El Territorio Que se Dejó Ir
15 Ene. 2026
Juanjo Sánchez / CAMBIO22
Nada de esto empezó con una frase.
Las frases siempre llegan después, cuando el movimiento ya ocurrió y alguien siente la necesidad de marcar que estuvo ahí, que lo vio, que no fue ajeno. “Tulum debe ser para los tulumnenses” no inicia una defensa; deja constancia de una incomodidad tardía, de una frontera que ya fue cruzada sin resistencia. Y como ya sabes que #MiPechoNoEsBodega en estas líneas #TeLoCuento
En política, un mensaje no abre procesos: los cierra.
Cuando aparece, el acuerdo ya camina.
No ordena, no corrige, no detiene.
Apenas intenta fijar una posición cuando el terreno dejó de estar disponible.
Enrique Vázquez Navarro no se adelantó por impulso ni por entusiasmo personal.
Se adelantó porque puede y porque pudo.
Porque el espacio estaba libre.
Porque nadie lo cerró cuando todavía era posible hacerlo.
Avanzar sin resistencia no es audacia: es permiso.
Y el permiso no se improvisa, se concede.
Ese permiso tiene nombre y tiene poder. Diego Castañón Trejo lo sabe.
Su silencio no es neutralidad institucional; es forma de ordenar el tablero sin exponerse.
Mientras no haya límites, el escenario se acomoda solo.
Las estructuras empiezan a operar, los respaldos se activan, la presencia se vuelve rutina.
Lo excepcional deja de incomodar cuando se vuelve cotidiano.
Se habla de tiempos, pero los tiempos ya fueron tomados.
Se habla de trabajo, pero el trabajo ya tiene dirección.
Se habla de legalidad, pero solo cuando estorba.
La residencia no se discute porque discutirla implicaría admitir que algo no cuadra desde el origen.
Admitirlo obligaría a decidir.
Decidir implica afrontar el costo.
Y el costo es justo lo que se quiso evitar.
Aquí aparece Silvia Dzul. No para detener el avance, sino para medirlo.
No para romper, solo para dejar huella.
Su voz no corta el proceso; lo registra.
Llega cuando el terreno ya fue ocupado y cuando defenderlo de verdad tendría consecuencias internas, políticas y familiares. Defender el territorio a tiempo implicaba confrontar acuerdos.
No hacerlo implicó cederlo sin ruido.
No es ingenuidad. Es cálculo.
Y el cálculo siempre llega tarde al conflicto real.
El origen no importa. Importa la función.
Un perfil sin arraigo propio es más manejable.
Llega condicionado, no respaldado por una base local sólida.
Eso explica la prisa, pero también la tolerancia.
Cuando el acuerdo es previo, la ley se vuelve una molestia administrativa.
No se niega: se pospone.
Se le gana tiempo.
Se le deja para después.
Después nunca llega.
Lo que llega es la normalización.
Y con ella, la consecuencia política: un municipio que ya no decide, solo recibe.
Un gobierno que no se construye desde el territorio, sino desde el pacto.
La autoridad nace debilitada, pero útil.
Útil para quien necesita continuidad sin sobresaltos, obediencia sin arraigo, administración sin resistencia.
Silvia lo sabe. Por eso no acusa. Por eso no señala con nombre y apellido. Por eso elige una frase que suena firme y no cambia nada. Hablar sin empujar es una forma elegante de aceptar que el movimiento ya no se puede revertir sin pagar un precio alto.
Diego calla porque el resultado le sirve. Enrique avanza porque nadie le cerró la puerta cuando debía. Y mientras eso ocurre, la legalidad se va quedando al fondo, convertida en trámite pendiente, en documento que se resolverá “en su momento”, en requisito incómodo que no conviene traer al centro de la mesa.
Lo social no reacciona de inmediato. No hay estallido ni protesta organizada.
Hay algo más incómodo: retirada.
La gente empieza a percibir que el juego no se juega ahí, que las decisiones ya fueron tomadas y que el territorio se reparte antes de que alguien pregunte.
No hay confrontación porque no hay a quién confrontar.
Eso no produce marchas. Produce desgaste silencioso. Una distancia que no se anuncia, pero se instala.
La política deja de ser un espacio de disputa y se vuelve un trámite ajeno.
El poder sigue, pero ya no convoca.
Ese desgaste no hace ruido.
No ocupa titulares.
No se mide de inmediato.
Se acumula.
Se vuelve hábito.
Y cuando finalmente aparece, ya no distingue responsables ni contextos.
Castiga a todos por igual, incluso a quienes creyeron que administrar el proceso era suficiente para controlarlo.
Tulum no se perdió en una decisión puntual.
Se fue soltando.
Entre silencios útiles, frases tardías y adelantados que no lo fueron tanto.
Ese es el verdadero desorden.
Y también… el verdadero orden.
redaccionqroo@diariocambio22.mx
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