La Jucopo No Quema Carreras; Las Blanquea
3 Feb. 2026
-
En opinión de Verónica Malo, decir “si Morena solicita” salir de la Jucopo no es respeto partidista: es renuncia a la representación popular para la que fueron electos
“La corrupción moral consiste menos en cometer faltas que en organizar su impunidad.” – Hannah Arendt, Responsabilidad y juicio
“El poder que no rinde cuentas se vuelve administración del olvido.” – Pierre Rosanvallon, La contrademocracia
Ricardo Monreal no anunció una renuncia. Anunció que podría renunciar. Que tiene la carta lista. Que está sobre la mesa. Pero que nadie se la ha pedido. El teatro es impecable: foco, micrófonos, gesto solemne… y ningún acto.
La simulación funciona así: “si Morena me lo solicita, me voy”. No es humildad. Es blindaje anticipado. No es desprendimiento. Es póliza de impunidad.
La explicación no pedida suele ser acusación manifiesta. Aquí es algo más sofisticado: coartada preventiva.

Monreal incluso se permitió una frase reveladora: que cuando alguien deja de ser útil, debe irse. Si eso fuera cierto, él ya habría salido hace tiempo. Pero en Morena no se va quien deja de ser útil; se va quien ya dejó todo cubierto. La renuncia no castiga: limpia.
Porque conviene decirlo sin rodeos: en la 4T la renuncia no es rendición de cuentas, es salida de emergencia.
Si Monreal quiere irse, que se vaya. Nadie lo retiene. Pero que no se vaya sin pagar.
Que explique el uso de los recursos de la coordinación parlamentaria. Que rinda cuentas del dinero, de las negociaciones, de los acuerdos. Que asuma los costos de las reformas que ayudó a empujar. Que responda por los efectos institucionales de las leyes que procesó.
Lo mismo aplica —y con mayor contundencia— para Adán Augusto López Hernández. Él dejó la Jucopo del Senado porque, dijo, fue una decisión personal. Fórmula perfecta: irse sin irse, desaparecer del foco sin abandonar el poder. Sin auditorías, sin explicaciones, sin saldo.
¿En qué se usaron los recursos bajo su coordinación? ¿Quién revisa a quienes se “retiran fortaleciendo al partido”? ¿Quién audita a los operadores cuando ya no estorban?
En Morena, nadie renuncia para responder.
Ignacio Ovalle dejó Segalmex tras el mayor desfalco del sexenio y reapareció en otro cargo. Francisco Garduño salió del INM tras la muerte de migrantes quemados y su saldo fue una “disculpa sincera”. Félix Salgado Macedonio sorteó acusaciones graves, heredó candidatura y regresó con fuero intacto.
En todos los casos, el patrón es idéntico: irse para desaparecer, no para aclarar.
Y por eso la Jucopo se volvió el corazón del problema. No es un órgano legislativo: es una lavadora política. Ahí se procesan reformas exprés, negociaciones opacas, disciplina interna y uso discrecional de recursos. Quien pasa por la Jucopo no deja cuentas: sale purificado.
Monreal presume que su generación se retira para dar paso a los jóvenes. El relevo generacional como consigna hueca. Los jóvenes llegan sin autonomía; los viejos se van sin sanción. En Morena nadie se jubila: se reubica.

Pero lo más grave no es la simulación personal, sino la confesión institucional. Decir “si Morena lo solicita” no es respeto partidista: es renuncia a la representación popular para la que fueron electos. No responde al Congreso. No responde a los votantes. Responde al partido. Y el partido responde a uno solo. A Andrés Manuel.
En cualquier democracia funcional, dejar un cargo abre preguntas.
En la 4T, las clausura.
En Morena ya perfeccionaron el método: ocupar, negociar, gastar, disciplinar… y luego irse “por voluntad propia”. La renuncia como detergente. La Jucopo como lavandería.
Aquí no hay castigo ni retiro digno. Hay administración del olvido.
Un régimen que no gobierna corrigiendo errores, sino borrando huellas.
Por eso sí: que se vayan. Pero que no se evaporen. Que no se blanqueen. Porque cuando todos se van sin pagar, el que siempre paga es el país.
Giro de la Perinola
¿Y si estas renuncias preventivas no fueran solo coartadas individuales, sino un ensayo de distanciamiento de la presidenta Sheinbaum?
En el régimen empieza a notarse algo más fino que la ruptura: el feo. El cálculo frío de no cargar costos ajenos. La tentación de bajarse del barco antes de que el timón cambie de manos.
Si el poder se reordena, no sería extraño ver un efecto dominó: salidas “voluntarias”, renuncias en cadena, operadores buscando marcar autonomía… no por convicción democrática, sino por supervivencia política.
Cuando el respaldo ya no es incondicional, la lealtad se vuelve táctica. Y en política, nada delata más debilidad que empezar a irse antes de que te echen.
Fuente: Sdp Noticias
GPC/RCM


















