• La reforma electoral de MORENA: Lo que comenzó como una promesa de austeridad democrática terminó revelando una estrategia defensiva: redibujar el mapa electoral para no perder el control del Poder en México

 

Alejandro Pérez / CAMBIO 22

La reforma electoral impulsada por Morena, anunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum en agosto de 2025, tuvo como objetivo inicial, “diagnosticar el sistema electoral vigente y proponer cambios orientados a fortalecer la democracia participativa, reducir costos y aumentar la equidad política”. Para ello se creó la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, presidida por Pablo Gómez Álvarez, con la participación de funcionarios federales, legisladores, especialistas y ciudadanía.

El proceso se desarrolló en varias etapas: un diagnóstico inicial del sistema electoral; una amplia consulta pública entre septiembre y diciembre de 2025 mediante 65 foros nacionales e internacionales; y la incorporación de propuestas de instituciones como el INE, OPLEs, gobernadores y partidos aliados durante enero de 2026. Las conclusiones fueron entregadas a la presidenta el 14 de enero de 2026.

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A enero de 2026, la comisión afinó la iniciativa, descartando propuestas que al parecer, comprometían la viabilidad financiera o la autonomía electoral, y priorizando consensos políticos para su avance legislativo. La propuesta se prevé enviar al Congreso el 1 de febrero de 2026.

La narrativa de la Reforma, tenía entre sus principales ejes: la reducción de diputaciones y senadurías plurinominales; un recorte del 20% al financiamiento público de los partidos; la posible reconfiguración de los OPLEs, el fortalecimiento de la fiscalización y una mayor promoción de mecanismos de participación ciudadana.

Por ser un mecanismo controlado desde el Estado, la iniciativa enfrentó permanentemente resistencias políticas y preocupaciones operativas rumbo a los procesos electorales de 2027.

El pasado día 20 de enero, se publicaron fotografías de la titular Rosa Icela Rodríguez Velázquez, con el dirigente nacional del PT, Alberto Anaya; y con la presidenta nacional del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), Karen Castrejón Trujillo en compañía del senador Manuel Velasco

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Se ratificaron alianzas, y los acuerdos para ello, son dignos de una reflexión.

La idea original: reducir plurinominales, eliminar los del Senado y recortar financiamiento, tenía una narrativa atractiva: castigar a la “partidocracia”. Pero esa narrativa se estrelló con la realidad. Sus aliados viven de la representación proporcional. Tocarla era dinamitar la coalición. Así que Morena hizo lo que mejor sabe hacer: cambiar el discurso sin cambiar el control.

La solución encontrada es más elegante y más peligrosa: no tocar las listas, sino el territorio. Conservar plurinominales y senadores, pero reducir de 300 a 200 los distritos de mayoría relativa. Es decir, redibujar el país.

La reciente modificación a la propuesta de reforma electoral, anunciada el día de ayer, no es un ajuste técnico ni un gesto de sensatez institucional. Es una confesión política: Morena ya no está pensando en cómo ampliar su representación, sino en cómo no perderla.

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El reconocimiento tácito del declive

Morena ha repetido hasta el cansancio que es mayoría. Lo ha dicho tantas veces que terminó creyéndolo e incluso hasta la oposición le ha comprado el cuento. El problema es que los datos, eso números ingratos, cuentan otra historia.

El acuerdo de fondo de la Reforma, es vital para Morena, digamos el el quid es que: no redistribuye distritos porque se sienta fuerte, sino porque asume que puede perderlos.

Las elecciones de 2021 y, con mayor claridad, las de 2024 dejaron señales difíciles de ignorar: pérdida de votación en zonas urbanas, retroceso en clases medias, menor participación en bastiones históricos y un abstencionismo creciente como forma de castigo silencioso.

El mito de la “mayoría moral” ya no alcanza para ocultar un dato incómodo: Morena gobierna alrededor del 40% de los municipios del país (de acuerdo con resultados municipales acumulados), no el 70%, no el 80%, no “casi todo México”, como su propaganda insiste. El resto del territorio está repartido entre oposición, coaliciones locales y una fragmentación política cada vez más visible.+

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Si alguien cree que esto es hegemonía, está equivocado o vive del mito morenista, porque en realidad, no es más que una minoría relativa con narrativa inflada.

Redistritar para controlar

Reducir de 30 a 200 diputados por mayoría, implica crear demarcaciones más grandes, más heterogéneas y menos representativas. Pero, sobre todo, implica algo clave: menos elecciones territoriales y más control central.

Un distrito grande:

• Diluye liderazgos locales incómodos,

• Dificulta la competencia de la oposición con estructura propia y,

• Favorece a quien tiene marca nacional, recursos y disciplina electoral.

A partir de las elecciones del 2024, Morena parece haber entendido que su fortaleza ya no está en la calle, sino en la maquinaria. Y la maquinaria funciona mejor cuando el mapa se diseña desde arriba.

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La redistribución territorial no busca representar mejor al ciudadano; busca administrar mejor el riesgo electoral.

Si Morena fuera una mayoría sólida, apostaría por más distritos, más competencia y mayor cercanía con el elector. Pero hace lo contrario: reduce el contacto directo y privilegia listas, acuerdos y negociaciones cupulares.

Es el comportamiento clásico de un poder que empieza a desconfiar del voto competitivo.

• No es austeridad.

• No es eficiencia.

• No es democratización.

Tácitamente es ingeniería política defensiva.

Lo verdaderamente revelador no es que Morena quiera redibujar distritos. Eso es apenas el síntoma. Lo inquietante es que ya no confía en su supuesta mayoría para ganar una elección intermedia sin muletas extraordinarias.

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Si el movimiento fuera realmente hegemónico, no necesitaría arrastrar a la figura presidencial a la contienda intermedia ni convertir la revocación de mandato en un mecanismo de movilización electoral encubierta. Pero lo hará. O, al menos, lo tiene contemplado.

Según sus propios números, la presidenta mantiene niveles de aprobación entre 65% y 70%. Una cifra tan alta que, paradójicamente, se vuelve peligrosa. Porque cuando un partido se cree demasiado sus encuestas, empieza a tomar decisiones no para representar a la sociedad, sino para administrarla.

La lógica es clara, y no falta quien la llama cínica: si el voto territorial es incierto, si los distritos ya no son seguros y si la elección intermedia amenaza con exhibir el desgaste real del movimiento, entonces se coloca a la figura presidencial como ancla emocional y electoral; simple y sencillamente para articular y sostener la maquinaria del Estado.

Por supuesto que en ello se advierte la dependencia, la preocupación, nada de fortaleza sino quizá, el miedo, ya que cuando un proyecto político confunde popularidad coyuntural con respaldo estructural, empieza a comportarse como los regímenes que tanto critica del pasado:

• Redibuja distritos.

• Reduce competencia directa.

• Centraliza decisiones.

• Y recurre a mecanismos plebiscitarios para blindar elecciones.

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Es también, simplemente parte del Manual conocido, no ya reforma ni innovación democrática, tampoco es estrategia moderna. Es la vieja escuela remasterizada que hoy se actualiza y armoniza a la filial de las dictaduras: cuando el apoyo se erosiona, no se corrige el rumbo, se rediseña el tablero; y si el tablero no siempre obedece, se le aprieta o rompe y se vuelve a dibujar.

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Tal como se plantean los acuerdos con sus aliados PT y PVEM, Morena irá en ese sentido: redibujar el mapa distrital. Es la mejor medicina para su malestar. Lo hace porque ya no confía plenamente en el voto competitivo.

Y esa es, irónicamente, la prueba más clara de que el mito de la mayoría empieza a resquebrajarse. Cuando el Poder necesita cambiar las reglas para ganar, es porque ya no está seguro de poder ganar con las que existen.

A ver que hace la adormecida oposición. Porque las encuestas reales, SI indican indicadores de un hartazgo ciudadano, que ya no cree en el Morenismo y que sabe, que el país se da cuenta de su juego.

 

 

 

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