Y, por supuesto, si se trata de políticos en el poder, la plaza alcanza para 600 mil sin despeinarse. Si es la oposición —tipo marea rosa—, entonces la aritmética se vuelve austera y apenas caben 95 mil. El Zócalo no es plaza pública: es acordeón estadístico. Se estira o se encoge según quién esté arriba del templete.
Total, el Zócalo se hace grandote o chiquito, a contentillo de quien cuenta. Y si ni el aforo pueden calcular sin doble rasero, ya podemos imaginar cómo andan las demás cuentas del país.




















