mayo 20, 2024 14:06

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Renán Castro Madera, Director General

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Redacción/CAMBIO 22

Las autoridades federales le llamaron a aquel operativo secreto “Piltzin”, que en náhuatl significa “niño querido”. Un nombre dulce para una misión amarga. En apenas ocho horas entre la noche del viernes 4 y la madrugada del sábado 5 de abril de 2003, los agentes debían rescatar —sin hacer un solo disparo— a un número indeterminado de niños atrapados en una red de turismo sexual y pornografía infantil anidada en Acapulco.

El margen de maniobra era estrecho y las posibilidades de fallar eran altas. La información clasificada había sido obtenida por la unidad cibernética de la Policía Federal Preventiva, que ubicaba siete puntos que los uniformados debían rodear simultáneamente para evitar una fuga de datos que permitiera el escape de algún pedófilo: un cibercafé, una playa, dos hoteles y tres casas en las colonias Centro y Garita, así como el fraccionamiento Costa Azul.

Los policías federales llegaron vestidos de civiles, camuflados entre turistas. Iniciaron las labores de vigilancia a las 20:00 en punto y les tomó media hora confirmar que la información era correcta: los objetivos estaban a la vista rodeados de menores de 13 años, quienes serían enviados a improvisados estudios de fotografías o fiestas sexuales en altamar.

“Piltzin” se desató como un tsunami sobre 17 mexicanos, estadounidenses y canadienses, integrantes de la red de prostitución infantil. El más joven tenía 22; el mayor, 70. Todos se movían bajo las instrucciones de Robert Decker y Timothy Julian, quienes tenían antecedentes penales en Estados Unidos por abuso sexual infantil. En minutos, rescataron a diez niños y los 17 criminales se rindieron sin oponer resistencia.

El modus operandi admitido por Robert Decker era el que ya sospechaban las autoridades: salía del Acapulco rico para entrar al Acapulco tradicional y ubicaba a las familias más empobrecidas, a quienes ofrecía llevar a sus hijos a campamentos donde tendrían comida y diversión garantizada, algo que sus padres no podrían darles. Incluso, Decker pagaba por llevarse a los menores haciéndose pasar por misionero de una iglesia extranjera.

Su confesión sólo es superada en impacto por las palabras del entonces director de Tráfico y Contrabando de la PFP, Hervé Hurtado: “hay gente tan pobre en Acapulco que lo único que tiene para sobrevivir son los cuerpos de sus hijos”.

Traigo al presente el operativo secreto “Piltzin” para que no se olvide que un Acapulco cuya reconstrucción se pospone para las zonas pobres es un paraíso para las redes de turismo sexual infantil que salivan con la desigualdad.

GRITO. Lo dice la ONU: en Nepal, tras el terremoto de 2015, creció la explotación sexual de niñas y mujeres; en Estados Unidos, luego del huracán “Katrina”, categoría 5, aumentaron los casos de hombres hindúes víctimas de explotación laboral. La trata de personas y los desastres naturales van de la mano.

 

Fuente: La Lista

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