, por ejemplo, el grupo rebelde controlaba el 40 por ciento del comercio global de cocaína, según una estimación del centro de pensamiento y medio de comunicación Insight Crime.

Pero en lugar de perjudicar la producción, la división del grupo rebelde creó lo que la agencia antidrogas de la ONU describió como un “mercado libre” más competitivo, diverso y compartimentado.

“Hay una especie de vacío en el mercado que no sólo afecta a Colombia”, dijo Correa, coordinador del SIMCI. “Los territorios, las rutas que tenían las FARC, eso sí se interrumpió… y dio lugar a que se piense que es posible hacer esto en otras partes”.

Los incentivos económicos también han ayudado a impulsar el cultivo hacia el norte. Correa dijo que un kilogramo de cocaína se vende en Colombia por 1.700 dólares mientras que podía alcanzar los 15.000 dólares cuando llega a Centroamérica. Al producir cocaína más cerca del punto de venta, los traficantes pueden beneficiarse de precios más altos y al mismo tiempo evitar gastos de transporte y otros costos, así como reducir los riesgos de que su producto sea incautado en tránsito.

Países que solían servir principalmente como puntos de tránsito ahora se están convirtiendo en productores, y el cultivo a menudo se concentra a lo largo de rutas de tráfico establecidas en áreas remotas u otros lugares donde la presencia del Estado es limitada.

En Honduras, tras el golpe militar del 2009, la producción de cocaína creció rápidamente en las regiones de Colón y Olancho, ambos puntos clave en la ruta tradicional de la droga hacia el norte. El análisis de OCCRP muestra que en Guatemala, sólo dos de las 217 plantaciones de coca encontradas entre 2018 y finales de 2022 no estaban en el noreste, una zona escasamente poblada, específicamente en la región de Izabal, conocida desde hace mucho tiempo como base de operaciones para los traficantes locales.

A veces, este cultivo se introduce de manera velada. Alan Ajiatas, fiscal especial de la Fiscalía de Delitos de Narcoactividad de Guatemala, dijo a Guatemala Leaks – socio de OCCRP – que su oficina está investigando casos en los que el cultivo fue introducido a los agricultores sin que les revelaran que era coca. “Les dijeron: ‘es un producto que les va a servir y les vamos a pagar por el resultado mucho’”, indicó Ajiatas. “Entonces la gente comenzó a sembrar desconociendo qué era.”

Estos nuevos cultivadores aún están muy lejos de los productores andinos. La agencia antidrogas de la ONU estima que el año pasado se plantaron 230.000 hectáreas de coca en Colombia, lo que equivaldría a más del dos por ciento de la superficie total de Guatemala. A finales del año pasado, las autoridades guatemaltecas sólo habían destruido unas 110 hectáreas de cultivo y las mexicanas unas 39. Pero la producción está en constante expansión. Los productores experimentan con los cultivos para ver dónde se afianzan, explican expertos y autoridades.

Algunas plantaciones han surgido en lugares como las selvas de Panamá o el montañoso estado mexicano de Chiapas, para luego desaparecer. Este año también se encontró coca por primera vez en rincones remotos del estado mexicano de Michoacán.

“Buscan lugares donde se pueda desarrollar mejor este cultivo”, dijo a El Universal Ludwig Reynoso, secretario general del Gobierno del Estado de Guerrero, que precisó que el producto local “todavía no tiene la calidad necesaria, como la coca que se siembra en Colombia”.

Y no es sólo el cultivo el que está cambiando, como lo demuestran acontecimientos recientes al otro lado del Atlántico.

Los cocineros trotamundos de Colombia

En julio de 2020, un grupo de colombianos llegó en un autobús con los vidrios oscuros a una escuela de equitación en el pueblo holandés de Nijeveen. Dentro de los establos les esperaban sus nuevos jefes, un grupo criminal de 10 individuos basados en los Países Bajos. Habían construido el laboratorio de cocaína más grande jamás visto por las autoridades, capaz de producir hasta 200 kilogramos de droga por día, según muestra el expediente de la Fiscalía y la posterior condena.

Por lo menos 13 colombianos, 11 de los cuales llegaron en avión para ese trabajo, pasarían los siguientes 10 días extrayendo, procesando y empaquetando una cantidad equivalente a una tonelada métrica de cocaína, indicó la Fiscalía. Al llegar, les dijeron que entregaran sus teléfonos y los encerraron, indican sus testimonios.

Los cocineros trabajaron para un compatriota colombiano, Alejandro Cleves Ossa, quien a su vez respondía a los líderes afincados en Holanda, indica la orden de captura.

Cleves, que a los 23 años ya había sido apodado el ‘Rey de la heroína de Nueva Jersey’, había sido extraditado de Colombia a Estados Unidos y encarcelado por tráfico de drogas en 2010. Le concedieron libertad anticipada en 2018. A los dos años, se había mudado a los Países Bajos para coordinar la producción de cocaína en representación de un capo en Colombia, revela un documento de la policía holandesa obtenido por Follow the Money, socio de OCCRP.

Las autoridades holandesas hicieron una redada en la escuela de equitación de Nijeveen en agosto de 2020. Cleves fue declarado culpable en marzo de 2022 y condenado a cuatro años de prisión. No respondió a un cuestionario sobre su pena y si iba a apelar.

El sumario del caso ofrece una visión inédita del funcionamiento de estos nuevos laboratorios, que desde hace una década empezaron a aparecer con mayor frecuencia fuera de Sudamérica, algunos de ellos en lugares tan remotos como Australia y Senegal. La policía holandesa ha desmantelado más de 60 laboratorios de este tipo desde 2018.

Mensajes encriptados, intercambiados en la ya desaparecida herramienta de comunicaciones EncroChat, hackeada por la policía y citados en la orden de arresto, muestran que la banda, basada en los Países Bajos, había recorrido una variedad de sitios antes de decidirse por la escuela de equitación.

“El lugar es perfecto”, le escribió un miembro del grupo a su suministrador de cocaína en Colombia.

“Ahora nos podemos volver locos”, respondió el hombre.

Mensajes posteriores sugieren que el proveedor colombiano envió más de 1,5 millones de euros a sus socios en los Países Bajos para invertir en el laboratorio, aunque el documento judicial no indica si finalmente la transferencia se realizó.

Para al menos uno de los miembros de la organización holandesa, este era su primer intento para entrar en el negocio de la cocaína tras llevar varios años operando un laboratorio de metanfetamina en los Países Bajos con unos mexicanos. La búsqueda de alternativas más rentables le hizo volverse “adicto” a la idea de procesar cocaína ya que ahí estaba “el dinero real”, indica su sentencia, que cita sus mensajes de EncroChat.

La organización holandesa que construyó el laboratorio de Nijeveen – uno de los tres que manejaban, según la orden de captura- añadió una capa de sofisticación tecnológica extra al proceso: incorporaron generadores industriales y calderas hechas a medida y, además, insonorizaron los establos y los equiparon con un sistema de purificación de aire para evitar que los olores químicos llamaran la atención.

Este artículo es parte de ‘NarcoFiles: el nuevo orden criminal’, una investigación periodística transnacional sobre el crimen organizado global, que explora cómo innova y cómo se extiende por el mundo.
El proyecto, liderado por OCCRP con el apoyo del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), se inició con una filtración de correos electrónicos de la Fiscalía General de La Nación de Colombia que fue compartida con medios de todo el mundo. Los periodistas examinaron y corroboraron el material junto a cientos de documentos, bases de datos y entrevistas.

Análisis de datos por Ignacia Velasco
Esta investigación contó con reportería de Yelle Tieleman (Follow the Money)

Continuará…

 

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