“¡Bájenle!”, Dice Brugada (y que Corra el Rímel en el Senado)
5 Feb. 2026
Verónica Malo Guzmán / CAMBIO 22
Clara Brugada dijo que no dijo lo que dijo. Al más puro estilo Mario Marín —es mi voz, pero no es mi voz—, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México se desdijo: que ella no pidió un pacto de silencio, que solo quería dialogar. Que no era censura. Que no exageremos. Que nunca equiparó información con nota roja.
Achis, achis. Ni Cantinflas hubiera cantinfleado tan bien.
Porque lo que sí dijo —y ahí está grabado— fue esto: “Sería muy bueno un gran acuerdo con todos los medios de comunicación para que le bajáramos a la nota roja… entre todos debemos contribuir a mejorar la percepción”.
Traduzco sin eufemismos: cállense tantito. No ayuden a que se vea feo. No estorben a la narrativa gubernamental.
Se podrá desdecir después, pero la propuesta es inequívoca: maquillar la realidad y culpar a los medios por mostrarla. Llamar nota roja a la información sobre violencia no es una categoría periodística: es una descalificación política del hecho. Si incomoda al poder, deja de ser información y se convierte en morbo.
Y eso no es diálogo. Es pedagogía autoritaria.
Brugada no pide que se informe mejor; pide que se informe como a ella le conviene. No es un bozal burdo, de los de antes. Es algo más sofisticado —y más peligroso—: la redefinición oficial de la realidad. No es posverdad. Es maquillaje institucional.
Cuando la jefa de Gobierno dice que “sus cifras no coinciden”, no está discutiendo metodología ni fuentes. Está exigiendo fe.
La lógica es vieja, conocida y corrosiva: si mis números dicen que todo va bien, la realidad —la percepción de la gente, en este caso— está equivocada. El dato deja de ser instrumento de análisis y se vuelve cosmético.
Y en seguridad, más que en ningún otro tema, el maquillaje corre espeso. Se reconoce el alza en extorsiones, se disparan las desapariciones, pero el discurso insiste en que todo mejora. No es que la violencia baje: se difumina. No se combate: se edita. Igual a como se editan cifras y se pretende editar a la prensa.
Después de la pifia vino la negación. El machote de siempre: la cagué, sé que la presidenta me va a cagotear, así que niego. Y luego, la invitación al diálogo. Los mismos que desprecian la crítica ahora hablan de mayéutica. Sócrates se volvería a morir.
Pedir “diálogo entre medios y gobierno” mientras se acusa a los primeros de exagerar es como pedir mayéutica con el examen ya calificado. Aquí no se debate si los hechos son ciertos; se debate si merecen existir. Eso no es diálogo: es control narrativo.
No se prohíbe hablar, pero se culpabiliza al que habla. No se censura, pero se le avergüenza. No se manda callar, pero se le regaña desde el poder.
Se llenan la boca hablando de libertades, pero el subtexto es inequívoco: bájenle. Si mis datos no coinciden con los suyos, peor para ustedes. Yo diré que es nota roja y asunto resuelto.
Giro de la Perinola
Mientras se pide a los medios que no exageren la violencia porque “genera alarma”, en el Senado se inaugura un salón de belleza. Las prioridades están claras: el problema no es la inseguridad, es el frizz.
Da igual si al salón lo promovió Andrea Chávez o no, o si sí y luego se deslindó presumiendo que ella se peina en casa con su Dyson —magnífica publicidad, por cierto; quién sabe si cobra comisión por número de referidos—. El punto no es el nombre propio, sino el símbolo.
Sellaron la estética, pero el mensaje ya estaba dado: en la 4T todo se puede maquillar. Las cifras, el discurso, la realidad… y, si hace falta, a las senadoras.
Porque mientras afuera hay balas, adentro hay brochas.
Y al final, lo importante no es que el país esté seguro, ni que legislen bien, ni que dejen de ser una punta de legisladores incompetentes. Lo importante es que la foto salga DI-VI-NA.
GPC/RCM


















