abril 17, 2024 11:19

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Renán Castro Madera, Director General

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  • Para el filósofo y sociólogo Armando Bartra, Felipe Carrillo Puerto era un personaje interesante por tener “esa combinación de oposición-construcción; de impulsar las transformaciones desde abajo y desde arriba”. Sobre estas líneas, retrato del luchador social pintado por Ermilo Torre Gamboa. 

 

Redacción/CAMBIO 22

Ciudad de México. Felipe Carrillo Puerto (1874-1924) fue una figura revolucionaria en diversos ámbitos. No sólo emprendió en su natal Yucatán el reparto agrario más extenso e importante del país después del efectuado por los zapatistas en Morelos y una revolución agrícola que buscó la soberanía alimentaria de esa entidad, sino también promovió una revolución político-cultural que, en unos cuantos años, permitió al pueblo yucateco pasar de la esclavitud, la ignominia, la ofensa y la humillación a ser un pueblo digno y orgulloso de su historia y su tradición.

Fue, también, un decidido impulsor de la educación, la cultura y las artes en su estado, entre otros aspectos, al apoyar el desarrollo del cine y buscar introducir la radiodifusión, que estaba en sus comienzos en el país, al considerarla una palanca poderosísima de educación, no sólo política, y de cultura.

Es el filósofo y sociólogo Armando Bartra quien dimensiona en entrevista con La Jornada la trascendencia histórica y política del prócer yucateco, a propósito de que el gobierno federal declaró a éste como Año de Felipe Carrillo Puerto en conmemoración de su centenario luctuoso, cumplido el pasado 3 de enero.

El también antropólogo hace su análisis en su condición de especialista en los movimientos sociales en México y de la Revolución en el sureste del país, así como autor de la biografía novelada Suk’un Felipe: Felipe Carrillo Puerto y la revolución maya de Yucatán (Fondo de Cultura Económica, 2021).

Considera que si bien hay otros protagonistas fundamentales en la Revolución Mexicana comparables y superiores a ese político y luchador social, como Zapata, Villa y Flores Magón, lo que hace de aquél un personaje muy provocador y fascinante es que en su persona se combinan varios factores.

Por un lado, está en la oposición, en la lucha, en el movimiento desde abajo, las ligas de resistencia, la formación o radicalización de un partido que ya existía, el Partido Socialista del Sureste; por otro, es alguien que, a través de ese partido y de las ligas que eran su base organizada, participa políticamente en las instituciones y de manera importante en los debates. Mediante elecciones, es diputado local y federal, y gobernador del estado de Yucatán; de 1922 a 1924 puede hacer una labor constructiva desde el gobierno, explica.

Es esa combinación de oposición-construcción, de estar en la resistencia y en otro momento en el poder, de impulsar las transformaciones desde abajo y también desde arriba, lo que lo hace un personaje interesante, además de que su vida es una aventura.

Aunque sostiene que las gestas históricas son procesos colectivos, Armando Bartra destaca que la gran obra de Carrillo Puerto –junto con el Partido Socialista del Sureste y una base social muy amplia, que eran los miles de militantes de las ligas de resistencia– fue cambiar el panorama yucateco, el cual estaba dominado por las haciendas y una casta divina de 300 familias que se imponía sobre una masa de miles de yucatecos mayas esclavizados.

Refiere que no sólo hizo en aquella entidad el segundo reparto agrario en dimensiones e importancia del país en esa época, sino una revolución agraria, con el fin de buscar la soberanía alimentaria, ya que era un estado que dependía de la importación de productos, al extenderse desde finales del siglo XIX el monocultivo de henequén sobre tierras que habían sido milpas.

Según el investigador mexicano de origen catalán (Barcelona, 1941), no bastaba con entregar tierra a los mayas e impulsar el cultivo alimentario si ellos no recuperaban su dignidad, si no volvían a ser el pueblo digno, el pueblo alzado, el pueblo creativo que había sido en el pasado histórico, por lo que Carrillo Puerto emprendió una revolución político-cultural.

Ésta consistió en la reivindicación política y cultural del pueblo maya a través del ensalzamiento de su lengua, al promover su uso, su enseñanza y la edición de publicaciones; la recuperación del esplendor de su pasado, con el rescate e investigación de zonas arqueológicas como Chichén Itzá y Uxmal, y la creación de un museo de arqueología, así como con impulsar la educación, desde nivel primario hasta superior, con las escuelas racionalistas y la fundación de una universidad.

Son varios los paralelismos que Armando Bartra encuentra entre el ideario de Carrillo Puerto y el del gobierno federal actual, en términos de poner el tema de la cultura maya en el centro del interés no sólo nacional.

Hoy estamos descubriendo que el sureste es fundamental, no sólo por razones económicas, sino particularmente sociales y de justicia. El sureste había sido dejado al margen de inversión pública y del desarrollo de los diferentes servicios y derechos sociales: salud, educación, comunicación, vivienda… Era necesario atenderlo en ese entonces y sigue siéndolo ahora. En términos relativos, el sur y el sureste son las zonas más pobres del país, subraya.

Los trenes y carreteras que impulsaba Felipe Carrillo y el Tren Maya del actual gobierno se parecen mucho. El intento de desarrollar un turismo diferente en Yucatán, no el de spring breakers, no el turismo de sol y playa nada más, sino un turismo cultural interesado en el medio ambiente y en las comunidades mayas, es algo que estaba en la mira de Carrillo Puerto, y que si hubiera podido gobernar los cuatro años que le correspondían, seguramente lo hubiera impulsado con más fuerza.

Entonces, sí hay analogías entre aquélla y esta época. El sureste era y es una zona del país que pareciera que tenemos la tendencia a olvidar, incluso, historiográficamente. Por eso, un personaje como Carrillo Puerto es menos visible que uno como Francisco Villa, porque uno está en el norte, en la frontera con Estados Unidos, y el otro está en el extremo sur-sureste del país.

 

Fuente: La Jornada

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