Redacción / CAMBIO 22

En una entrevista que pocos conocen grabada en diciembre de 2023 en su rancho de Zacatecas, Pepe Aguilar rompió uno de los silencios más largos de la dinastía Aguilar. Con la voz entrecortada y las manos temblorosas, el cantante reveló algo que cambiaría para siempre la forma en que México ve a su padre.

Antonio Aguilar no era solo el charro cantor que todos admiraban. Durante los años más oscuros del narcotráfico en México, entre 1975 y 1985, Antonio Aguilar mantuvo una relación cercana y peligrosa con uno de los fundadores del cártel de Guadalajara, Ernesto Fonseca Carrillo, conocido en el mundo del crimen como Don Neto. No fue casualidad, no fueron solo presentaciones pagadas, fue algo mucho más profundo, más complejo, más humano.

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Fue una amistad nacida en las cantinas de Jalisco, forjada en el respeto mutuo entre dos hombres que vinieron de la nada y sellada con secretos que permanecieron enterrados durante casi 50 años hasta ahora. ¿Qué secretos compartieron Antonio Aguilar y don Neto que ni siquiera Flor Silvestre conoció completamente? ¿Cómo pudo el máximo icono de la música ranchera mexicana mantener esta conexión sin que destruya su legado? Para entender esta historia debemos regresar a 1933.

Ese año nacieron dos niños en rincones opuestos de México, destinados a convertirse en leyendas por razones completamente diferentes. En Villanueva, Zacatecas, el 17 de mayo de 1933, nació José Pascual Antonio Aguilar Barraza, quien el mundo conocería como Antonio Aguilar. Apenas tres meses después, el 1 de agosto de 1933, en Santiago de los Caballeros, Badirahuato, Sinaloa, el mismo pueblo que décadas después sería cuna de los narcotraficantes más poderosos del mundo, nació Ernesto Fonseca Carrillo.

Ambos crecieron en la pobreza extrema del México postrevolucionario. Antonio, el hijo de campesinos que soñaba con ser charro mientras trabajaba en el campo desde los 5 años. Ernesto, un niño de la sierra sinaloense donde las oportunidades legales eran prácticamente inexistentes y el cultivo de amapola ya comenzaba a florecer como única salida económica.

Pero pocos saben que ambos compartieron algo más que la pobreza. Compartieron el mismo sueño inicial. Ernesto Fonseca no siempre quiso ser narcotraficante. En su juventud, antes de que el destino lo llevara por caminos oscuros, Fonseca Carrillo intentó ser cantante. Entre 1950 y 1955, el joven Ernesto frecuentaba las cantinas de Culiacán y Guadalajara tocando guitarra y cantando corridos en palen y fiestas privadas. No era malo.

Tenía voz, tenía presencia, pero no tenía las conexiones ni el talento excepcional que se necesitaba para triunfar. Antonio Aguilar, por otro lado, había llegado a la Ciudad de México en 1950 con apenas 17 años, decidido a conquistar el mundo del espectáculo. Trabajó como extra en películas, cantó en carpas, se presentó en cualquier lugar que le abriera las puertas.

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En 1954, su perseverancia comenzó a dar frutos. firmó su primer contrato discográfico y debutó en el cine con la película Yo soy gallo donde quiera. Para 1960, Antonio Aguilar ya era una estrella consolidada. Ernesto Fonseca había abandonado definitivamente el sueño musical y había comenzado a trabajar en la naciente industria del narcotráfico, primero como agricultor de Amapola, luego como intermediario, eventualmente como uno de los operadores más importantes de lo que se convertiría en el cártel de Guadalajara. Lo que nadie supo durante

décadas es que estos dos hombres nunca perdieron contacto. Según reveló Pepe Aguilar en aquella entrevista de 2023, su padre le contó que conoció a Ernesto Fonseca en 1958 durante una presentación en un palenque de Guadalajara. Fonseca, quien para entonces ya estaba involucrado en negocios turbios, pero aún no era el capo temido que sería después, se acercó a Antonio tras el show.

Le dijo algo que Antonio jamás olvidó. Tú lograste el sueño que yo nunca pude. Te respeto por eso. Esa noche bebieron tequila hasta el amanecer. Hablaron de sus pueblos, de la pobreza, de lo que significa tratar de salir adelante en un país que te da la espalda. Antonio vio en Ernesto a un hombre que pudo haber sido él si las circunstancias hubieran sido diferentes.

Ernesto vio en Antonio al hombre que pudo haber sido si hubiera tenido las oportunidades correctas. Nacía así una amistad imposible que duraría más de 25 años. Flor Silvestre entró en la vida de Antonio Aguilar en 1959. Guillermina Jiménez Chabolla, nacida el 16 de agosto de 1930 en Salamanca, Guanajuato.

Ya era una estrella establecida cuando conoció a Antonio durante la filmación de El jinete solitario. La química fue instantánea, pero el romance fue complicado. Flor estaba casada con el cantante Andrés Nieto con quien ya tenía un hijo. El escándalo fue mayúsculo cuando Flor dejó a su esposo por Antonio en 1960. Se casaron el 28 de junio de 1963 y juntos construyeron la dinastía másimportante de la música ranchera mexicana.

Pepe nació el 7 de octubre de 1968, seguido por Antonio Junior, Leonardo y Anelis. Pero había algo que Antonio nunca le contó completamente a Flor. Su amistad continuada con Ernesto Fonseca. Para mediados de los años 70, Ernesto Fonseca Carrillo ya era uno de los narcos poderosos de México. Junto a Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero habían fundado el cártel de Guadalajara, la primera gran organización de narcotráfico mexicano.

Controlaban rutas, territorios, políticos, policías. Movían toneladas de marihuana y cocaína hacia Estados Unidos. Eran intocables. Y Don Neto nunca olvidó a su amigo Antonio Aguilar. Según las revelaciones de Pepe, entre 1975 y 1985, Antonio Aguilar realizó presentaciones privadas exclusivas para Ernesto Fonseca y otros miembros del cártel de Guadalajara.

Los Vínculos de Antonio Aguilar con el Jefe Narco Don Neto - Diario Cambio  22 - Península Libre

No eran presentaciones públicas, no aparecían en ninguna agenda oficial, eran shows privados en ranchos escondidos, en fiestas clandestinas, en celebraciones donde el tequila corría junto con las historias de cargamentos exitosos y políticos comprados. Antonio cobraba por estas presentaciones sumas importantes.

Pepe reveló que su padre justificaba estos ingresos como presentaciones privadas sin dar detalles a Flor. El dinero ayudó a consolidar el patrimonio de los Aguilar, a comprar propiedades, a financiar producciones cinematográficas. Pero no era solo el dinero. Antonio Aguilar genuinamente apreciaba a Ernesto Fonseca.

Lo veía como alguien que en circunstancias diferentes podría haber sido un hombre de bien. Don Neto, por su parte, veneraba a Antonio. Lo trataba con un respeto casi reverencial, como si mantener esa amistad fuera de su última conexión con el sueño legítimo que abandonó décadas atrás. Los años entre 1975 y 1982 fueron simultáneamente los más gloriosos y los más peligrosos en la vida de Antonio Aguilar.

Públicamente estaba en la cima absoluta de su carrera. Sus películas llenaban cines en todo México y Estados Unidos. Sus discos vendían millones de copias. Sus presentaciones en el Auditorio Nacional, en el Madison Square Garden en la Plaza México, fueron eventos históricos, pero detrás del escenario, Antonio caminaba en una cuerda floja entre dos mundos.

En 1977, Ernesto Fonseca Carrillo invitó a Antonio a una celebración especial en un rancho cerca de Guadalajara. Era el cumpleaños 44 de Don Neto y quería celebrarlo por todo lo alto. Antonio aceptó, pero con una condición que Pepe reveló. Mi padre le dijo, “Ernesto, yo voy a cantar para ti porque eres mi amigo, pero no me pidas que conozca detalles de tu negocio.

No quiero saber nada. Yo canto, cobro y me voy. Don Neto aceptó. Respetó esa línea durante todos los años de su amistad. Nunca involucró a Antonio en operaciones criminales. Nunca le pidió favores relacionados con su negocio. Simplemente quería la compañía de su amigo, escucharlo cantar, compartir tequila y recordar los viejos tiempos cuando ambos eran jóvenes soñadores sin nada en los bolsillos.

Esa noche de 1977 sucedió algo extraordinario. Después de cantar durante 2 horas, Antonio se sentó con Ernesto y otros capos del cártel de Guadalajara, incluidos Rafael Caro Quintero y Miguel Ángel Félix Gallardo. Bebieron, contaron historias, rieron. Antonio cantó corridos que hablaban de valentía, honor, lealtad, valores que estos hombres creían encarnar a su manera retorcida.

 

 

 

Fuente:  Fuente Últimas Noticias de México

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