Javier Opón / CAMBIO 22

El regaño público de la presidenta Claudia Sheinbaum a legisladores de su propio partido, instándolos a trabajar y a dejar de perseguir la foto protocolaria, trascendió la anécdota para convertirse en un espejo. En su visible hartazgo no se expresaba solo la frustración de una jefa de gobierno con su tropa indisciplinada; resonaba, con una claridad cristalina, el cansancio monumental de millones de mexicanos hacia una clase política que ha perfeccionado el arte de la simulación, la vanidad y el costo desproporcionado. El enojo presidencial es apenas un eco del sentimiento popular, sostener a este “ejército” de operadores, influencers y cortesanos políticos se ha vuelto una carga insoportable para las arcas públicas y, sobre todo, para la paciencia ciudadana.

La reprimenda de Sheinbaum apunta al síntoma más visible de una enfermedad sistémica, la transformación del servicio público en una carrera de vanidades y enriquecimiento. La política, antaño un canal —imperfecto, pero canal al fin— para la transformación social, ha mutado en un submundo donde el éxito se mide en seguidores, en fotos con el poderoso de turno y en la opulencia exhibida sin rubor.

Estos nuevos actores son especialistas en la mentira serial, prometen en campaña lo contrario a lo que ejercen en el poder, gestionan con negligencia y se comunican con un cinismo que supone a la ciudadanía en estado de amnesia perpetua. Han cambiado los principios por las ligas empresariales opacas y, en su expresión más aberrante, por los nexos con el crimen organizado que financian campañas y garantizan impunidad. Su aspiración máxima ya no es resolver un problema de agua o de seguridad; es aparecer en el cuadro junto a la presidenta, o más trágicamente, acumular la riqueza y el poder que los sitúen por encima de la ley y de la realidad que sufren sus supuestos representados.

Puede ser una imagen de una o varias personas

El hartazgo no es solo moral; es profundamente económico y material. El ciudadano tiene razón al señalar el “alto costo económico” de esta clase. Cada diputación, cada senaduría, cada puesto de confianza inflado y sobrepagado, representa recursos sustraídos de la salud, la educación y la infraestructura. Es un gigantesco esquema de transferencia de riqueza, de los bolsillos de los contribuyentes a las cuentas bancarias y los estilos de vida de lujo de una casta. De las urgentes necesidades de las mayorías a los caprichos y las campañas de publicidad de una minoría.

La ciudadanía no solo carga con el peso de los impuestos que los sostienen; carga con el costo de oportunidad de lo que ese dinero pudo haber sido, un hospital, una escuela digna, un programa efectivo contra la pobreza. Esta es la raíz de la indignación, se les paga un sueldo exorbitante por resultados risibles o nulos, mientras exhiben una opulencia que solo profundiza la brecha social.

La presidenta Sheinbaum tiene, sin duda, razón en su molestia. Su regaño es la admisión tácita de que una parte fundamental de su propio proyecto está siendo saboteada desde dentro por la mediocridad y la voracidad. Pero el gesto, siendo potente, es insuficiente. El hartazgo ciudadano, del cual el suyo es un pálido reflejo, exige algo más que reprimendas verbales. Exige una depuración real. Exige mecanismos de rendición de cuentas que trasciendan la lealtad partidaria y penalicen la ineficiencia y la corrupción. Exige una reforma profunda al costo de la política y a los privilegios de la clase gobernante. La ciudadanía está harta de ser la financiadora de un espectáculo que no le divierte y que le cuesta todo. La verdadera prueba para la presidenta no será si logra que dejen de perseguirla para la foto, sino si tiene la voluntad política de desmantelar el sistema que produce y reproduce a estos políticos, y de reemplazarlo por uno donde el servicio público sea exactamente eso, servicio, y no un botín.

El momento es de reflexión crítica, O la clase política en su conjunto —empezando por el partido en el poder— entiende que su legitimidad se agotó y emprende una auténtica transformación, o el hartazgo que hoy une a la presidenta con el ciudadano común podría mutar hacia formas de descontento mucho más contundentes y menos controlables. El reloj de la paciencia social ya ha marcado la hora.

 

 

 

Fuente: Facebook (Coyatoc News)

redaccion@diariocambio22.mx

GPC/RCM

WhatsApp Telegram
Telegram