Verónica Malo Guzmán

 

Redacción/ CAMBIO22

… O por Culiacán. O por Navolato. O por Irapuato. O por cualquier punto del mapa donde la estadística ya dejó de ser número para convertirse en tumba. Ahora fue Puebla. La versión oficial habla de “ajuste de cuentas” y de dos víctimas más como “daño colateral”. La frase se dice con una naturalidad burocrática escalofriante. Ajuste. Colateral. Como si habláramos de contabilidad y no de cadáveres.

Puedo conceder —solo para efectos del argumento— que el objetivo estaba vinculado al narco y debía dinero. ¿Y? ¿Desde cuándo eso equivale a sentencia de muerte ejecutada en vía pública? ¿Y desde cuándo el “daño colateral” se convirtió en cláusula de tranquilidad para el resto de la sociedad? “No era para ti”, pareciera decir el comunicado. Entonces duerme en paz.

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Que se lo digan a las madres buscadoras.

Que se lo digan a los padres de Ricardo Mizael, asesinado en Culiacán cuando salió a comprar un biberón para su gato.

Que se lo digan a los ingenieros y mineros ejecutados en Sinaloa, empleados de una minera canadiense, cuyo pecado fue trabajar.

Que se lo digan a los cinco hombres encontrados muertos en Navolato, padre e hijo incluidos, cuyo crimen era buscar empleo.

Y en Puebla, los jóvenes asesinados: egresados de la Ibero y de la UDLAP. “Niños bien”, se apresuraron a subrayar algunos, como si el prestigio universitario otorgara un grado distinto de indignación. Según las autoridades, solo uno tenía “negocios turbios”. ¿Y los otros dos? ¿Y aunque los tres los hubieran tenido? La muerte no es mecanismo correctivo ni herramienta pedagógica.

La violencia no distingue currículum. No revisa historial crediticio. No solicita constancia de antecedentes penales antes de disparar.

En México hemos normalizado una categoría perversa: el asesinado “con explicación”. Si debía, si andaba mal, si algo hizo. Siempre hay una narrativa tranquilizadora para no asumir el problema estructural: vivimos en un país donde la ejecución pública ya no escandaliza, se clasifica.

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El único caso que algunos celebraron sin rubor fue el de Sergio Carmona, conocido como el “rey del huachicol”. Pero incluso ahí la pregunta es la misma: ¿matar para redistribuir la plaza? ¿Eliminar a un delincuente para que otro ocupe su lugar el negocio? Eso no es justicia; es rotación de franquicia criminal.

México se volvió campo de tiro. Y las “dianas” somos todos. La bala no pregunta si eres estudiante ejemplar, ingeniero, padre de familia o si saliste a comprar alimento para tu mascota.

En paralelo, Salma Hayek celebra —con entusiasmo legítimo— los incentivos de la nueva Ley Federal de Cine. Filma en Quintana Roo y Veracruz. Promueve la industria. Aplaude que México tome control de su narrativa internacional. Dice que la imagen del país ha sido distorsionada en el extranjero. Y tiene razón… parcialmente. No todos somos narcos. No todos somos asesinos. No todo México es violencia.

Pero tampoco es un montaje hollywoodense lo que hay. La distorsión no nace en los relatos; nace en la realidad que los relatos intentan explicar.

El sexenio pasado cerró —cifra oficial— con 202 mil 336 homicidios dolosos. En el actual, en poco más de un año, ya se acumulan más de 35 mil. Más de 130 mil personas permanecen desaparecidas. Las cifras cambian de metodología, se ajustan, se “reclasifican”, pero los ausentes no regresan por decreto estadístico.

No es una campaña moral contra México. Es una radiografía. Y mientras celebramos estímulos fiscales al cine, también celebramos —con silencio— que cada ejecución tenga explicación administrativa. Que todo sea “ajuste”. Que todo sea “colateral”. Que el problema sea siempre de alguien más.

Aplausos para quien quiera contar historias luminosas de nuestro país. México es más que su tragedia. Pero la tragedia también es México. Negarla no la reduce; maquillarla no la resuelve; filmarla con la mejor intención no la desaparece.

Que se ruede cine. Que se promueva cultura. Que se proyecte talento.

Pero que nadie nos pida aplaudir la ficción mientras la realidad sigue disparando.

La bala no distingue, pero el discurso sí.

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Giro de la Perinola

En México también. Solo que aquí lo increíble no es una galaxia lejana, sino la capacidad institucional para normalizar lo inaceptable.

La perinola gira y todos ponen. Ponen muertos, ponen desaparecidos, ponen explicaciones prefabricadas. “Ajuste de cuentas”, dicen. Y con esa frase pareciera que el expediente queda archivado en la conciencia pública. Si debía, si andaba mal, si algo hizo. El lenguaje oficial ya no describe la violencia: la administra.

Lo verdaderamente inquietante no es el asesinato en sí —que ya es horror suficiente— sino la jerarquización moral que se hace después. Hay víctimas que indignan más que otras. Hay muertos que “explican” el problema y otros que lo complican. Si era estudiante de universidad privada, escándalo. Si era trabajador migrante, nota breve. Si estaba “involucrado”, casi que advertencia pedagógica.

La perinola gira otra vez y alguien “toma todo”: la narrativa. México quiere proyectar una imagen luminosa hacia el exterior. Cultura, cine, incentivos fiscales, nuevas historias que contar. Salma Hayek celebra que el país controle su relato. Y es legítimo. Ninguna nación debería dejar que otros la definan.

El problema es cuando el relato pretende sustituir a la realidad.

No se trata de negar el talento ni de sabotear el cine. Se trata de no convertir la promoción cultural en anestesia colectiva. Porque la imagen no está distorsionada por malicia extranjera, sino por estadísticas domésticas. Más de 200 mil homicidios en el sexenio pasado. Más de 35 mil en lo que va del actual. Más de 130 mil desaparecidos acumulados. No son percepciones; son datos.

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No todos somos criminales.

Pero todos estamos expuestos.

Y aquí entra el trascendido que empieza a escucharse, cada vez menos en voz baja: dentro del propio oficialismo hay preocupación por la brecha creciente entre discurso y experiencia cotidiana. Las encuestas pueden medir aprobación, pero no miden el sobresalto cuando suena una moto en la noche o cuando un hijo no contesta el teléfono.

La narrativa de “vamos mejorando” funciona mientras la violencia se percibe lejana. Cuando se vuelve cercana, territorial, cotidiana, el costo político ya no es ideológico sino emocional.

La gente puede tolerar polarización. Puede tolerar propaganda. Puede incluso tolerar incompetencia. Lo que no tolera indefinidamente es sentir que su vida depende de la suerte.

La perinola gira por última vez y, al final, todos pierden. Porque cuando el Estado clasifica asesinatos en categorías tranquilizadoras, el mensaje implícito es devastador: hay vidas que no merecen la misma indignación.

Y un país que acepta eso como rutina no necesita enemigos externos. Se erosiona solo.

 

 

redaccionqroo@diariocambio22.mx

MRM

 

 

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