Rolando Cordera Campos / CAMBIO 22

En medio de tanto alharaca, amenazas y arrebatos que se han apoderado de sentimientos y conjeturas de prácticamente todo el globo, la UNAM y su rector, el doctor Leonardo Lomelí, llaman y convocan a reformar nuestra universidad. Que es la de todos, porte uno o no la credencial, pero que es parte del espíritu de comprensión y pertenencia que nos permite referirnos a la UNAM como la “universidad de la nación”.

Al encabezar el pasado 23 de enero la ceremonia de celebración de los 80 años de la promulgación de la Ley Orgánica de la UNAM, el rector llamó a realizar, entre todos, una reforma que transforme y robuszteca nuestras estructuras académicas, institucionales y normativas con vistas a enfrentar, cada vez mejor equipados, los escenarios complejos y diversos que el mundo y sus alrededores han construido y reconstruido.

Perfil: Él es Leonardo Lomelí Vanegas, nuevo rector de la UNAM

El reto no es menor ni admite tratamientos rutinarios. Tengamos en cuenta, para empezar, que la institución, aparte de muy grande, se ha desplegado como una comunidad diversa y heterógenea. Por esto y más, las jornadas de reflexión y toma de decisiones tendrán que ser incluyentes, sustentadas en deliberaciones informadas e ilustradas, a más propositivas.

Desplegar unas extensas e intensas jornadas pedagógicas deben honrarnos y, desde luego, comprometernos con la sociedad como una comunidad universitaria y nacional. La universidad tiene que ser nacional por su implantación, pero también por su vocación educadora y productora del mejor y más oportuno conocimiento.

Habrá que recuperar tradiciones que viven con la idea misma de la universidad. Universitarios que defienden sus derechos porque respetan sus obligaciones y los asumen como parte del derecho público nacional. Entusiastas promotores de una sociedad más justa y equitativa. Más democrática y participativa. “En una época marcada por el vertiginoso avance de la inteligencia artificial y crecientes demandas sociales de igualdad, seguridad y participación –enfatizó nuestro rector–, nuestra universidad debe renovar sus marcos jurídicos, así como ampliar y afianzar su democracia interna”

Transformar para mejorar, no para destruir y dar lugar a simulaciones políticas y de poder: por ello habrá que estar atentos a la defensa y respeto de nuestra autonomía, base de nuestra pluralidad y compromiso con el conocimiento.

Conscientes de que nuestras tareas lejos están de quedar encerradas en circuitos de meras racionalidades egoístas o utilitarias, modos de hacer tan bien cultivados en tiempos líquidos, a decir de Zygmunt Bauman, sino que subrayan el carácter cooperativo y solidario de y entre las personas.

Pero, ¿qué es la modernidad líquida?

Transformar para deliberar y no excluir; una comunidad dialógica y no dogmática; plural y, por lo mismo, respetuosa de las ideas y sentimientos de los demás. Transformar para proteger, cuidar que siga siendo pública, laica y efectivamente nacional sin renunciar a su esencia cosmopolita. Se trata de una responsabilidad que obliga, a los universitarios y al conjunto de la sociedad, a perseguir la excelencia académica, pero también a ser críticos siempre con lo logrado. Evitar apoltronarnos en las inercias, abrir nuestros miradores.

Los universitarios tenemos una gran oportunidad para (de)mostrarnos que somos capaces de reflexionar sin concesiones ni regodeos; también que podemos ser autocríticos. Honremos nuestro privilegio; tengamos presente la conseja de aquel rector grande y digno, Javier Barros Sierra, quien decía: “La autonomía, más que un privilegio, entraña una responsabilidad para todos los miembros de la comunidad universitaria: la de cumplir con nuestros deberes y hacer honor a la institución, recordando que la autoridad y el orden en nuestra casa de estudios no se fundan en un poder coercitivo, sino en una fuerza moral e intelectual, que sólo depende de la conciencia y la capacidad de cada uno de nosotros”.

Entendida, asumida así, la autonomía es ejercicio permanente de crítica y reflexión, no es puerto de llegada, sino un concepto vivo que cotidianamente nos enfrenta a nuevos retos y tareas. Y que no admite autocomplacencias y mucho menos la rescritura prepotente de la historia.

 

 

 

Fuente: La Jornada

redaccionqroo@diariocambio22.mx

LRE/MA

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