Redacción / CAMBIO 22

Cancún, 14 de enero.- En una ciudad como Cancún, donde el “cobro de piso” y las extorsiones son una realidad asfixiante que ha bajado las cortinas de decenas de negocios de forma legítima y dolorosa, el uso de narrativas ambiguas para generar atención publicitaria abre un debate ético necesario. El caso más reciente es el de la cadena de restaurantes “La Palapita”, cuyo propietario utilizó una estrategia de comunicación que jugó peligrosamente con la percepción de la violencia para anunciar un simple cambio de ubicación.

Todo comenzó con un video cargado de nostalgia y frases que, en el contexto actual de Quintana Roo, fueron interpretadas de inmediato como un adiós forzado.

En el material se escuchaba decir que “todo llega a su fin” y se mencionaba que “intentaron doblarnos pero resurgimos como el ave fénix”.

Estas palabras, sumadas a la mención de momentos duros, con imágenes de los ataques incendiarios sufridos en el lugar, provocaron que diversos medios de comunicación y la opinión pública lo tomaran como un ejemplo más de un empresario doblegado por la presión del crimen organizado.

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Sin embargo, tras 48 horas de especulaciones y una ola de reacciones que ponían al restaurante como víctima del llamado “derecho de piso”, el mismo empresario publicó un segundo video con un tono radicalmente distinto.

En esta nueva entrega, aclaraba que el establecimiento no se acaba, sino que se transforma en un espacio más grande y completo, cuestionando incluso a la audiencia con la frase: “¿De verdad pensaste que íbamos a cerrar así nada más?”.

La ambigüedad del primer mensaje, el cual por cierto fue borrado tras la viralización de las notas periodísticas que daban por hecho un cierre por inseguridad, plantea una interrogante sobre los límites de la publicidad.

Si bien es cierto que en el video original no se mencionó explícitamente la palabra extorsión, el uso de un lenguaje que evoca resistencia ante la adversidad en una zona golpeada por la violencia resulta, por decir lo menos, insensible ante el flagelo que viven otros comerciantes.

Usar el sentimiento de derrota que genera la delincuencia para crear expectativa comercial no solo banaliza el sufrimiento de quienes realmente han perdido su patrimonio, sino que contribuye a un clima de alarma que afecta la imagen del destino.

En el Cancún de hoy, donde la inseguridad es un tema de vida o muerte, el marketing no debería jugar con los miedos de una sociedad que ya está demasiado lastimada.

 

 

 

redaccionqroo@diariocambio22.mx

GPC/RCM

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