marzo 4, 2024 10:15

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Renán Castro Madera, Director General

Renán Castro Madera, Director General

 

Redacción/CAMBIO 22

Esta mañana recibí una petición en mi teléfono. Una madre buscadora en Tamaulipas está compilando consejos para ofrecer a madres que apenas inician el doloroso camino de la búsqueda de un hijo desaparecido y quiere saber si yo, como periodista, tengo alguno. Mi primer impulso ha sido decir que no, que nada tengo que enseñar aunque soy sobrino político de José Villagomez de León, desaparecido en Ciudad Victoria en 2013. Pero ella insiste que algo puedo aportar, sin importar que no tengo hijos, y su tono dulce que me recuerda a la voz de mi madre. Acepto con una advertencia: ustedes saben de esto mejor que yo.

Si me preguntan, les diría que lloren. Sientan esa impotencia apretada en un lugar oscuro del alma y berreen. Pregúntense “¿por qué a mí?” y griten. Rompan todo. Laméntense hasta que las lágrimas las agoten y duerman. Necesitarán esa energía para después.

Vayan a una colectiva de madres buscadoras. Escuchen. Anoten. Aunque no quieran, guarden en su celular el número de la tanatóloga. Coman, aunque sea sin hambre; duerman, aunque no tengan sueño. Pídanle a alguien que haga la limpieza de sus casas y la comida del día. Hablen con las fotografías de sus hijas e hijos y díganles que harán hasta lo imposible por verles de vuelta en su cama. Lleven un diario de todo lo que hacen para leerlo cuando crean que no han hecho todo lo posible para cumplir esa promesa.

Cultiven algo para ver crecer a un ser vivo entre tanta muerte. Practiquen trabajar con la tierra. Tomen clases de respiración en YouTube. Tengan una agenda con tareas simples para los días ociosos y ansiosos. Escuchen a Nicholas Britell. Luego, toleren el silencio.

Compren un kit de búsqueda: varilla, palas, cubrebocas. Tres de cada uno, pidan en la ferretería. Entrénense para caminar mucho. Sepan clavar hondo la varilla en montículos que señalan una posible fosa clandestina y sean capaces de sacarla con fuerza sin perder el equilibrio. Conozcan el olor a muerto, a carne quemada, a músculo disuelto en ácido. Luego, esfuércense por ir a cenar con las otras madres y olvidar esa peste con una taza de café. Agenden estar juntas al día siguiente, en un cumpleaños, Día de las Madres y Año Nuevo. Memoricen los nombres y rostros de todos los desaparecidos, quienes ahora son los suyos.

Dominen las habilidades necesarias para volar un dron y así vigilar las zonas escalpadas o riesgosas a donde sus rodillas no las pueden llevar. Asesórense con un antropólogo forense de confianza. Lean lo que leen los médicos legistas. Tengan a la mano el número de una periodista aliada. Desconfíen de los ministerios públicos que resuelven todo. No se culpen. No se lastimen. Equivóquense. Cánsense. Acierten y festejen.

Contraten un seguro de vida y anoten a sus familiares como beneficiarios. Enférmense y recupérense por amor. Planchen las camisas de sus hijos desaparecidos de vez en cuando. Escuchen, cuando lo necesiten, los audios de WhatsApp olvidados en el viejo teléfono y resistan el olvido de la voz. No olviden cocinar para sus hijas desaparecidas en Navidad. En suma, no olviden. Encuentren sentido en el dolor. Encuentren. Encuentren. Encuentren.

GRITO. ¿Para cuándo una ley que obligue al Estado mexicano a hacerse cargo de la manutención de la niñez huérfana por la violencia armada?

 

Fuente: La Lista

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