mayo 21, 2024 02:09

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Renán Castro Madera, Director General

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Redacción/ CAMBIO 22

Dentro del ciclo llamado Águila o rock, en la Cineteca Nacional, se presentó el primer concierto que Caifanes ofreció en el Auditorio Nacional, un documento registrado los días 1 y 2 de julio de 1989 bajo la lente de Emmanuel El Chivo Lubezki.  Lo que en su momento fue parte de una serie para Canal 11 que buscaba documentar el acontecer del rock mexicano a finales de los años 80, ahora luce como un fantástico archivo que revela un momentos clave en la evolución de la escena nacional.

Las primeras imágenes del documento nos muestra a los fans que se dieron cita en el Auditorio Nacional, un público identificado en imagen y en actitud con el cuarteto de la capital mexicana. “Los temas de depresión y tristeza que hay en sus canciones nos tocan como jóvenes”, comenta uno de los asistentes. Lubezki tiene el acierto de incluir la presencia de la policía en el evento, dándole voz a un oficial que justifica su presencia diciendo, “es importante que los jóvenes sepan que nuestra función es que todo se desarrolle con seguridad; lo hacemos por ellos, principalmente”.

Durante los 88 minutos que dura el concierto pervive la sensación de un México que estaba en el punto de partida hacia una apertura a la modernidad, un momento contrastado con las imágenes de un Auditorio Nacional todavía no remodelado, distante de tal como lo conocemos hoy; entonces  descuidado, como recordatorio de la situación rockera en el país. En este sentido, la frase de Saúl Hernandez suelta a la mitad del concierto es contundente: “vamos a aprovechar que se abrieron estos espacios, vamos a demostrarles que no somos animales y que nos podemos comportar”. Un llamado a mantener el orden por el miedo de que algo se saliera de control, dando pie a la represión.

El todavía cuarteto antes de la entrada de Marcovich, se siente amarradísimo con una compenetración que pone de manifiesto que el rock mexicano había alcanzado un nivel de profesionalismo importante, definiendo luego la década de los 90 que ya estaba a la vuelta de la esquina. Todavía hay rastros muy marcados de la influencia de The Cure en la imagen y sonido caifán (aunque recientemente Sabo Romo ha dicho que nunca le gustó la banda de Robert Smith y que los peinados de Caifanes tenían que ver más con Trucutu que con el grupo dark inglés). Sin embargo, lo anterior contrasta al momento de presentar “La célula que explota”. “Hay muchas cosas que deben desaparecer de este país, una de ellas es el malinchismo”, sentencia Saúl para instantes, para después soltar sus ecos rancheros.

El concierto transcurre con un repertorio que se nutre principalmente del álbum debut de Caifanes, pero que ya incluye temas de su segundo disco, conocido como El diablito, el cual aparecería un año más tarde. Por ahí andan canciones como “De noche todos los gatos son pardos” y la entrañable “Antes de que nos olviden”, con referencia a la herida todavía abierta de la matanza del 68. “Ojalá el rock mexicano no se comercialice como quieren los medios de comunicación”, exclama Hernández con la ingenuidad propia de contar con 25 años de edad, sin saber que tres décadas después los mismos Caifanes serían parte de una industria que, como “La célula que explota”, no hay quien la pare.

Por último, resulta extraño que con un legado tan importante como lo fue aquel primer disco, el cual hizo que la esencia dark conectara con un público muy amplio, no exista un relevo generacional en la escena oscura nacional, la cual sigue careciendo de canciones que conecten con el público, esas que a Caifanes le sobraban.+

 

Fuente: Marvin

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