La moneda de la impunidad es, desde luego, la justicia selectiva. A unos se premia, a otros se les aleja. A quienes se persigue es siempre a los prescindibles. El lema es claro: en la aplicación de la ley, por el bien de la unidad, primero los débiles. A quienes carecen de conexiones políticas, a quienes están fuera del circuito del padrino, puede aplicarse con toda severidad la ley. El caso del tren interoceánico es indignante. En la maraña de irresponsabilidades criminales, un conductor es elegido para cargar con la culpa de decenas de muertes. El castigo del personaje más débil es empleado para justificar el discurso de que la ley es igual para todos y que la presidenta se toma la justicia en serio. El crimen del tren pone en práctica la doctrina oficial de la impunidad.
Una de las consecuencias de tener una fiscalía dependiente es que cada decisión que venga de ese órgano ha de ser interpretada como una decisión presidencial. Al no haber ningún margen de autonomía, debe entenderse que la persecución del delito es, de manera directa, instrucción del ejecutivo. Cuando la fiscalía persigue a unos y protege a otros es la presidencia la que carga con la responsabilidad política de la acción y la omisión.



















