Jorge Zepeda Patterson/ CAMBIO 22

La renuncia de Adán Augusto López como coordinador del Senado no ha generado lamento alguno, salvo de parte de incondicionales que le deben el puesto y de uno que otro despistado, como Gerardo Fernández Noroña, a quien últimamente nada parece salirle bien. Pero, curiosamente, el beneplácito generalizado que provoca la remoción de un cuadro político que resultaba

cada vez más impresentable, ha dado lugar a una serie de críticas a la presidenta Claudia Sheinbaum de parte de la comentocracia. Porque se había tardado o, sobre todo, porque “debía haberlo metido a la cárcel” o, al menos, retirarlo definitivamente de la escena pública, en lugar de mantenerlo en el Senado y asignarle trabajo territorial de cara a las elecciones intermedias de 2027.

Una parte de esta crítica procede de quienes aprovechan para llevar agua a su molino (dañar la imagen del gobierno de la 4T), sin importar lo que haga o diga la Presidenta. Los que exigen que ella responda a Donald Trump como lo hizo el primer ministro de Canadá, Mark Carney, son los mismos que la acusarían de irresponsabilidad o ingenuidad en caso de presentarse cualquier represalia de Washington. Diga sí o diga no sobre cualquier tema da lo mismo; no se trata de entender si hay o no razones, lo importante para ellos es convertirlo en munición. Lo de Adán Augusto es un caso más.

Pero hay otras críticas de buena fe, que lamentan la imposibilidad o la incapacidad del movimiento para deshacerse de este oscuro personaje de una vez por todas. Puede entenderse el cuestionamiento, pero deriva de una visión que ignora el contexto que condiciona las posibilidades de la Presidenta y, sobre todo, que no parece estar al tanto de la cuidadosa y hábil estrategia que ella está siguiendo para dotarse de mayores márgenes de maniobra.

Claudia Sheinbaum intenta gobernar en un contexto en el que la presencia de Donald Trump y la herencia de Andrés Manuel López Obrador podrían haberla ahogado. Y, no obstante, se las ha arreglado para ir incorporando botones y palancas en su tablero de mando y, poco

a poco, asumir el control del poder presidencial. Sin hacer olas ni

aspavientos, ha conseguido reducir los impactos del efecto Trump y ajustar, y en ocasiones modificar sustancialmente, el edificio obradorista sin que el arquitecto original ponga reparos.

Sobre lo primero, allí están los datos. Las exportaciones de México crecieron este año 5.6 por ciento para alcanzar un nuevo récord; 85 por ciento de ellas sin pagar arancel. Se supone que el nuevo orden tarifario de Trump provocaría una debacle, pero en la práctica México se hizo más competitivo con respecto al resto del mundo. Mal que bien es resultado, en gran parte, de una hábil estrategia de cabildeo del gobierno mexicano y una meritoria e inteligente actitud de Sheinbaum para relacionarse con el mercurial presidente.

Donald Trump amenaza con aranceles a países que vendan petróleo a Cuba,  aumentando la presión sobre México - ABC7 Los Angeles

El contexto que enfrenta Sheinbaum es el de quien intenta construir un segundo piso sobre columnas que tienen virtudes pero también defectos y restricciones, y están sometidas a los embates de un vecino que amenaza con tumbarlas. No hay país más dependiente de Estados Unidos en el mundo que México; una vulnerabilidad que se ha convertido en peligro abismal para millones de mexicanos. Es una dependencia que no inventó la 4T, sino los gobiernos que le antecedieron; una “precondición” del país que ella recibió. Ha sido un acierto que, tratándose de un gobierno nacionalista, Sheinbaum no haya optado por el patrioterismo de aplauso fácil y sí, en cambio, priorizado el interés de todos. Trump tiene una batería infinita de posibilidades para incordiar a México. Un simple ejemplo: sancionar a cruceros que toquen nuestras costas se traduciría en el colapso inmediato de la economía de Cozumel y sus habitantes y de buena parte de los puertos turísticos. Frontera, turismo, remesas, exportaciones, seguridad pública, flujo de capitales, transporte aéreo, suministro de gas, cereales, chips y tecnologías son frentes sobre los que Trump pudo habernos atormentado con consecuencias severas para tantos mexicanos. Hasta ahora la Presidenta ha conseguido sortear un peligro tras otro.

Ser la heredera de un movimiento fundado por un personaje con el carisma y la personalidad de López Obrador es el otro gran contexto bajo el cual Sheinbaum ha ido tejiendo una hábil estrategia para consolidar un liderazgo propio. Como un rompecabezas, habría que mirar el conjunto para darse cuenta de la prudencia y la habilidad para ir modificando el diseño de manera paulatina en favor de su segundo piso. En materia de seguridad pública, salud y en temas de energía arrancó de inmediato. Ha realizado ajustes significativos y progresivos sin provocar exabruptos. La reforma de la administración pública es una revolución silenciosa que modificará el rostro del Estado mexicano.

La parte política tomará tiempo, y la Presidenta ha optado por avanzar tramo por tramo, haciendo aquello que le es posible. Así ha sido con respecto a las reformas laborales, la no reelección o el nepotismo, los cambios judiciales y, ahora, la reforma electoral que se encuentra en proceso. Al igual que con Trump, no es lo que ella hubiera deseado, sino lo que la realidad permite. Afinaciones al obradorismo sin poner en riesgo el apoyo del obradorismo. Más aún, presentándose como la obradorista número uno ha logrado difuminar toda posibilidad de liderazgos alternativos dentro del movimiento y, más importante, convertirse en la única voz autorizada para definir qué es y adónde va la 4T.

En cuestión de semanas, Palacio Nacional ha conseguido remover dos posiciones de fuerza que obstaculizaban su liderazgo. La Fiscalía General de la República y la coordinación del Senado. Meses antes había completado el control del gabinete económico con el cambio de titular en Hacienda y en la Unidad de Inteligencia Financiera. En todos los casos, han sido movimientos pensados para provocar el menor rebote posible. Nada que provoque réplicas en otros ámbitos o modos que generen resentimientos peligrosos. Pasado un tiempo vendrán otros.

López Obrador diseñó un relevo en el que el liderazgo quedó dividido. Entregó el Poder Legislativo a los rivales de Sheinbaum (Adán Augusto, Ricardo Monreal, Fernández Noroña), Ebrard en el gabinete y la directiva de Morena a otras cabezas. Transcurridos apenas 16 de los 72 meses que gobernará, Sheinbaum ha logrado subordinar, o está en proceso de conseguirlo, estas instancias. Sea por mérito propio o demérito de los personajes (claramente es el caso de Adán Augusto, Noroña o Andy López Beltrán, erosionados por sus propios escándalos). Por su parte, Marcelo Ebrard (Economía), Rosa Icela Rodríguez (Gobernación) o Luisa María Alcalde (presidenta de Morena) que la leyenda urbana ha considerado posiciones del ex presidente, en realidad hoy operan inobjetablemente bajo el liderazgo de Sheinbaum.

El estilo de la Presidenta es ese. Avanzar centímetro a centímetro de manera sutil y efectiva, y con los menores costos posibles. Adán Augusto no está en la cárcel, en efecto, pero ya no está en donde a ella y al movimiento de la 4T estorbaba. Lo demás es ruido.

 

 

 

Fuente: Milenio

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KXL/RCM

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