En esos defensores de oficio, la autocrítica es un concepto ajeno a su vocabulario y la realidad una piedra en el zapato de la voluntad sin conciencia de alternativas y, por lo mismo, ni por asomo consideran la necesidad de rectificar y muchos replantear la estrategia. Por eso, sin querer o adrede, en vez de ayudar a ampliar el margen de maniobra de la mandataria se empeñan en estrecharlo. En su cabeza, la jefa del Ejecutivo no pasa de ser la administradora de un legado y, por lo mismo, no tiene por qué moverle una coma a lo establecido y menos aún proceder en serio contra quienes, desde dentro, sabotean el venerado proyecto.
La presunta revolución que no rompió ni un solo vidrio, desgarró el entramado del tejido político que la sustenta.
Tan obcecados defensores del movimiento tal cual iba, tranquilizan a las y los gobernadores, legisladores, dirigentes, cuadros e, incluso, embajadores de Morena y sus aliados que atentan contra la democracia y el movimiento. Esos abogados pro bono son su salvavidas, su póliza de impunidad o pusilanimidad.
Así, la gobernadora Layda Sansores no ve por qué no perseguir y castigar como sea a quienes la cuestionan, critican o resisten, haciendo gala de arbitrariedad y autoritarismo rayano en lo dictatorial y rebajando la política a un vodevil, teniendo a ella por actriz principal. Así, el gobernador Rubén Rocha finge no advertir ningún peligro en asociar política y delito e, incluso, por momentos, pareciera tentado por la idea de dar registro como partido político a los cárteles criminales para ver si así se abate la violencia que sangra desde casi año y medio a Sinaloa. Y, como ellos, otras y otros gobernantes han hecho del pretendido proyecto transformador un fiasco, el pedestal de su negligencia o el monumento a su capricho.
Así, el senador, ganadero, empresario, notario y soldado de Morena, Adán Augusto López, puede jactarse –tras hablar con quien tenía que hablar– de ser suya la decisión de dejar la coordinación parlamentaria, de darle el beso del diablo a Andrea Chávez como candidata al gobierno de Chihuahua, de amenazar a los responsables del fuego amigo que inflamó los escándalos, las complicidades o los abusos protagonizados por él. Fanfarronea con eso y niega, fuero para qué te quiero, haber sido arrastrado por La Barredora. Sólo otro senador mareado por las mieles del poder, Gerardo Fernández Noroña, acusa dolor por lo sucedido a Adán Augusto.
No son pocos los cuadros de Morena y sus aliados que desprestigian al movimiento, sabotean el proyecto, degradan la política, vulneran electoralmente al su partido y debilitan a la jefa del Ejecutivo. Pese a ello, hay cuatroteístas que los defienden, solapándolos y negando su existencia.
El ejercicio del poder desgasta, pero el abuso de él lleva al deterioro, la falla y, luego, inexorablemente al reemplazo. A ese peligro se acerca Morena si no actúa contra los militantes “distinguidos” que sabotean la pretendida transformación y si no ensancha los márgenes de maniobra de la presidenta de la República, siendo que ha mandado la señal de desearlo y requerirlo.
Los puros de Morena que no ven mancha ni problema alguno en quienes ensucian y sabotean el proyecto, atentan contra la democracia y socavan o desafían la autoridad presidencial, terminarán como cómplices de aquellos. Ignorar el autosabotaje sólo agranda y agrava el problema en un momento particularmente difícil: cuando se encara una amenaza intervencionista y cuando la circunstancia reclama afinar la estrategia, acompasar el ritmo, generar confianza con garantías y fortalecer al gobierno.


















